viernes, 1 de mayo de 2015

Hijos del mismo Dios


Estaba a punto de anochecer, los gritos de guerra, el sonido de las espadas, y el estruendo de miles de hombres luchando en nombre de su Dios, dio paso al gemido y lamento de los heridos en los campos de las Navas de Tolosa.

Mientras Pedro II de Aragón celebraba la victoria sobre los Almohades, Muhammad an-Nasir huía despavorido, con la única finalidad de salvar su vida.

La polvorienta pradera estaba repleta de cuerpos desmembrados, y heridos agonizantes, sin diferencias entre razas o credos. El dolor y la muerte no hacían distinciones.

Dos cuerpos juntos moribundos, Jaime aún aferraba su espada clavada en el pecho de Tumart, del mismo modo que este no soltaba la lanza que atravesaba el costado del cristiano. La sangre que brotaba de sus cuerpos manchaba el campo de batalla, igual que la de otros miles de cristianos y musulmanes.

No quedaba en ellos dos más que un soplo de vida, continuar luchando para aferrarse a ella era del todo inútil, así lo entendió Jaime que mirando a Tumart le dijo:

—Dios está con nosotros, y aunque yo muera, otros como yo os expulsaran de la península—.

Tumart le miró, no tenía prácticamente fuerzas para hablar, era consciente de que su vida finalizaría en pocos minutos, su mente volvió a Córdova, vió a su mujer Afrah, y a sus dos hijas Lama y Faatina, recolectando el campo bajo el despiadado sol, para poder entregar sus frutos a su señor benévolo que les dejaba unas migajas que poder llevarse a la boca. Nunca más volvería a ver sus sonrisas, escuchar sus risas, o sentir sus caricias. La muerte le reclamaba.

Una lagrima brotó de sus ojos, sentía tristeza aunque también orgullo por haber dado su vida por Ala y por Muhammad an-Nasir. Levantó su rostro mirando al cristiano y exclamó:

—No, Ala no lo permitirá, el territorio nos pertenece por su voluntad—.

Jaime también estaba agotado, también tenía mujer e hijos que devotamente se ganaban el poco pan que les dejaban sus señores feudales con el sudor de su frente.

Tumart apretó con la rabia que le permitieron sus escasas fuerzas la lanza, acabando de desgarrar los intestinos de su oponente, que cerró los ojos y dejo este mundo para reunirse con su creador.

Segundos después también el expiró, mientras miraba al cielo esperando ver a Ala abriéndole las puertas del paraíso.

La sangre brotaba de sus cuerpos, caía en la arena juntándose en un solo charco de sangre.

Dos enemigos muertos, dos seres que se creían tan diferentes. Sin embargo ahora su sangre estaba unida, su vida miserable y de pobreza junto a sus amadas familias había sido similar, del mismo modo que el desprecio de sus señores hacia ellos utilizándoles como peones a su servicio, y su Dios, aunque ellos no lo supiesen también.

Los buitres volaban sobre dos cadáveres, dos enemigos, ahora gracias a la muerte, dos hermanos ante los ojos de Dios.



FIN.



Relato incluido en el libro "38 Relatos Cortos - Volumen I" 
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12 comentarios:

  1. Un relato brutal Oscar, me ha encantado, la forma y el contenido, una escena bellamente narrada con un conocimiento de sus personajes profundo y conciso.
    Un desenlace brillante, un mensaje claro y tan cierto como necesario. Mi más sincero aplauso y admiración por el texto y su autor.
    Saludos, compañero.

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    1. Muchísimas gracias Edgar.
      La verdad es que sin llegar a las 600 palabras era un reto hacer llegar al mismo tiempo para el lector, el escenario, el conocimiento y principio de empatía con los personajes, resolver el cuento, y hacer llegar un mensaje.
      Te confieso que me he tenido que esforzar mucho, y la satisfacción son tus palabras, ya que observo que me he acercado a mi objetivo.
      Un abrazo compañero.

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  2. Unidos por la muerte. Muy bueno Oscar. Tanta guerra religiosa para nadie ni nada.... Un saludo

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    1. Toda la razón del mundo Ana.
      Todas las guerras religiosas solo sirven para que nos matemos unos a otros. Ya son demasiados siglos de estupidez. Necesitamos un nuevo siglo de las luces y de la ilustración, esta vez sin guillotinas, pero con razonamientos para deponer de una vez por todas las armas, y compartir el planeta, sin importar a nadie si tu dios lleva barba o turbante.
      Un saludo

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  3. Me ha gustado mucho. La muerte no entiende de credos. Esas luchas, esas guerras inútiles... Un abrazo.

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    1. Cierto María, La muerte es lo que hace más iguales a los hombres. No le importa tu religión ni tu situación económica, cuando te llega la hora, te pasa a buscar.
      La muerte es imparcial, no discrimina, le da igual si estas en una batalla, o de relax en unas vacaciones, tanto si eres rubio o moreno te acoje del mismo modo en sus brazos.

      Un saludo

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  4. Es así, la inutilidad de la guerra para quienes ofrendan su vida, mientras otros sacan provecho... Excelente!

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  5. Muchas gracias por comentar Mirna.
    Ciertamente en las guerras siempre sufren los mismos.

    Un saludo

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  6. Muy bueno Oscar, me ha gustado mucho; y la reflexión es muy cierta, aunque me parece una lástima que todavía siga sucediendo a día de hoy. Pero la muerte no es mas que otro principio, o al menos me gusta pensar así. Y nadie se salva, ni se escapa, todos somos iguales, tal y como menciona el título del relato, hijos de un mismo Dios. Felicidades por el relato!
    ; )

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    1. Muchas gracias Ramón.
      Como tu bien dices, la muerte es otro principio. Y nos trata a todos por igual.
      Un saludo

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  7. Y es que en efecto, la muerte les llega a todos, dando igual que una persona sea pobre o rica, de una raza u otra, de unas creencias u otras. Sobretodo en las guerras, el mayor número de bajas suelen ser el de personas prescindibles como las de esta historia.

    Un saludo Oscar, ya sumo otro relato visto de tu blog, que son bastantes los que tienes jeje.

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    1. Gracias por comentar José Carlos.
      Ambis eran carne de cañón, y esos siempre mueren o son mutilados. Los generales contemplan el espectaculo desde la colina. Si los combates los tuviesen que librar los poderosos, hace siglos que no existirian las guerras.
      Un saludo.

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