viernes, 29 de mayo de 2015

Tiene un amante



Intenté acercar su cuerpo hacia mí, sin embargo Nieves evitó mi abrazo. Estaba rara y distante, como si sus pensamientos estuviesen muy lejos.

Tumbada en la cama a mi lado la escuchaba suspirar, sin duda no de placer, pese a que minutos antes habíamos estado haciendo el amor. Los movimientos de su cuerpo advertían de su prisa por terminar, y sus gestos posteriores su deseo de no repetir.

Sin decir palabra se levantó para ir al baño, cerrando la puerta tras ella. “Seguro que está mandando con el teléfono mensajes a su amante —pensé.” Hacía ya unos días que los demonios se habían adueñado de mi cerebro, para lanzar sus tropas del inframundo a destrozar mi corazón. “¿Cómo puede engañarme con lo que yo la deseo? —me interrogaba.”

Regresó a la habitación sin pronunciar palabra, su cuerpo cubierto con ropa interior, me impedían continuar disfrutando de la belleza de su desnudez. Tras tumbarse de nuevo a mi lado tapó su cara con un brazo, como diciéndome que no quería ni verme.

¿Cuándo había sucedido, cuando se apagó en ella la llama del deseo? No había lugar para la duda, tenía un amante. Y yo le envidiaba por ser el afortunado que la haría estremecerse y gritar de placer. Nieves chillaba como una loca momentos antes de sentir el orgasmo, un sonido que yo hacía mucho que no escuchaba, ahora su amante seria el afortunado que disfrutaría de esa morbosa melodía.

Su teléfono emitió el sonido de nuevo mensaje, ella se levantó para leerlo, indiferente a mi presencia, como si yo no estuviese en aquella estancia.

— ¿Quién es a estas horas? —le pregunté.

—Nadie que te importe, no seas tan posesivo —me respondió.

Ya no compartía conmigo nada, hace tan solo unos meses, me hubiese respondido de otro modo, habría dispuesto de mi como su confidente y amigo al mismo tiempo que amante. No tan solo estaba muriendo el deseo, también la confianza. Aunque era por su parte, yo la seguía encontrando preciosa, divina, plenamente deseable.

Mientras la observaba contestar aquel mensaje, volví a sentir deseos de tomarla en mis brazos, de hacerla mía fundiendo nuestros cuerpos con la misma intensidad del primer día. Pero ahora tenía un amante, la sospecha se había convertido en certeza, y está en verdad absoluta. “No tardare mucho en perderla —pensé.”

Me di la vuelta con resignación, cerré los ojos intentado dormir, pero no podía, era del todo consciente que Nieves a mi lado tampoco dormía, mirando al techo en la oscuridad suspirando por estar en otro lugar, con su amante.

Un nuevo día amaneció, y ambos nos dirigimos al trabajo. Compartíamos bufete, ya que los dos éramos abogados y nuestros despachos estaban juntos, sin embargo ella me evitaba, se negó a almorzar conmigo, argumentando que tenía trabajo atrasado. Mentiras y engaños, aún recuerdo perfectamente cuando estaba loca esperando el momento de escaparnos para ir a comer cogidos de la mano, o cuando a media tarde buscábamos algún cuarto discreto para perdernos en nuestras pasiones sexuales. Añoro cuando tenía que taparle la boca con mi mano para que no emitiera aquellos gritos de placer al alcanzar el orgasmo, ella me mordía los dedos con tanta intensidad que era yo el que casi gritaba.

— ¿Cenamos juntos? —le pregunte.

—No, esta noche he quedado con una amiga —fue su respuesta.

Claro, la amiga de los mensajes en el teléfono. Debía pensar que yo era estúpido, que no sabía leer entre líneas, de un tiempo a esta parte me estaba enviando demasiadas señales. “Ve donde quieras, porque yo esta noche te seguiré para descubrir quién es tu amante —pensé.”

Y así lo hice la seguí en la oscuridad, a una distancia prudencial para no descubrir mi presencia. Y lo vi, vi a su amante, vi como ella se lanzaba a sus brazos y lo besaba con una pasión que para mí era ya tan solo un recuerdo. Entraron en un restaurante y yo, pobre de mí les observaba desde la húmeda y fría calle, mientras ellos cenaban frente a las velas como lo que eran, dos amantes. —Me has roto el corazón —le dije al viento.

Y el viento me devolvió su certero silencio, sin lugar a dudas ya la había perdido. Mi corazón estaba roto, ¿Cómo era posible que Nieves me estuviese engañando después de lo que habíamos pasado juntos?

No lo conseguía entender, algo tendría que haber hecho mal para que ella desease más a otro hombre que a mí.

Pase del amor al odio, al desprecio. ¿Cómo es posible que me hubiese engañado a mí con ese inútil? Su amante, mi rival, era su marido.



FIN.



Relato incluido en el libro "38 Relatos Cortos - Volumen I" 
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6 comentarios:

  1. Los triángulos amorosos son un delicado juego de rol donde cualquier papel te puede tocar...

    Estupendo relato, Oscar, en ningún momento he podido prever el final!!

    Un abrazo.

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    1. Gracias Julia, aquí quise salir de la clásica situación en que la mujer escapa de la rutina y busca fuera de la pareja nuevas sensaciones, por eso elegí al marido como amante.
      Me explico, un día hablando con mi mujer, discutíamos, mejor dicho, dialogábamos sobre estos temas, y llegamos a la conclusión de que el problema en las parejas es el día a día, es decir, es más fácil se ocurrente, gracioso, misterioso, e impredecible si eres una persona que acabas de conocer, y eso tiene su morbo, pero sin embargo cuando conoces a esa nueva persona, en algún momento veras que la novedad muere y se convierte en una nueva rutina.
      Por eso imaginé la situación en que la mujer se cansa de su amante, y desde la distancia vuelve a sentir deseo por su marido.
      Un abrazo

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  2. Tú nos muestras el revés de las situaciones.Que ella lo engañe con su marido es sumamente interesante. Excelente relato.

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    1. Gracias Myriam. Imagino que cuando su aventura con el amante pasó de novedad a algo monótono, volvió a ver con otros ojos a su marido.
      Un saludo.

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  3. Me ha gustado este relato , no pensé en que terminara así. Pero al leer tu comentario podría ser real. Te seguiré poco a poco . Un saludo

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    1. Muchas gracias María del Carmen.
      Sin duda pordría ser un caso real.
      Un saludo.

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