martes, 26 de mayo de 2015

Vuelta a Casa


—Menudo madrugón —dijo Dora.

Su hermana France asentía con la cabeza. Se habían levantado muy temprano para subirse a ese vuelo que les llevaría de vuelta a casa. Haber pasado aquel mes en casa de los abuelos Hubert y Gisele, mientras su padre buscaba casa y colegio en Boston, había estado muy bien, aunque ya echaban de menos a su madre, sus amiguitas, y el clima de Los Ángeles.

James Mongabay leía atentamente la prensa del día, no sin levantar la mirada de tanto en tanto, para vigilar a sus hijas. Dora y France de ocho y diez años, eran muy dulces, pero endiabladamente revoltosas.

Como añoraba el también a su mujer Alice, aunque no por los mismos motivos que las pequeñas. “Esta misma noche tendré una buena cena y mejor postre —pensó.” Se moría por volver a sentir el aroma de su cabello, el calor de su piel, y el sabor de su boca.

Aquellas semanas lejos de Los Ángeles habían sido duras, el ascenso en su empresa, y su nuevo destino como responsable en Boston, le habían obligado a buscar una casa para ellos, y un buen colegio para las niñas. Sin embargo fue una excelente oportunidad para que sus padres conociesen a sus nietas. Viejas discrepancias de familia entre los Mongabay, eran la causa de que nunca las hubiesen visto hasta ese momento.

“Nueva vida, junto a su mujer y sus hijas en su ciudad natal, gran oportunidad para arreglar por fin las diferencias del pasado y volver a ser una familia —pensó”

En realidad los padres de James, estaban encantados con recuperar a su hijo, y disfrutar por fin de sus nietas, olvidando viejas rencillas. Habían pasado ya muchos años, y estaban dispuestos a aceptar a Alice como lo que realmente era, una Mongabay.

—Mama me quiere más a mí —dijo Dora.

France que era muy sensible empezó ya a lloriquear. El instinto de hermana mayor de Dora se activó, siempre le gustaba hacerla rabiar, pero cuando veía llorar a su hermana se le partía el corazón. La dura dicotomía entre hermanas.

—Es broma tonta, no llores —le pidió.

France sonrió y se lanzó a sus brazos, dejando caer al suelo su peluche. —Que ganas tengo de ver a mama —contestó.

Era un viaje largo y faltaban horas para llegar a casa para compartir ese abrazo con su madre, pero se tenían una a la otra, nadie podría romper nunca ese vínculo de amor entre hermanas de sangre.

—Mira, Mira Dora, que grande se ve la ciudad —dijo a su hermana.

Dora observo por la ventanilla, ciertamente volaban muy bajo, casi podía tocar las terrazas de las casas con su mano.

—Anda, que torres más bonitas —gritó France.



Alice Mongaby limpiaba la cocina de su casa, mientras miraba las noticias en el televisor.

—Noticia de última hora, un avión ha impactado contra una de las torres gemelas de Nueva York a las 8:46 horas de hoy 11 de septiembre de 2001.

Alice se desmorono cayendo al suelo, como lo harían poco después dos torres sepultando entre sus escombros los cuerpos de Dora, France, y James.

FIN.



Relato incluido en el libro "38 Relatos Cortos - Volumen I" 
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4 comentarios:

  1. Oh que triste Ryan,
    Han vuelto todas las imágenes de esa terrible tragedia y la de miles de vidas que quedaron truncadas.
    Seguro que como en tu historia, muchas otras.

    Un saludo

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    1. Muy cierto, muchas vidas quedaron truncadas, y otras marcadas. Varias generaciones no olvidaran nunca donde estaban cuando se enteraron de la noticia. ¿Verdad?
      Un saludo

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  2. Un relato de final estremecedor. Un paseo por las vidas de una familia nos hace comprender esa injusticia en su terrible magnitud. La muerte de personas inocentes por intereses económicos utilizando la fe ciega en irreales promesas, elevan al ser humano a la categoría de inhumano, un diablo con las manos manchadas de sangre, imperdonable acto de cobardía de ese ser capaz de lo mejor y lo peor, aquí, en la tierra, una lamentable y terrorífica realidad que supera cualquier ficción. Narración excelente, forma y estructura, brillantes, contenido demoledor.
    Saludos, compañero.

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    1. Muchísimas gracias Edgar.
      Me alegro mucho que te guste, y entiendas perfectamente lo que quería narrar. En ocasiones vemos los sucesos desde grandes magnitudes. Un atentado así, lo recordamos y contabilizamos simplemente como miles de vidas destruidas, pero anónimas. Por eso me quise centrar en lo pequeño, en lo cotidiano, mostrando que cada una de esas personas a las que les robaron la vida, tenían eso, una vida y unas ilusiones.

      Malditos asesinos de la vida, y de la esperanza, en nombre de una religión.

      Un abrazo compañero

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