domingo, 13 de diciembre de 2015

El Robin Hood de la navidad.


      Roberto Bosques, sargento de ingenieros destinado en Irak, regresó a Valencia tras un año de servicio. No podía volver a su casa porque ya no le pertenecía. El Banco Camargo Céntrico Latino había ejecutado el desahucio.

     Sus ancianos progenitores fueron literalmente arrojados a la calle sin lugar a donde ir. Antonio, su padre se quitó la vida lanzándose al vacío desde el quinto piso mientras la policía arrastraba del cabello por el pasillo a su octogenaria madre suplicando que la dejasen permanecer en la vivienda. Carmen falleció tres meses después debido a una pulmonía, su viejo cuerpo no estaba preparado para dormir en el parque con tan solo unos cartones resguardándola del frio.

      Roberto descendió del tren mirando a izquierda y a derecha. Debía decidir cuál sería el camino a seguir. Se alejó lentamente de la estación absorto en sus pensamientos, caminó durante horas sin rumbo hasta que abandonó la ciudad y llegó a un bosque. Sacando de su mochila un viejo saco de dormir, decidió acampar y encender una pequeña hoguera.

     La rabia le consumía, había llorado en Irak la muerte de sus padres sin poder hacer nada al respecto. El deber para con la nación estaba por encima de los problemas personales. Pero ahora era un civil, ya no le debía nada a esa patria que le había tratado tan bien. Había llegado el momento de hacer justicia.

      La noche del 24 de diciembre se apostó frente a la mansión de la magnate Ana Zapatin, heredera del grupo financiero Camargo tras la muerte de su amado padre. Había planeado una acción de venganza simbólica, se convertiría en el Robín Hood de las navidades, robando los regalos de los niños ricos para entregárselos a los niños pobres.

    Esperó hasta que las luces se hubiesen apagado, y lenta pero precisamente debido a su entrenamiento militar escaló el muro de la finca, se arrastró por el jardín, y entró a través de una ventana tras cortar los cables de la alarma.

      Llegó a un gran salón donde junto a una chimenea humeante y un gran árbol de navidad habían cientos de juguetes. “Los hijos de Ana Zapatin” no van a poder disfrutar de ellos al amanecer —se dijo”.

     Se estremeció emocionado imaginando la escena de unos niños pobres jugando que aquella multitud de juguetes gracias a él. Un poco de justicia social, pese a ser simbólica, sería una buena lección para todos esos ricachones usureros.

      —No mueva ni un dedo —ordenó uno de los doce guardias de seguridad que entraron de pronto.

      Roberto observó como una docena de fusiles de asalto le apuntaban directamente a la cabeza. Su plan había fracasado. Mientras levantaba los brazos en señal de rendición, Ana Zapatin que acababa de entrar en la estancia se situó muy cerca de él.

      —Sabía que vendrías. ¿De verdad pretendías arruinar el espíritu de la navidad? —preguntó.

     —¿Arruinarlo? Robar los juguetes de los niños ricos para regalarlos a los pobres hubiese sido justicia navideña. Llevar alegría a los que no tienen, hacer felices a los necesitados, esa es la verdadera navidad —replicó Roberto.

      Ana Zapatin emitió una larga y sombría carcajada que penetro terroríficamente hasta lo más hondo de su corazón. Agarro con sus manos las mejillas de Roberto, apretándolas con fuerza mientras le susurraba al oído:

      —Infeliz, no creas en duendes. La verdadera navidad es la de los ricos. Hemos estado expoliando a los miserables de tu clase día tras día durante todo el año, para que nuestros retoños disfruten de la sangre que os hemos quitado. Los regalos que ves, los que les ofrezco a mis hijos son el fruto de robaros todo lo que poséis a los parias de la sociedad. Robar a los pobres para dárselo a los ricos, ese es el verdadero espíritu de nuestra navidad.



10 comentarios:

  1. Esto si que puede considerarse un auténtico relato sobre villanos. De los asquerosos que no dan ni una "Miaja" de pena, por lo menos a un servidor.Ojalá hubiera tenido tu relato un final feliz. Es lo que me mata: Siempre se salen con la suya estos ricos miserables que son tan pobres que sólo tienen dinero.
    Disculpa mi intrusión para indicarte el cuarto renglón donde aparece un "Que" que a mi entender sobra.
    Un abrazo y ¡Ojala! haya una segunda parte para dar el merecido correspondiente a esta gentuza.
    Un abrazo (Me he puesto de mala leche) ja ja

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    1. Gracias por tu comentario Francisco.
      En realidad si tenía planeado un final feliz. Robin robaba los juguetes, pero después me decante por este final más dramático…Jajaja.
      En cuanto al “Que” que mencionas, te agradezco mucho cualquier anotación que puedas darme. Lo he estado buscando y no tengo claro. ¿Te refieres a esta frase? “ya no le debía nada a esa patria que le había tratado tan bien”. Si es esta, ¿Crees que se puede prescindir del “Que”?, es que a mí me sonaría raro entonces.
      Un fuerte abrazo.

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    2. No Oscar me refiero a esta: "Fueron literalmente arrojados a la calle sin lugar a donde "que" ir.

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    3. Jajjajaa... Tienes toda la razón del mundo. Ya esta cambiado. Muchas gracias amigo por la ayuda.
      Un abrazo.

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  2. ¡Menuda historia, Oscar! Si los cuentos están llenos de tópicos e imposibles felices, tu historia reune todas las injusticias y desgracias de la realidad (bueno, el menos un buen ramillete de ellas).

    No me ha gustado el final, la verdad. ¿¿Es que después de semejante discurso nadie va a darle su merecido a "Ana Zapatín"?? ¿¿Es que no podían salirle bien las cosas al protagonista y ser un ladrón (perdón, un justiciero) de éxito??

    Me voy muy triste y rezongando por lo bajo, que lo sepas jajajjaa.

    Por cierto, eso sí que es una "villana extraordinaria" :P

    Un fuerte abrazo y feliz comienzo de semana!!

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    1. Gracias Julia.
      Estoy contigo y con Francisco. Esta historia se merece una segunda parte, y la voy a escribir...Jajaja.
      Un abrazo.

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  3. Roberto es un súper héroe que va a hacer algo malo porque su país le ha defraudado, pero ... ¿¿Y Ana Zapatín?? ¡¡Ella sí que es una súper villana de pura cepa, y es la que se merecía haber encontrado su kriptonita particular y llevarse una buena sorpresa en nochebuena... ¡Que pena que la vida no sea justa ni en los cuentos!
    Está genial, Óscar. Un beso enorme

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    1. Gracias por comentar Chari.
      La verdad es que no es justa ni en esta “Parte” del cuento…Porque hay continuación…Jajaja.
      Un abrazo.

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  4. Antes de cabrearme... me voy a por la parte II, jeje.

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    1. Jajajaja...Haces bien Soledad, haces bien.
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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