jueves, 30 de abril de 2015

Mala decisión


El último golpe con el cuchillo le seccionó la yugular, mientras Marta gemía de placer. La sangre de Carlos teñía de rojo las sábanas blancas y el cuerpo de ella. Se deleitaba observando el magnífico espectáculo que le ofrecía su víctima. Pese a estar agotada por el esfuerzo y el placer que le producía matar, su excitación continuaba en su punto álgido, y se acarició sus partes íntimas frente al cadáver, hasta que alcanzó el orgasmo.

Marta cogió su paquete de cigarrillos Camel sin boquilla, y se dispuso a encender uno antes de vestirse y abandonar el hotel.

El teléfono sonó estrepitosamente, por lo que Luis tuvo que dejar de escribir para contestar la llamada.

—Luis, necesito verte inmediatamente, ¿Qué significa el mail que me has enviado? —preguntó Carmen.

Carmen era la editora de Luis Placentero, famoso escritor y reciente premio planeta por la tercera entrega de su saga “No confíes en Marta”

—Descuida te entregare el cuarto volumen esta semana pero se acabó Carmen, estoy agotado y necesito unas vacaciones —le contestó.

Luis había trabajado durante diez años sin descanso en su famosa saga que había cautivado al público. Las aventuras y desventuras de Marta, una preciosa morena de ojos verdes, una mujer deliciosa, si no fuese por su vicio de matar a todos los hombres con los que se acostaba. Podríamos decir que se trataba de una mantis religiosa.

Buscaba su presa en internet, quedaban en un bar, y gracias a su sensualidad, belleza y coqueteos a los que todos sucumbían, se los llevaba a un recóndito hotel, donde ellos creían que disfrutarían de un cuerpo joven y caliente, y ciertamente lo hacían, hasta que un cuchillo los atravesaba. Marta sentía el mayor placer sexual al matar a su pareja en el momento que esta eyaculaba.

—No, no, y no —dijo Carmen.

—Me lo merezco, os he hecho ganar miles de euros con mis novelas —le aclaró Luis.

Ciertamente las tres novelas anteriores habían superado cada una de ellas los trescientos mil ejemplares, una pequeña fortuna para todas las partes implicadas.

—Luis, entrégame esta cuarta novela y tomate un año de vacaciones, pero por el amor de Dios, quítate esa idea de la cabeza —rogó Carmen

Luis había decidido dar fin a la saga, estaba cansado del personaje al que había dotado de muchas cosas personales suyas, como su hábito de fumar Camel sin filtro. Si, seria duro, pero había decidido que al final de esta cuarta entrega, Marta moriría, poniendo fin a la saga.

—Si sigues con tu decisión, te demandaremos, firmaste un contrato vinculante para seis entregas, y ya has cobrado suculentos adelantos de la quinta y la sexta —le amenazó Carmen.

—Tranquila, sabes que soy un hombre rico, tu tan solo dime cuanto debo devolver y tendrás el cheque en tu oficina junto con la cuarta entrega —le dijo.

—Eres un imbécil —le dijo Carmen segundos antes de colgarle el teléfono.



Marta entró en su apartamento, se ducho, se puso su albornoz, y se sentó frente al ordenador. “Vamos a ver cuántas visitas ha tenido mi perfil de Badoo” pensó. Una sonrisa broto de su rostro, cuatrocientos en una tarde no estaban mal.

Abrió uno de los mensajes, Ferminmadurito56, le proponía quedar para conocerse, y directamente le ofrecía dinero a cambio de sexo oral. La idea excito a Marta, sexo a cambio de dinero, le hacía sentirse muy sucia, y eso la volvía loca.

Habían pasado solo unas horas desde su encuentro, pero ese día estaba especialmente excitada, por lo que volver a hacerlo le parecía una idea excelente.

Que poco imaginaba que Ferminmadurito56, era el inspector de policía encargado del caso de los acuchillamientos en los hoteles. Por otra parte ese hubiese sido el menor de los problemas de Marta, ya que también era el padre de Juan Castillo, un joven de veintiún años que fue una de sus primeras víctimas, por lo que esa noche que la detuviese la policía debería ser el menor de sus problemas. Fermín no tenía intención ni de practicar sexo oral, ni de arrestarla, sus intenciones eran muchísimo más oscuras.

El teléfono volvió a sonar. “Demonios, así no se puede concentrar nadie —pensó.”

Nadie le habló, tan solo escuchaba una respiración, hasta que de pronto creyó escuchar —Ni se te ocurra —seguido del tintineo del teléfono al cortarse la llamada.

Luis llamo a Ediciones Santurce, su editorial, pero salto el buzón de voz.

—Quiero dejar un mensaje para Carmen, no sé si has sido tu quien me ha llamado por teléfono, pero creo que sería oportuno que nos viésemos para discutir todo este asunto —dejo grabado Luis en el contestador.

Se dispuso a preparase una copa, cuando alguien llamo a la puerta. Fue a abrir, y allí estaba Carmen, impresionante como siempre con su cabello moreno perfectamente despeinado, y sus penetrantes ojos verdes.

—Luis, tenemos que hablar, creo que vas a cometer una tontería —le dijo.

—Pasa, ¿Quieres una copa?, iba a servirme una —le preguntó.

Carmen sonrió, por supuesto que quería una copa, fuera de asuntos de trabajo, Luis siempre le pareció un hombre muy atractivo.

—Te cojo un Camel sin filtro Luis —dijo Carmen.

—Por favor, lo que tú quieras —contestó Luis galantemente.

Luis se retiró a preparar unas copas, cuando escucho a Carmen llamándole desde su dormitorio. Acudió y al entrar encontró un maravilloso espectáculo.

Sobre su cama estaba la gabardina de ella, que por lo visto era la única vestimenta que llevaba, ya que al mirarla, vio a una bellísima mujer completamente desnuda, tan solo con unos zapatos de tacón de color rojo.

—Acércate Luis —susurró Carmen.

Ambos apagaron sus cigarrillos Camel sin filtro en el cenicero de la cómoda, tras lo cual se fundieron en un cálido abrazo.





Era una fría y oscura mañana, tan solo unos frágiles rayos de luz iluminaban las oficinas de Ediciones Santurce. Juan Carlos se dispuso a escuchar los mensajes de voz.

—Qué raro, no entiendo nada —le comentó a Pedro su socio.

—¿Ocurre algo? —preguntó este.

—No lo sé, es un mensaje muy extraño de Luis Placentero —dijo Juan Carlos.

—¿Extraño, por qué? —volvió a preguntar Pedro.

—Es que dice que el mensaje es para una tal Carmen —afirmó mirándolo fijamente.

—Estos escritores están majaras, como si no supiese que aquí no trabaja nadie más que nosotros dos —contestó Pedro.



Un cenicero que contenía dos colillas de Camel sin filtro, estaba volcado sobre una sábana blanca teñida de rojo.



FIN.



Relato incluido en el libro "38 Relatos Cortos - Volumen I" 
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lunes, 20 de abril de 2015

Bloody Mary



—Bloody Mary, Bloody Mary, Bloody Mary—


Esa era la frase que Lucía y Ana pronunciaban una y otra vez frente al espejo, seguida de sonoras carcajadas adolescentes.


Ambas tenían dieciséis años y estaban en plena edad del pavo, o de la pava, según se mire. Compañeras de colegio en la infancia, del instituto en la actualidad.


Mientras algunas chicas de su edad ya estaban en busca de un “pavo” ellas estaban en casa pelando la “pava”.


Lucía era una chica rubia y pecosa que podría haber pasado por natural de Kentucky, pese a que ella y toda su familia eran de Cáceres, igual que Ana, solo que esta por su tez morena, sus ojos negros, y su poca estatura habría sido deportada al instante si hubiese intentado poner un pie en Kentucky.


Pero estamos en un mundo globalizado, y la avalancha de películas americanas, sobre todo de terror, las había inducido a divertirse con este juego, en primera instancia inocente.


Así que frente al espejo, en una habitación, en penumbra, con tres velas encendidas, intentaban invocar al espíritu de Mary Whales, que por lo que parecía esa noche, o bien no existía, o bien estaba ocupada en otros menesteres.


Como ocurre con las adolescentes, la concentración es directamente proporcional al grado de diversión, y en vista de que no se producía, se olvidaron del asunto.


Encendieron la luz, se tiraron en la cama y ambas corrieron raudamente a agarrar sus teléfonos móviles. Que si el grupo del insti, que si tengo un WhatsApp de Paco, que si la madre que las parió.


Sin embargo, como si volviéramos atrás veinte años en el tiempo, dejaron de lado sus móviles y empezaron a hablar, una frente a la otra, utilizando la palabra, como se lleva haciendo desde siglos antes del nacimiento de Sócrates. Imagino que era el tiempo de confidencias entre adolescentes, Hay que ver lo guapo que es el capitán del equipo de béisbol.


Pero qué diablos, ¿Os he dicho que no estamos en Kentucky?


En su instituto, lo máximo que había era un equipo de futbol cutre, y no tenían capitán, con dificultad lograrían fichar a un sargento chusquero.


Paradójicamente, estaban hablando de estudios, de inquietudes, y de lo que el incierto futuro les depararía. Tanto Lucía como Ana eran chicas llenas de ilusiones. La primera quería ser arquitecta y la segunda estudiar derecho, cualquiera que les estuviese escuchando en esos instantes pensaría que estaban a punto de dejar atrás la edad del pavo y convertirse al fin en unas mujeres con porvenir, mujeres que no necesitarían dedicar horas a juegos estúpidos como el realizado instantes antes.


El móvil de Ana emitió el tono de llamada, Ella mostró una tremenda cara de fastidio, ya que observó que esta procedía de su padre.


— ¿Qué? —contestó ella.


—Si, vaya, ¿y tengo que ir?, Bueno vale —afirmó.


Lucía no dijo nada, comprendió al momento que Ana tenía que marcharse. Una verdadera lástima dar por concluida esa magnífica noche de pijamas.


— ¿Qué ocurre Ana? —le preguntó.


Ana explicó que su abuelo Javier se había caído, con el trágico resultado de un brazo roto al parecer, y alguien debía de quedarse cuidando a Pilar, su hermana pequeña.


Ambas se dirigieron hacia la puerta de la casa con paso lento, defraudadas por tener que posponer su fiesta privada.


Después de propinarse los rigurosos besos de despedida, Lucía regresó a su habitación con la intención de recogerlo todo, para evitarse la bronca de sus padres cuando llegaran de su cena de aniversario.


Entró en el despacho de su padre para buscar algún CD y poner algo de música. Encontró un viejo álbum de The Cure, y se lo llevó a su habitación para introducirlo en su equipo de música.


Era música de viejos, pero The Cure siempre le habían gustado a Lucía, por lo que estando sola no tendría que dar explicaciones a nadie.


Suavemente pasa a través de las sombras del crepúsculo, deslizándose ante las ventanas del infeliz muerto, buscando a la víctima temblando en la cama, descubriendo su temor en la siniestra reunión y ¡De pronto! ¡Un movimiento en la esquina de la habitación! Y ya no hay nada que pueda hacer, cuando me doy cuenta con espanto ¡De que esta noche soy la cena del hombre-araña!


Siempre le había gustado la canción que sonaba, “Lullaby”.


Lucía miró las velas que estaban a punto de apagarse, mientras pensaba lo tonta que era por creer en esa antigua leyenda.


Antes de desvestirse, se dirigió al baño anexo para lavarse los dientes, y cuando estaba frente al espejo sonrió recordando lo “pavas” que pueden ser dos adolescentes de 16 años.


—Bloody Mary, Bloody Mary, Bloody Mary —dijo frente al espejo.


Nada ocurrió de la misma manera que horas antes.


—Bloody Mary, Bloody Mary, Bloody Mary—


Volvió a insistir, más por cabezonería que por otro motivo.


—Bloody Mary, Bloody Mary, Bloody Mary—


Silencio, no es posible, ¿Ha parpadeado la luz del baño?


—Bloody Mary, Bloody Mary, Bloody Mary—


“No, son solo imaginaciones mías, aunque juraría que la temperatura de la estancia ha descendido varios grados —pensó”.


—Bloody Mary, Bloody Mary, Bloody Mary—


La luz volvió a parpadear.


—Bloody Mary, Bloody Mary, Bloody Mary—


Ahora estaba segura, mientras The Cure cantaban “Hombre Araña”, observó como la luz se atenuaba dejándola en penumbras.


Lucía se giró buscando el interruptor de la luz, cuando de reojo observó reflejada una figura que no era la suya.


Mary la observaba desde el otro lado del espejo, su mirada no era de este mundo. Era intensa, roja, desenfocada, como ausente, llena de rabia y odio. Su boca estaba desfigurada, como si la hubiesen ensanchado con un cuchillo. Vestía tan solo un ligero camisón blanco teñido en parte de rojo, un rojo que se adivinaba como su propia sangre.


Sus ojos se encontraron, y un grito de terror fue exhalado por Lucía, aunque nadie pudo escucharlo.


Observaba a Mary sonriendo, con su boca desfigurada mostrando unos dientes que serían de un perfecto amarillo de no ser por los regueros de sangre coagulada que colgaban de sus encías. Lucía se sintió desvanecer, las rodillas no aguantaron el peso de su cuerpo, intentó asirse al mármol del baño, solo que sus manos lo buscaron sin éxito, y cayó como un peso muerto al suelo.


Silencioso ríe y moviendo su cabeza, avanza sigilosamente más cerca ahora por la pata de la cama, y más suave que la sombra y más rápido que las moscas, sus brazos me rodean y su lengua está en mis ojos. Estate quieto tranquilízate cállate ahora mi precioso chico, no te resistas de esa manera o te amaré aún más, porque ya es demasiado tarde para huir o encender la luz, el hombre-araña te está tomando de cena esta noche.” Continuaban cantando The Cure desde el equipo de música.


Lucía recobró el sentido, dándose cuenta de que no estaba en su baño, el suelo era negro, grasiento y frio. Se incorporó viendo el espejo que ahora le mostraba su habitación. De pronto lo entendió, estaba en el otro lado.


Mary la miraba sonriendo desde su habitación, solo que ahora no llevaba un camisón blanco teñido de rojo, ni su cara estaba desfigurada. Le había robado su aspecto, su vida. La leyenda decía que al invocarla, ella te mataba, pero no era así, ¿Para qué quería matar a nadie?, Mary no era una asesina, era una víctima, ¿Acaso no conocéis su historia?


Lo único que deseaba Mary, era abandonar el inframundo y recuperar su vida, y Lucía estaba pagando el coste. Sonriéndole ahora sin maldad, Mary alargó su mano, y apoyando la yema de sus dedos sobre las velas una a una, las fue apagando. En ese momento el espejo desapareció, y la estancia donde se encontraba ahora Lucía se hundió en la penumbra.


Unas lágrimas brotaron de sus ojos, manchando su camisón blanco, mientras comprendía que su destino era permanecer condenada en la oscuridad, hasta que otra chica realizara en conjuro de invocación.



—Bloody Mary, Bloody Mary, Bloody Mary—



No podía creerlo, ¿Tan pronto?


Tal vez no fuese tan desgraciada, ya que alguien la estaba invocando. Diviso en el fondo del túnel una luz, y a medida que se acercaba a ella, reconoció que era un espejo. Acelero su paso para llegar a él mientras escuchaba de nuevo el conjuro.


—Bloody Mary, Bloody Mary, Bloody Mary—


Miró a través del espejo, y allí estaba Ana, su amiga, en su casa. Del mismo modo que ella había vuelto a jugar en solitario, Ana también lo estaba haciendo.


Pobrecita no imaginaba lo que le ocurriría, Lucía antes amaba a Ana, y nunca le hubiese deseado ningún mal, pero cuando se trata de supervivencia, todo se ve diferente en esta vida, o en esta muerte según se mire.


“Infeliz, que poco se imagina la condena que le espera. Creo que no podrá realizar sus estudios de derecho —pensó.”


Lucía se puso frente al espejo, ahora su mirada no era de este mundo, era intensa, roja, desenfocada como ausente, llena de rabia y odio. Su boca estaba desfigurada, como si la hubiesen ensanchado con un cuchillo. Vestía tan solo un ligero camisón blanco teñido en parte de rojo, un rojo que se adivinaba como su propia sangre.


Pobrecita Ana, déjala que vuelva a decirlo. Espera, si, lo vuelve a decir!!!.  Lucía soltó una larga carcajada.





—Bloody Mary, Bloody Mary, Bloody Mary—



 

viernes, 17 de abril de 2015

El abuelo


Carlos volvió a entrar en aquella habitación prácticamente a oscuras, tan solo iluminada por una triste luz mortecina que se reflejaba en la tétrica cara de su abuelo.

Estaba asustado, siempre le impresiono entrar en aquella estancia, pero no era extraño que un niño de ocho años no sintiese miedo al ver a su abuelo, al que siempre había conocido en sus pocos años de vida en esa posición, tumbado y asistido por una bombona de oxígeno.

Y si no fuera poco la imagen de su abuelo, esa sensación de pánico aumentaba con el descuidado aspecto de la habitación, tan distinto del resto del piso, un lujoso ático en el centro de Barcelona, pagado con el esfuerzo de Pedro, el individuo que ahora permanecía tumbado en su cama.

Pedro fue uno de esos simpáticos obreros del frente republicano que durante la guerra civil denunciaron a toda persona con afinidades o no al bando nacional, en realidad eso no le importaba, tan solo denunciaba a cualquier ser que le molestase en sus planes.

Curiosamente, cuando las tropas de Franco entraban por la diagonal de Barcelona, Pedro aplaudía emocionado mientras vitoreaba con todas sus fuerzas:

—Franco, Franco, Franco. VIVA ESPAAAAAAAAAAAÑA—.

Ciertamente no sé cómo lo consiguió pero en poco más de unos días, Pedro había pasado de ser “El Lobo” como le conocían en su sección del frente popular, a ser Don Pedro, ciudadano responsable del nuevo régimen, y colaborador en la detención de numerosos activistas “Rojos”.

Que buenos tiempos los del estraperlo y las cartillas de racionamiento, Don Pedro, nuestro Pedro, “El lobo” para muchos excompañeros, consiguió amasar una inmensa fortuna, no sin antes echar del camino a cualquier mequetrefe que se interpusiera.



Pasaron los años, y con llegada de la democracia, Pedro se convirtió en uno de principales avaladores del estado de las autonomías, y del nuevo gobierno de la Generalitat, al fin y al cabo, él era uno de esos que se autodenominaban “Demócratas de toda la vida”.

Pedro tuvo dos hijos Antonio y Adela, al primero lo anulo como persona, lo convirtió en un paria.

—No sirves para nada Antonio, eres lo más inútil que he visto en mi vida —le decía constantemente.

Antonio se suicidó cuando tenía trece años, sumido en una gran depresión provocada por el “Cariño” de su padre.

Adela la madre de Carlos corrió aun peor suerte, aunque no muriera, sufrió las constantes abusos sexuales de Don Pedro. Y Amparo su abuela también sufrió infinidad de palizas por parte de nuestro amigo.

Una Joya Don Pedro, a la que una embolia haciendo justicia universal le había postrado en una cama.

Amparo y Adela se vieron en la obligación de cuidarlo, pero bien sabe Dios que se dispusieron a hacerle sufrir, y mucho. Así que le recluyeron en esa sucia y pequeña estancia dejándolo sin más actividades que sus pensamientos, ya que ni una televisión, ni una radio, ni un mísero libro había en su habitación.

—Que se coma la cabeza —decía Amparo.

—Que se joda ese cabrón —añadía Adela.

De tanto en tanto un “Fortuito” descuido hacía que Amparo derramase sin querer esa sopa hirviendo en el pecho de Pedro, y por la “Mala memoria” de Adela, en ocasiones olvidaba retirar la sonda con sus deposiciones, lo que hacía que esta reventase y se derramase por el piso de la habitación, impregnando todo el lugar con un apestoso aroma, mezcla de orines con mierda, y de sudor corporal producido porque nadie tenía ganas de proferirle ningún cuidado higiénico a Pedro.

Que vueltas da la vida, ¿Verdad Don Pedro? ¿O debería llamarte “El Lobo”?

Que sucia está tu alma Pedrito, tan llena de basura como tu armario, esa chaqueta de lana que lucía tan bonita cuando levantabas tu brazo izquierdo, esa elegante camisa azul con el bordado rojo de falange en el pecho, esa magnífica americana de tus tiempos de demócrata, que más tarde cambiaste por la de pana cuando afirmabas que la solución de España era el PSOE, y que posteriormente relegaste de nuevo para recuperar la americana en tus mejores tiempos Aznaristas.



Sin embargo lo peor de tu armario eran esas zapatillas que hacías ir a buscar a tu hijo Antonio mientras le decías lo inútil que era, esa camisa blanca que siempre se manchaba de sangre después de pegarle una paliza a tu mujer Amparo, y lo que es aún peor si cabe, ese repugnante pijama que te quitabas cuando abusabas de Adela.

Día a día, noche tras noche te visitaban los fantasmas de las pobres personas que habías denunciado tanto a republicanos como a nacionales, y los de las cientos de personas a las que habías arruinada con la única intención de apropiarte de los pocos bienes que poseían. Total, ahora no los vas a disfrutar, tumbado en una cama, sin poder moverte, sin más distracción que tus recuerdos, las visitas de los fantasmas y de Adela y Amparo para quemarte o escupirte en la cara.

Solo te quedaba Carlitos, con el podrías enmendarte, podrías ser bueno y pedir el perdón celestial.

Así que Carlos, venciendo su repugnancia entro en la habitación y se sentó junto a su abuelo.

Triste estampa un niño de ocho años junto a su esquelético abuelo ligado a una máquina que le suministraba el oxígeno necesario para mantenerse con vida.

—Carlitos cariño que ganas tengo de morirme y descansar —dijo Pedro.

—¿Descansar Abuelo? —contestó Carlos.

—Quiero morirme, no aguanto tanto sufrimiento, por favor desconecta la máquina para poder descansar en paz, e ir al cielo, ya que he pedido perdón por mis pecados —le dijo mirándole con cara de inocencia.

Qué lejos quedaba esa mirada de odio de “El Lobo”, y esa mirada de superioridad de “Don Pedro”.

—¿AL CIELO? —preguntó infantilmente Carlitos.

Sin embargo Pedro pudo apreciar un brillo especial en la mirada de su nieto, algo que le hizo estremecerse.

—Me da igual, o al Infierno —le contestó.

Carlitos soltó una larga carcajada, se levantó, y se dirigió a la puerta donde le esperaban Adela, Amparo, y una sombra que se parecía a Antonio.

Se volvió hacia su abuelo y al mismo tiempo padre, exclamando:

—¿PERO DONDE CREES QUE ESTAS INFELIZ?—



FIN



Relato incluido en el libro "38 Relatos Cortos - Volumen I" 
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Último Viaje



Julio volvió a mirar el panel de instrumentos de su nave espacial RX1350N, comprobó la altitud y latitud, y exhaló un largo suspiro.

Permanecía correctamente en la órbita del planeta Exigenes, a quince años luz de la tierra.

Curiosamente ese planeta había permanecido oculto a todos los astrónomos, hasta que finalmente lo descubrió John Pleiton por casualidad, en la madrugada del quince de agosto de 2156.

Después de décadas de búsqueda de información en la que fueron necesarios varios vuelos sin tripulación y sondas de reconocimiento, se llegó a la conclusión de que Exigenes podía albergar vida humana, lo que fue la noticia más importante del siglo XXII, después del fin de la IV guerra mundial en noviembre de 2118.

Imagino que el avispado lector del siglo XXI se preguntara acerca de la imposibilidad de hacer estudios y recibir información de un planeta situado a quince años luz del nuestro, en un tiempo relativamente corto. Sin embargo, querido lector, quiero informarte de lo acontecido a mediados de tu siglo.

La III guerra mundial empezó en febrero de 2063, cuando el líder de CPSU (Confederación de países sudamericanos unidos) Pedro Donosti, decidió lanzar una bomba atómica sobre Miami en protesta por el expansionismo del nuevo gobierno británico, que en el año 2050 volvió a recuperar sus colonias de América del Norte.

Fueron años oscuros, pero no quiero ahora aburrir al lector con datos históricos, o mejor, los reservo para otro futuro relato. El hecho es que durante esa contienda, el mariscal George Tranford de la VII flota estelar de su ya anciana majestad Felipe VI de España y ahora también de Inglaterra, tras vencer a la armada británica en la batalla de Gibraltar en 2045, anexionando a España el reino de la Gran Bretaña, encargó a un grupo de científicos investigar que había de cierto en las teorías del “Impulso de curvatura”.

Los estudios fueron un gran éxito, y quedó demostrado que existía un modo de viajar, no ya más rápido que la velocidad de la luz, sino que era posible esquivar esa ley, y alcanzar un punto distante del universo a quince años luz, en menos de cuatro meses.

Y allí estaba Julio, mirando por la pantalla la superficie del sector quinto de Exigenes, donde empezaba a amanecer. Con el potente zoom de su visor podía acercar la imagen para volver a ver la tumba de Carolina, su mujer, su compañera y madre de sus hijos muertos en la tierra hacía ya cinco años en la gran hambruna castellana producida por el virus épsilon, una variante vegetal el ébola que había mermado todos los cultivos europeos.

Evidentemente, se denominó así, ya que el científico Alemán que la descubrió, Joseph Leinstersman, determinó que la primera cepa había surgido a cuarentaicinco kilómetros de Madrid, y por otro lado todos sabemos la mala leche que tienen nuestros amigos alemanes, y el aprecio que nos procesan.

El viaje empezó un año atrás, y desde hacía tan solo seis meses Julio y Carolina se mantenía en órbita, para realizar pequeños descensos al planeta con el fin de iniciar los cimientos de la primera base Alpha, que sería la estación de llegada de la nueva colonización Humana.

Nuestra querida raza humana, que estaba a punto de destruir el planeta tierra, y ahora necesitaba otro nuevo lugar para asentarse, reproducirse, matarse, y lo que es más importante, buscar el modo de destruir ese nuevo planeta. Porque no nos engañemos, el ser humano no es un animal, es un virus, que se expande y crece en el organismo que parasita con la única finalidad de destruirlo.

Bendita raza humana, ¿Qué haría el universo sin ti?

Ciertamente el Planeta Exigenes podía contener vida, y en realidad la contenía, pero los científicos terrestres no habían sido capaces de descubrir lo que descubrió Carolina, y pago con su propia vida por ello.

El modo en que la naturaleza trataba a los habitantes del planeta era muy diferente al de la tierra, pese a que la rotación era similar, ya que el día duraba veinticinco horas, el efecto que causaba sobre el organismo humano era muy distinto.

Para una persona, esas veinticinco horas sobre la superficie del planeta, representaban más de veinticinco años de vida. Por lo que la primera vez que aterrizaron en la base, después de un largo día de trabajo, se acostaron teniendo treinta años, y amanecieron con cincuentaicinco.

A esta conclusión no llegaron inmediatamente, ya que como científicos, la primera hipótesis fue que habían enfermado a causa de algún virus, y que ese envejecimiento prematuro podría ser reversible.

Julio volvió a la nave para consultar datos con el computador central, buscando una posible cura, cosa que no ocurrió, y que por desgracia descubrió al descender de nuevo al planeta. Carolina había muerto. Al observar su cadáver, descubrió a una anciana de 80 años, que tras sufrir una caída y ruptura de cadera, se había ahogado con su propia sangre.

De vuelta a la nave Julio trasmitió las informaciones a la tierra.

—Exigenes no es un planeta habitable para los seres humanos—.

Sin embargo, no recibió respuesta, el silencio del universo lo asustó.

Observando con sus cámaras XI1200MO que la compañía SansungApple By Google había ofrecido para la construcción de la nave, pudo descubrir que el Sistema solar ya no contenía ningún planeta Tierra.

“Bueno —pensó”. Era algo esperado. En ese tiempo en que se fraguaban los inicios de la V y última guerra mundial, algún imbécil decidió utilizar todo el potencial de su armamento nuclear, para lograr un bonito fin de nuestro planeta. “Chimpum, y se acabó”

Así que en ese instante, nuestro protagonista era el último ser humano en la faz del universo, además, sin muchas ganas de continuar siéndolo, ya que sus dos días en Exigenes le había convertido en un octogenario cansado y sin motivos para vivir.

Se dispuso a accionar con su dedo el botón que anulaba el servicio de soporte vital de la flamante nave espacial RX1350N, y durante el segundo en que sus pulmones buscaban ese soplo de oxígeno antes de morir, sonrió.

Sonrió irónicamente sin fuerza, para exclamar parafraseando a Neil Armstrong:

—Es una pequeña muerte para un hombre, pero una gran muerte para la Humanidad—.





(Querido lector me perdonaras que haya cambiado el texto de la última frase de Julio para darle más sentido poético a mi escrito. Tanto tú como yo, sabemos que su última frase fue —Iros todos a la mierda—.)