jueves, 11 de junio de 2015

Diálogo de Besugos


—Buenos días —dijo Don Pedro

—Buenas noches —respondió Doña Julia.

—La veo muy bella esta mañana señora.

—Pues ya es difícil para un ciego, además, soy señorita.

—Maldición acabo de recordar que llego tarde.

—¿Tarde? Pues ya no estarán, dudo que nadie espere por usted.


—Es usted muy amable señorita, y muy atenta.

—¿Qué dice? No le estaba escuchando.

—Que me encanta charlar contigo.

—¿Por qué me tutea? No lo haga por favor.

—¿No dice usted que es señorita?

—Para usted como si no lo fuera, viejo verde.

—No, no, estoy ciego, pero hoy me he vestido de azul.

—Pues su mayordomo le ha engañado, va de rosa.

—Maldito Sebastián, otra vez con el cachondeo.

—Bastante tiene el pobre con trabajar para usted.

—En eso tiene razón, al menos su anterior señor le pagaba.

—¿Ah, que encima no le paga? Viejo huraño.

—¿En qué quedamos, verde o huraño?

—¿Sabe qué? Vallase usted a la mierda.

—De ahí vengo señorita, y preguntaban por usted.

—¿Cómo se atreve?

—Discúlpeme, me he pasado.

—No le disculpo, le ruego que me ignore.

—Buenas noches. Señorita, hasta mañana.

—Buenos días Caballero, espero que no, ojala se muera usted. 



¿Cómo es posible que dos personas casadas desde hace cuarenta años, tengan cada día la misma conversación?



FIN.

viernes, 5 de junio de 2015

La Armería



Y llegó la hora de la jubilación, Andrés debería cerrar la vieja armería que le legaron sus padres, ya que no tenía descendencia que la regentase.

Viejas armas de otra época, artilugios sin valor, que no servían para disparar, y si alguno sirviese, desde luego no sería para practicar puntería.

No le quedaba más remedio que intentar liquidar, necesitaba ese dinero para subsistir. No podía permitirse regalar nada, y mucho menos a ese pueril sobrino que continuaba siendo un adolescente a los cincuenta años. Le agasajaba siempre con la misma lisonja —Tío, te quiero mucho —afirmaba.

—Si, mucho, como la trucha al trucho—.

De aquí viene la frase “Por el interés te quiero Andrés”


FIN.



Micro relato aportado en el desafío “PALABRAS OBLIGATORIAS”

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Mala Fortuna


      Abdul nunca fue un hombre afortunado. Ya empezó con mal pie aquel veintiocho de marzo de mil novecientos ochentainueve cuando al nacer se resbaló de las manos del doctor y cayó al suelo.

     —No pasa nada, eso no afectara a su crecimiento —exclamó el medico a modo de disculpa.

     Tarana su madre confiaba plenamente en las palabras de un hombre, como mujer había aprendido desde su infancia que los hombres en su condición de seres superiores, siempre tenían razón. “¿Quién soy yo, una pobre mujer para poner en duda las palabras del doctor? —pensó”.

     Ese golpe no sería nada, Abdul había nacido en plena luna llena, y eso le convertía en un ser afortunado. Lástima que el destino no pensara lo mismo.

     Con trece años Abdul jugaba al futbol en un descampado de Damasco, soñaba con ser como Maradona, y conseguir ganar el mundial con su selección. La providencia decidió que eso no sería posible, y se sirvió de Basil, un muchacho de quince años y noventa kilos de peso, que con una alegre entrada le rompió el menisco.

     —Esta rotura, no tiene importancia —dijo el Doctor.

     Y como era de esperar, Tarana su madre así lo creyó. Seria blasfemia contradecir la palabra de un hombre. Las mujeres fueron creadas para procrear y cuidar de sus hijos y sus maridos, no para poner en duda la palabra de un varón.

     Lástima que de nuevo la fortuna no decidió a favor de Abdul, en tres meses y después de una dura gangrena, tuvieron que amputarle la pierna. “Mala fortuna —pensó.” Sin embargo decidió dedicarse a los estudios, ese sería su futuro.

     Abdul se centró en estudiar, pasando largas horas en vela, su nueva ilusión era ser científico, y ganar el premio nobel. Pero de donde no hay no se puede sacar, o eso dicen. La genética no quiso dotar a nuestro amigo de una gran inteligencia, en realidad su intelecto era dicho de un modo elegante, extremadamente limitado. Suspendió uno tras otro todos los exámenes a los que se presentaba, tanto es así que no consiguió ni siquiera graduarse.

     “Ya está, seré pastelero, el mejor del mundo, saldré en la guía Michelin —se dijo a sí mismo”.

     Entro a trabajar de aprendiz en la pastelería de su tío Sinan. Durante un tiempo intento aprender, y creerme si os digo que se esforzaba duramente, pero de nuevo el destino decidió que esa no sería su profesión.

     —Este chico es tonto, confunde el azúcar con la sal, y es incapaz de batir un huevo —Le explicaba Sinan a su madre.

     Tarana escuchaba en silencio, incapaz de contradecir una sola palabra de su hermano, eso hubiese sido un grave pecado, la función de una mujer es callar, escuchar y obedecer.

     Abdul estaba deprimido, la fortuna no le sonreía, no veía claro su futuro, sería una paria sin destino si algo no lo remediaba.

     Y así fue, en aquella ocasión la fortuna le sonrió, cuando conoció a Razi, un joven religioso que le hizo ver que las respuestas no están en este mundo, que ya están escritas en las sagradas escrituras, y que él, gracias a su fe seria uno de los elegidos para establecer un nuevo orden en el mundo.

     El mundo estaba corrupto, democracia, mujeres vestidas como rameras que además tenían la osadía de hablar ante los hombres, homosexuales perniciosos que insultaban al creador con sus inmundicias, todos esos infieles debían convertirse o morir.

     Ahora por fin tenía un motivo de orgullo, pertenecía a los elegidos, a los conocedores de la verdad absoluta. Ese grupo le había aceptado, lo único que debía hacer, era rezar, y obedecer a sus sabios líderes, ellos sabían lo que era mejor para él, y para la humanidad.

     —Abdul, tu serás el próximo mártir —le explicaron.

     Una lágrima brotó de su rostro, por fin, Dios bendito, por fin su existencia cobraría un sentido. Un gran atentado, el mayor de todos los tiempos, esos hombres infieles y mujeres de moral putrefacta entenderían por fin quien mandaba en el mundo.

     Irónicamente el destino decidió que su futuro estaría en un campo de futbol. Sería el día de la final del mundial, donde más de cien mil personas perecerían por el ataque bomba de Abdul.

     Y ese día llegó, en un almacén en las afueras de la ciudad estaba el cuartel de su grupo, trabajando en aquel pequeño artefacto nuclear. Abdul entró pletórico y deseoso de finalizar su tarea.

     —¿Me lo colocáis hermanos? —les dijo.

     Así lo hicieron pusieron el pequeño artefacto en el chaleco de Abdul, y le dieron las instrucciones sobre cómo y cuándo debía activarlo.

     —¿Así que este es el botón para explosionar, verdad? —preguntó Abdul.

     Esas fueron sus últimas palabras, como he dicho nunca fue un hombre de muchas luces. Bueno, en realidad si hubo muchas luces en aquel alejado almacén cuando explotó la bomba.

     Que mala fortuna Abdul, o mejor dicho, que buena fortuna que alguien como tú ya no este entre nosotros.


FIN.