viernes, 26 de junio de 2015

Reflexiones - ¿Por qué me gustan los animales?


Hoy estaba en pleno frenético proceso escribiendo un nuevo capítulo de mi novela. Cuando nos llega la inspiración es algo mágico, disfrutamos con ello, pero hay una delgada línea roja que no se debe cruzar. Mal asunto cuando la inspiración se convierte en obsesión, cuando ya no eres el autor, sino simplemente una máquina que se mueve bajo las indicaciones de tus personajes y tu historia. Precisamente me han hecho pensar en ellos tres excelentes blogueros. Edgar K. Yera, Julia C., y María Campra Peláez.

Por eso he decido parar un rato, descansar, escribir sobre otra cosa. Mañana volveré a mi novela, pero hoy me tomo el día libre para hablaros de algo diferente.

Mi amor hacia los animales. Desde pequeño siempre ha habido perros y gatos en mi casa, cuando me independicé, me llevé conmigo a mi perro. Debo aclararos que por fortuna mi pareja también es una amante de los animales, en caso contrario hubiese tenido que renunciar a su compañía. (Me refiero a la de los animales)

Me gustaría compartir con vosotros una historia real que he encontrado por internet.

Brutus es un cachorro de Rottweiler, desde su nacimiento ha compartido comida, juegos, caricias y aventuras con su hermano Hank. Los recogieron de una protectora y Vivian felices con su nueva familia. Pero un día la desgracia llego a sus vidas.

Hank murió una noche, al día siguiente Brutus al verlo apoyó su cabeza contra la de su hermano, no sé si con la intención de darle calor, o simplemente resignado por la perdida.

No quería comer, ni jugar, ni siquiera moverse. Sus familiares intentaron consolarlo acariciándolo, sin embargo él no se movía, continuaba pegado a su hermano, con los ojos vidriosos y la expresión de su cara compungida por el dolor.



¿Por qué me gustan los animales?, ¿Todavía me lo preguntas amigo?

jueves, 25 de junio de 2015

Arcadia - Capítulo XIII


Aún faltaban tres horas para el amanecer, sin embargo los movimientos en el cuartel general de las tropas insurgentes eran intensos. Los gritos y las órdenes de los soldados y oficiales llenaban la noche con los sonidos de la guerra.

—Mayor Tirlon, usted se encargara de coordinar las acciones en Ryland y Uset —dispuso John Maller.

—A sus órdenes —respondió Sam Tirlon emitiendo un sonoro taconazo.

El mayor se dispuso a pasar revista a sus tropas. Sus efectivos eran dos naves interceptoras, dos destructores adaptados para transportar soldados, diez mil regulares, y cuatrocientos mercenarios arsemitas. Contaba con el sargento Price, curtido en cientos de escaramuzas urbanas, por lo que decidió ponerlo al mando de los comandos que asaltarían las bases imperiales de Uset.

—Partan inmediatamente. Los ataques en los seis territorios deben producirse exactamente a las 9:00 AM, ni un minuto antes, ni uno después. Contamos con el factor sorpresa —explicó el mayor Tirlon.

Varias naves partían al mismo tiempo hacia destinos diferentes. Se respiraba la adrenalina tanto en el cuartel general, como en el interior de los destructores. John Maller sostenía una taza de té mientras controlaba las pantallas. Podía ver en ellas todas las imágenes que le transmitían los comandos. “De vosotros dependemos todos ahora mismo, amigos —se dijo”.

—Cabo Wells, sincronicemos relojes, son las 8:45 AM —ordenó el sargento.

El destructor se acercaba a la base imperial situada a treinta millas de la ciudad de Uset. La guarnición constaba de mil trescientos marines. En principio, sus cinco mil efectivos que le acompañaban en el destructor, deberían bastar para aplastarlos. Sin embargo, el ejército rebelde había dispuesto tan solo de un mes de entrenamiento, frente a los años de adiestramiento de las tropas imperiales. Los escudos de invisibilidad estaban funcionando correctamente, ya que no había signos de que hubiesen detectado la presencia de su nave.



—Full, y ya de paso, sírveme otro café Brandon —pidió un cabo imperial mientras dejaba caer sus cartas sobre la mesa.

—Siempre igual, si no fueses cabo, te registraría las mangas, a ver cuántos ases llevas escondidos —fue la respuesta de Brandon.

El marine se levantó en busca de la cafetera. La mañana era rutinaria como de costumbre. Ambos estaban de guardia controlando los radares y los movimientos de tierra en su perímetro, pese a que nunca ocurría nada, por lo que era mejor pasar el tiempo hasta que llegara el relevo, jugando a las cartas. En la base los hombres estaban terminando de asearse y vestirse. Después de desayunar, se dirigirían a sus labores cotidianas. Brandon salió de la sala de control para respirar el aire puro de la mañana, y encenderse un cigarrillo. “Un día menos de servicio en este triste destino. Dentro de cinco meses, para casita —se dijo a sí mismo”.

—Cabo, ¿Quieres un cigarrillo? —gritó con fuerza para que le escuchara su compañero.

Fueron las últimas palabras que pronunciaría en su vida. Una bala impactó en su pecho, lanzándolo al suelo. El cabo salió apresuradamente para averiguar lo que estaba sucediendo. La imagen que vio le dejo completamente petrificado. Miles de hombres desembarcando de un enorme destructor, corriendo, tomando posiciones con gran destreza.

Dos naves interceptoras de la flota galáctica pasaron en vuelo rasante sobre su cabeza. Se dirigían hacia las tropas rebeldes disparando. Cientos de soldados de las primeras unidades de desembarco, caían muertos por el fuego imperial. Aquello hubiese acabado en una masacre de no ser por la presencia de la nave interceptora rebelde, más moderna y mejor equipada, pilotada por un mercenario arsemita. Se dirigió en picado hacia las dos naves imperiales. El primer misil impactó con éxito sobre una de ellas, sin embargo, el segundo falló. De pronto vio una extraña maniobra de huida de la interceptora superviviente, esta se puso en décimas de segundo en su cola, y disparó sobre la nave mercenaria. Explotó cayendo sobre un comando que estaba intentando entrar en la base. El frenético estruendo de la nave desintegrándose, unido a los gritos de los heridos, formaba un espectáculo esperpéntico.

Uno de los artilleros de proa del destructor, observó como la nave imperial remontaba el vuelo con la intención de situarse en posición para poder continuar disparando sobre las tropas invasoras. Cargó su taser de gran calibre, y un misil de largo alcance partió en busca de la nave interceptora. El proyectil alcanzó su objetivo, la nave explosionó. Por fortuna cayó en campo abierto. Ya no quedaban más interceptores de ninguno de los dos bandos en el aire. Mientras, el destructor continuaba realizando fuego de cobertura para sus tropas. Aunque realmente el resultado se decidiría en los combates cuerpo a cuerpo.

—Cabo Wells, tomen aquella torreta —gritó con ímpetu el sargento Price.

Tras más de media hora de combate, era la única posición con potencia de fuego que continuaba siendo un peligro para los rebeldes. Cientos de cuerpos mutilados impedían avanzar con soltura a su comando para tomar aquella posición. Dejar de disparar para abrirse paso apartando cadáveres podía significar convertirse en uno de ellos.



El general John Maller recibía los primeros informes de Nort Olint, Landance, Ryland y Gior, aquellas plazas estaban a punto de caer en sus manos. Trantor ya estaba libre de marines galácticos, tan solo en Uset los combates estaban resultando más difíciles.

—Mayor, ¿Tenemos informes de bajas? —preguntó John

—En realidad no, señor. Los datos que vamos recibiendo no son fiables. De todos modos el mayor número de muertos se ha producido en Uset —respondió Sam Tirlon.

—¿Quien dirige el ataque? —volvió a preguntar el general.

—El sargento David Price —.

Tener a alguien como el en una batalla difícil era una gran ventaja, el único inconvenientes seria perderlo, y John no podía permitírselo.



Tres horas más tarde dos marines galácticos entraron en el despacho del secretario Bruno Valens. Su aspecto era preocupado y nervioso. Aquel tranquilo destino se había convertido en una zona de guerra, algo que les había cogido totalmente por sorpresa.

—Señor secretario, hemos perdido seis territorios —dijo el marine de mayor graduación.

Bruno se llevó las manos a la cabeza. Estaba temiendo aquella noticia, era consciente de que ese día tenía que llegar, tan solo hubiese deseado que no fuese tan pronto. “¿A ver quién se lo dice al virrey —pensó”.

—¿Han podido escapar algunos de sus efectivos? —preguntó el secretario.

—Negativo señor, hemos perdido todos los hombres y todos los materiales —respondió el marine.

Sin lugar a dudas, lo principal en ese momento era asegurar los territorios de New Hire, Necco, Jerva, Aniap, Wala. Surt Olint y Planter, con las tropas disponibles.

—Cuantos efectivos tenemos en total capitán —preguntó el secretario.

—Alrededor de seis mil, señor —respondió.

“¿Seis mil? Por todos los dioses, necesitamos más soldados —pensó Bruno”. Sin duda, el virrey debería haber solicitado mayor número de marines al emperador, pero eso hubiese significado incrementar los gastos de la corona, y por tanto reducir los beneficios que obtenían del planeta. También hubiese sido una muestra de debilidad por parte de su alteza el virrey.

—Debemos pedir ayuda al imperio. ¿Cuánto creen que tardaría en llegar una flota galáctica? —preguntó Bruno Valens.

—Tenemos constancia de que la VI flota esta de maniobras cerca de la frontera arsemita, podrían llegar aquí en tres días —respondió el capitán.

Era una opción, el secretario debería dar aviso a la tierra y solicitar ayuda, sin embargo necesitaba la autorización del virrey, y explicarle como estaba la situación no sería tarea fácil conociendo su carácter.

—¿Informara usted de la perdida de seis territorios a su alteza? Señor —preguntó uno de los marines.

Bruno los observó detenidamente, eran jóvenes, con prometedoras carrera, con un futuro que construir. “Pobres, que los dioses les protejan —pensó”.

—No, estoy ocupado, mejor vayan ustedes dos a informarle a su despecho, yo iré en unos minutos —.

Bruno Valens se volvió a servir un trago de aquel elixir de la felicidad, un buen bourbon con hielo, se dispuso a saborearlo poniendo un poco de buena música en su equipo de sonido. Alto, bien alto el volumen. Mejor no escuchar los disparos y los gritos de aquellos dos pobres marines.



Continuara...


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martes, 23 de junio de 2015

Arcadia - Capítulo XII


—¿Qué diablos me estáis contando? —gritó lleno de furia el virrey de Arcadia.

Los dos carceleros estaban aterrados. Ser portadores de malas noticias para su majestad el virrey no podía traer nada bueno. Informarle que Tom Austin no estaba en su celda, podría catalogarse sin duda como una muy mala noticia.

—Bruno, Bruno, acude aquí inmediatamente —gritaba James Montgomery Jager preso de la ira.

—Alteza, debería usar el intercomunicador, no creo que pueda escucharle —dijo uno de los guardias.

El virrey le miró lleno de odio, sus ojos reflejaban la furia de un animal salvaje, de un psicópata en pleno ataque. Saco su arma corta del bolsillo de su gabán y con un certero disparo entre ceja y ceja, esparció su masa gris por todos los rincones de la estancia. Su compañero se arrodillo implorándole piedad mientras él le apuntaba con su arma.

—¿Algo que objetar bastardo? —le preguntó amenazante.

Lo que vio le calmo un poco. En realidad le pareció muy divertido ver como aquel hombretón se meaba en los pantalones de miedo ante su presencia. “Patético, un adulto que se orina encima —se dijo”. Que pronto había olvidado que el hizo lo mismo cuando John Maller le arrestó por su cobarde y negligente actitud al mando de la flota imperial en la batalla de Las Placenas.

—Alteza, ¿Está usted bien? —exclamó el secretario cuando acudió alertado por el estruendo del disparo.

Bruno Valens no podía creer lo que estaba viendo. Un hombre con la cabeza volatilizada y sus sesos esparcidos por las paredes, y otro de rodillas temblando temeroso por su vida. El virrey ni le miró, tan solo le hizo una pregunta.

—¿Quién es el culpable Bruno? —.

El secretario no se atrevió ni a abrir la boca. Conocía el carácter del virrey, en momentos como aquel, lo mejor era oír y callar. Y si te preguntaban, simular que no habías escuchado nada.

—¿Tienes familia? —le pregunto el virrey al carcelero.

—Sí, alteza, mujer y tres niños pequeños —respondió asustado el guarda.

—Qué pena por ti, no veras crecer a tus hijos. Pero no te preocupes, tanto a ellos como a tu mujer los violare todo lo salvajemente que pueda hasta que me arte y los mande a reunirse contigo en el infierno —dijo segundos antes de dispararle en la cabeza.

El cuerpo del segundo carcelero cayó al suelo de aquella sala que parecía el almacén de un matadero. Bruno estaba aterrado, conocía muy bien al virrey, había vivido centenares de ocasiones como aquella, sin embargo en ninguna de ellas había tenido nada que ocultar a su señor.

—¿Qué quién es el culpable? Bruno —volvió a insistir el virrey.

—No tengo ni la más remota idea de que me está hablando, Alteza —mintió temeroso, poniéndose de rodillas y buscando su anillo imperial para besarlo.

—Pues encuentra a quien liberó a Tom Austin, y que lo despellejen —ordenó James Montgomery Jager.

El secretario se retiró sigilosamente después de agasajarle con una gran reverencia para calmarlo.



John Maller se encontraba en el despacho del presidente. Tom Austin volvió a narrarle como lo habían liberado, y como le informaron sobre la existencia de un traidor en el congreso.

—¿Podemos confiar en Bruno Valens? —preguntó John.

—Francamente no lo sé. Podría haberme facilitado la huida con algún objetivo oculto, tal vez incluso bajo una orden del gobernador. La información de que Rudy Porter el alcalde de Aniap es un traidor puede ser una estrategia con el objetivo de sembrar la discordia entre nosotros —respondió el presidente.

—Lo más prudente es que el congreso no esté al día de los planes del ataque, no quiero filtraciones —dijo John Maller.

El presidente no estaba de acuerdo. En una democracia los congresistas deberían saber exactamente cuáles eran los movimientos del ejército. Estaban luchando contra tiranos, para cambiar la forma de gobierno, no para convertirse en los nuevos dictadores. Los secretos eran el cáncer que corrompía a los gobiernos, alejándolos irremediablemente del contacto con el pueblo. Así lo creía el presidente y así se lo explicó al general.

—El congreso está informado, y ha aprobado la rebelión. Con eso basta, no es necesario que conozcan los detalles y los aprueben uno a uno. Los marines galácticos no rigen sus acciones por votación democrática, eso les haría lentos, imprecisos y tremendamente débiles. Si el congreso y usted presidente han confiado en mí, deben dejarme hacer las cosas a mi manera. Al fuego se le combate con fuego, no con votaciones —dijo John Maller.

—Tienes razón John, no son momentos para discutir entre nosotros, tú encárgate de vencer, o estaremos todos perdidos —le pidió Tom Austin.

Esas eran las palabras que John esperaba oír. Carta blanca, victoria o muerte, de ello dependían su familia, su pueblo, el congreso, el mismísimo presidente, y su propia vida.

—Mañana al alba empezara la operación “Despertar”. Al medio día deberemos tener bajo nuestro control absoluto y libre del ejército imperial seis territorios de Arcadia —informó el general.

—No digas más John, con eso me basta, no quiero saber cómo lo vais a hacer, solo quiero que me informes al final del día, y que por todos los dioses, ese informe lleve como título victoria —dijo el presidente mientras se levantaba. Mostrando una amplia sonrisa le estrechó fuertemente la mano.

Bruno Valens continuaba aterrado dos horas después de lo sucedido, no había vuelto a la cama, no había interrogado a nadie. “¿Para que preguntar lo que ya se? —pensaba”. Necesitaba un poco de medicina. La medicina del valor, el agua de fuego. Se sirvió una buena cantidad de bourbon en un vaso con hielo, y lo sorbió ávidamente.

—¿Así investigas lo que ha pasado? —preguntó el virrey que acababa de entrar en los aposentos del secretario.

—Perdóneme alteza, la muerte de esos carceleros me ha dejado tocado —dijo sumiso Bruno.

El virrey había recuperado su compostura. Su ira había desaparecido. Como buen esquizofrénico los cambios emocionales eran constantes e impredecibles. El secretario se relajó. “No lo sabe, ni siquiera lo sospecha —se dijo”.

—¿Quiere una copa alteza? —preguntó.

—Bueno, me vendrá bien, acepto —contestó el virrey.

James Montgomery Jager tomó un trago de aquel bourbon. Le quemó la boca, el esófago, y el estómago. De un golpe lanzo el vaso contra la pared.

—¿Cómo puedes beber esta mejunje de barbaros? —gritó.

—Puedo ir a buscar una botella de coñac francés alteza —dijo el secretario.

No hacía falta, así se lo hizo saber el virrey. Tan solo quería descansar un rato, estaba agotado. Después de sus ataques sufría siempre un periodo de depresión en el que se encontraba sin fuerzas. El simple hecho de estar sentado en una silla ya era un tremendo placer.

—Los seres inferiores no tenéis paladar Bruno —le dijo divertido el virrey.

“¿Seres inferiores? Pues parece que la mitad de tu sangre que llevo en mis venas no es lo suficientemente fuerte para paliar el efecto plebeyo —se dijo”. Sintió repugnancia de sí mismo, de tener algo que ver con aquella escoria corrupta, decadente, con el alma totalmente podrida.

—Por cierto secretario, mañana a primera hora quiero a todos los miembros de la familia de aquellos dos carceleros, metidos en la pequeña celda que ocupaba Tom Austin —ordenó el virrey.

De nuevo otro episodio de esquizofrenia se dibujó en su cara, los ojos vidriosos, las fosas nasales totalmente abiertas, y un reguero de babas cayendo por la comisura de sus labios, mientras se masturbaba frenéticamente.

—Como ordene Alteza —respondió Bruno apartando la mirada de aquel esperpéntico espectáculo.



Continuara...



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lunes, 22 de junio de 2015

Arcadia - Capítulo XI


La mesa de operaciones del cuartel general de los rebeldes estaba totalmente repleta con planos geográficos de todos los territorios de Arcadia. El mayor Sam Tirlon estudiaba detenidamente el mapa de Necco.

—Ante todo, el primer objetivo es liberar al presidente Austin —informó a los presentes.

Tirlon pertenecía a la plana mayor del recién creado T.U.A Army. Exteniente de los marines galácticos, fue degradado y llevado a presidió por insubordinación. No cumplió la orden de desembarcar en aquella luna del cuadrante Delta. Eso hubiese significado llevar a sus hombres a una muerte segura. Pese a los informes de inteligencia que advertían de fuertes fortificaciones arsemitas terriblemente bien armadas, el Coronel Travis, Conde de Saintcour, se obstinaba en enviarlos a la muerte.

Cuatro oficiales del T.U.R Army, y dos mercenarios arsemitas de alta graduación, debatían sobre los objetivos inmediatos a cumplir. John Maller, general de todas las tropas, los observaba en silencio, hasta que decidió pronunciarse.

—Envíen inmediatamente un comando de seis mercenarios y ocho regulares a Necco. Quiero al sargento David Price al mando —ordenó.

Aquel objetivo era prioritario. Se debía alcanzar rápidamente. En cuanto estuviese el presidente sano y salvo en Trantor, empezarían los ataques masivos. Una operación relámpago para tomar todos los campamentos de los marines galácticos en los seis territorios más alejados de la capital, Nort Olint, Ryland, Uset, Landance, Gior, y por supuesto Trantor. El control de esa basta zona les situaría en igualdad de condiciones respecto a las tropas imperiales.



La pequeña lanzadera que transportaba a los quince efectivos del comando de rescate continuaba su rumbo hacia Necco. Sobrevolaban el territorio de Aniap, su destino estaba cerca, sin embargo no era prudente acercarse demasiado a la capital con aquel vehículo.

—Aterricemos cerca de la frontera, continuaremos a pie —exclamó el sargento.

La maniobra fue precisa y silenciosa. Los hombres saltaron al suelo cargando todo su equipo de combate. Cuatro de ellos se detuvieron para camuflar con redes la nave, mientras el resto tomaba posiciones asegurando la zona.

—Mails, Clapton, Roger, —quédense apostados custodiando la nave —ordenó David Price.

Los doce soldados restantes emprendieron camino hacia Necco, siguiendo la carretera comarcal, pero caminando despacio a través de la vegetación. Dos millas después visionaron a una patrulla de los marines galácticos, que hacia su ronda de guardia.

—Robson, despeje el camino —volvió a ordenar el sargento.

La orden no podía ser más clara, despeje, elimine, limpie, todos eran sinónimos militares que significaban lo mismo, “Mátelos”.

Apuntó con la mirilla de su arma. Gracias al silenciador de su fusil de francotirador, solo se escuchó el sonido de dos casquillos golpeando el suelo, con la mínima diferencia de dos segundos. Exactamente los mismos que tardaron en caer los cuerpos de aquellos dos marines.

—Despejado Señor —afirmó Robson.

Dos problemas menos de los que preocuparse. En una revolución no se trata de hacer prisioneros, se trata de vencer, y para vencer debes olvidar sentimientos humanos como la piedad, o la empatía con tus rivales. En una revuelta solo se puede matar o morir, y el sargento David Price no estaba dispuesto a perder a ninguno de sus hombres.

Caminaron durante una hora, intentando no ser vistos por nadie. La carretera permanecía desierta. “Mejor así —pensó el sargento”. De pronto el cabo Wells divisó un pequeño vehículo levantando el polvo del camino pese a su poca velocidad.

—Es un vehículo sin marcas sargento, ¿Disparo al piloto? —preguntó el cabo.

—No, espera —dijo el sargento.

No se trataba de andar matando a todo lo que se moviera. Sin lugar a dudas no vacilaría ni un segundo en liquidar a un objetivo militar, pero ese vehículo podría ser cualquier cosa menos eso. El sargento salió de la vegetación, colocándose en medio del camino. Apunto con su arma al objetivo, esperando que interpretara que debía detenerse.

—Alto —gritó.

El vehículo se detuvo con dificultad. Era evidente que no lo pilotaba una persona diestra en su manejo. Cuatro hombres lo rodearon apuntando con sus rifles a la pequeña puerta del compartimento de conducción. Lentamente se abrió, y salió de ella ante la sorpresa de todos Tom Austin.

—Señor presidente ¿Qué demonios hacia usted en ese vehículo? —preguntó extrañado David Price.

El presidente estaba agotado. Aquellos dos días detenido, sin alimentos, y el sobreesfuerzo de pilotar aquella pequeña nave, habían fatigado su maltrecho y anciano cuerpo.

—Un amigo, ha sido gracias a un amigo, o eso creo —respondió.

No había tiempo para más preguntas, estaban en medio de una comarcal, en cualquier momento podría localizarlos otra patrulla de marines galácticos, y hasta el inicio del ataque no era muy prudente ir sembrando los caminos de cadáveres.



—Mami, me gusta mucho este campamento —dijo Zumy.

Carol y John habían llegado a un acuerdo, nunca más volverían a ocultarse nada. La excusa de que él lo hacía para protegerla y no preocuparla, no servía para nada con Carol. Eran marido y mujer, se juraron fidelidad en lo bueno y en lo malo. Sin duda aquello era lo malo, por ello debían compartirlo.

—Me alegra que así sea Zumy. Aquí estaremos más seguros que en casa —explicó Carol.

John se acercaba hacia ellos, habían pospuesto los planes de ataque hasta que liberaran al presidente, por lo que tenía unas horas para dedicar a su familia. Estaban mejor en el campamento general, no quería volver a correr riesgos de nuevas visitas de enviados del virrey. Además estaba la promesa que le había hecho a Carol, “Lucharemos juntos querida, juntos conseguiremos la libertad —le juró”.

—Hola cielo, ¿Ya habéis preparado el barracón? —le preguntó.

Ella le miro enfadada, “¿Preparado el barracón? Esa no es mi idea de colaborar en la revolución —se dijo a sí misma”. John no pudo escucharla, pero sí pudo leer su mirada.

—Perdona, quería saber si ya estabais instalados —rectificó John.

—Sí, sí, todo está listo —respondió ella dulcificando su mirada. “Así está mucho mejor —pensó”.

Zumy se dio cuenta de la presencia de su padre, por lo que acudió corriendo a su encuentro y le mostro una vieja rama de árbol.

—Mira papi, ya tengo un palo por si vienen los señores malos —dijo orgulloso.

John le acarició la cabeza. Lo levantó del suelo para hacerle girar sujetando sus bracitos. En ese momento diviso a un soldado que corría a su encuentro.

—Señor, han encontrado al presidente —exclamó.

—¿Encontrado? Será liberado —corrigió John al soldado.

—No señor, lo han encontrado conduciendo un pequeño vehículo en las afueras de Necco —insistió el soldado.

Explicó al general los detalles que le había transmitido por radio el comando de rescate, y le informó que en breves minutos estarían en la base. John corrió hacia el barracón donde estaba el centro de mando. Mientras corría pudo observar como aterrizaba la nave que los trasportaba, vio bajar de ella en primer lugar al sargento David Price, y detrás de el con terrible aspecto al presidente Tom Austin.

—Señor presidente ¿Qué significa eso de que ya no estaba en prisión? —preguntó John.

—Digamos que al parecer tenemos un amigo en palacio —contestó Austin.

—¿Quién es? —volvió a preguntar el general.

Tom no le respondió, había prometido no hacerlo, al menos delante de tanta gente. Agarró su brazo y le condujo hacia el interior del barracón. Hicieron salir a todos los soldados, y se quedaron solos.

—El posible amigo es Bruno Valens, pero no debes decírselo a nadie por el momento —dijo el presidente.

—Siempre es bueno tener contactos en el hogar del enemigo, llevamos ventaja entonces —dijo John contento.

—Digamos que estamos empatados —advirtió.

En todas las casa hay traidores, también en la suya, aquel nuevo aliado había tenido la gentileza de informarle que uno de los alcaldes era un traidor a la revolución.


Continuara... 





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domingo, 21 de junio de 2015

Arcadia - Capítulo X


Bruno Valens se despertó sobresaltado y sudoroso en medio de la noche. “Otra maldita pesadilla —pensó”. Se levantó, no podía continuar durmiendo, en realidad, no deseaba verse mortificado por aquellos angustiosos sueños.

“Malditos remordimientos, alejaros de mi —se dijo”.

Se acercó al mueble bar, y se sirvió un bourbon en un pequeño vaso de cristal. Lo saboreó lentamente, buscando, ansiando encontrar en aquel liquido la respuesta a su congoja.

—No estoy haciendo lo correcto —dijo en voz alta, pese a no haber nadie para escucharlo.

Bruno descendía de una estirpe de siervos que habían servido fielmente a los Duques de Clamber. En realidad siempre sospechó que era un hijo bastardo de James Montgomery Jager. ¿Le unía algún vínculo de sangre? Ni lo sabía, ni francamente le preocupaba. Solo era consciente de que su familia se había dejado la piel al servicio de aquella gente. Que habían trabajado sin descanso para acrecentar su fortuna y su poder, sin pensar en ellos mismos y en lo que en verdad era justo y noble en esta vida.

“¿Es la sociedad feudal el mejor de los sistemas? —se cuestionaba sin descanso.”

Aquel bourbon le sabia extraordinariamente bien, se decidió a servirse otro, y tras ese algunos más. La luz del alcohol abría su mente. Como decía aquel viejo proverbio prehistórico “Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad” Bruno lo vio claro aquella situación era tremendamente injusta.

Democracia, antiguo concepto. Anticuada forma de gobierno donde corruptos alcanzaban el poder para lucrarse olvidándose de sus votantes. ¿Había sido siempre así? No, la democracia había traído esperanza a los hombres en la antigüedad, en la Francia revolucionaria, en América del norte con su guerra de independencia, en la América latina cuando se liberaron del yugo español, en la Europa del siglo XX cuando se impuso el estado del bienestar. ¿Pero qué ocurrió, que hizo cambiar a los dirigentes? El relajamiento, el acomodamiento, en definitiva, la decadencia. Pasó antes en Roma. La civilización era tan avanzada, que todos se acomodaron, pensaron que habían alcanzado el sumun de la perfección, y lo que habían conseguido fue abrir el camino a nueva gente, con nuevas inquietudes. Del mismo modo que los barbaros se rebelaron contra Roma, aquel general del siglo XXI se sublevó contra las decadentes democracias. El sistema feudal imperaba en la galaxia desde hacía siglos, pero habían llegado tiempos de cambio, en aquella época era el imperio el que se había vuelto decadente, y solo podías estar con él o contra él, nunca permanecer indiferente.

“La causa de los rebeldes en Arcadia es justa, Tom Austin debe escapar —pensó”.



Carol lloraba desconsolada, sabía perfectamente lo que hubiese ocurrido de no haber llegado John a tiempo.

—No llores mami —dijo Zumy.

Ella lo acogió entre sus brazos. La idea de que hubiesen destruido al pequeño androide la aterraba. No sentía miedo por ella, en definitiva había ejercido la prostitución, conocía los aberrantes deseos de los hombres, del mismo modo que sabía que sus asquerosas embestidas terminaban en pocos minutos. Lo que la preocupó desde el principio fue lo que podrían hacerle a Zumy, su hijo.

—¿Dónde estabas John? —le preguntó

Él se sentía culpable. Haber olvidado sus obligaciones para con su familia no tenía perdón, sin embargo la libertad del pueblo oprimido de Arcadia también significaba la liberación para su familia.

—Carol, lo siento, pero no estaremos nunca seguros hasta que seamos un pueblo soberano —respondió John.

Ella lo entendía. La antigua creencia de que las mujeres guapas eran tontas no podía ser más infundada. Su vida había sido muy dura, tan solo el soplo de aire fresco de haber llegado a aquel planeta, conocer a John y la aparición en su vida de Zumy, podían compensar el sufrimiento de su pasado. Era consciente de los ideales de John, y los compartía, tan solo se sentía molesta por que la hubiesen apartado de la acción, como si fuese una muñeca de porcelana, Ella quería participar en la lucha, formar parte de la historia de aquella nación.

—¿Esta guerra es para parar a estos hombres malos mami? —preguntó Zumy.

—Sí, cariño, es para que todos podamos ser libres y podamos vivir en paz —le respondió.

Zumy sonreía, cuatrocientos años después de su creación, la primera ley robótica perdía un poco de su sentido. Él no lo sabía, pero sus fabricantes le habían implantado la nueva ley cero, que apuntaba que la humanidad era superior a un solo hombre, y por tanto, si había que decidir entre la supervivencia de una persona, o de la del global de la población galáctica, un robot debería posicionarse con la segunda opción. De todos modos, él tenía una razón de mayor peso, aquellos esbirros habían intentado hacerle daño a su mama, y él nunca lo consentiría. Las leyes robóticas estaban muy bien implantadas en su cerebro positrónico, pero el amor a una madre no era cuestionable por ninguna ley del universo.



—¿Se encuentra bien alcalde? —Preguntó Bruno Valens observando al anciano acurrucado en un rincón de su celda.

—Todo lo bien que puede estar un preso —respondió irónicamente.

Bruno lamentaba la situación de aquel hombre, en realidad cuando el virrey ordenó que lo golpeara, no lo hizo con todas sus fuerzas. Demasiado pasado demasiado tiempo al servicio de aquel ser egocéntrico, centrado en su propio placer, desconocedor de las necesidades de quienes le rodeaban. Ciertamente no las desconocía, simplemente es que le traían sin cuidado. Y Valens lo despreciaba por eso.

Aquella declaración revolucionaria había llegado al alma del secretario, las ideas de que los hombres podían ser libres, decidir sobre su destino, levantarse con dignidad sin sumisión a un amo, habían sembrado aquella terrible duda en su interior. “¿De qué lado debo posicionarme?”

—¿Tendría fuerzas para llegar a Trantor si yo le dejo escapar? —le preguntó.

—Son trescientas leguas entre inhóspitos parajes, pero por los dioses que lo conseguiría —le respondió.

¿Estaba haciendo lo adecuado? Sopesar entre la lealtad al virrey como había hecho toda su familia, o apostar por un nuevo mundo sin señores feudales seguía nublando su cerebro.

—Nunca debe confesar que yo le he liberado —le advirtió.

Busco con la mirada al carcelero que se encontraba medio dormido en una mesa al final del pasillo. Aquel esbirro no había escuchado nada de la conversación, sin embargo podría delatarle en un interrogatorio. Posicionarse a favor de la revolución no debería estar reñido con salvar su propio pellejo.

—Tenga esta llave alcalde, pero no escape hoy, hágalo mañana a las doce de la noche. Tendrá cinco minutos durante el cambio de guardia. En la salida norte dejare un vehículo anónimo, sin marcas. Escape, pero recuerde que si algo sale mal, nunca debe mencionar mi nombre —le explicó.

Tom Austin lo miró, no sabía si confiar en aquel hombre, podría tratarse de una trampa. “¿Habían inundado los ideales revolucionarios la mente del secretario? —se preguntó el alcalde”. No tenía respuesta ante aquella duda, en realidad nadie conocía la razón de la decisión de Bruno.

“Nunca te perdonare padre —se dijo a mismo Bruno Valens”.

Su abuela se lo confeso dos semanas atrás en su lecho de muerte, James Montgomery Jager había matado a su madre justo después de dar a luz a un bebe, Bruno era él bebe, y Jager el padre.


Continura...



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