viernes, 26 de junio de 2015

Reflexiones - ¿Por qué me gustan los animales?




Hoy estaba en pleno frenético proceso escribiendo un nuevo capítulo de mi novela. Cuando nos llega la inspiración es algo mágico, disfrutamos con ello, pero hay una delgada línea roja que no se debe cruzar. Mal asunto cuando la inspiración se convierte en obsesión, cuando ya no eres el autor, sino simplemente una máquina que se mueve bajo las indicaciones de tus personajes y tu historia. Precisamente me han hecho pensar en ellos tres excelentes blogueros. Edgar K. Yera, Julia C., y María Campra Peláez.

Por eso he decido parar un rato, descansar, escribir sobre otra cosa. Mañana volveré a mi novela, pero hoy me tomo el día libre para hablaros de algo diferente. Mi amor hacia los animales.

Desde pequeño siempre ha habido perros y gatos en mi casa, cuando me independicé, me llevé conmigo a mi perro. Debo aclararos que por fortuna mi pareja también es una amante de los animales, en caso contrario hubiese tenido que renunciar a su compañía. (Me refiero a la de los animales, o no).

Me gustaría compartir con vosotros una historia real que he encontrado por internet.

Brutus es un cachorro de Rottweiler, desde su nacimiento ha compartido comida, juegos, caricias y aventuras con su hermano Hank. Los recogieron de una protectora y Vivian felices con su nueva familia. Pero un día la desgracia llegó a sus vidas.

Hank murió una noche, al día siguiente Brutus al verlo apoyó su cabeza contra la de su hermano, no sé si con la intención de darle calor, o simplemente resignado por la perdida.

No quería comer, ni jugar, ni siquiera moverse. Sus familiares intentaron consolarlo acariciándolo, sin embargo, él no se movía, continuaba pegado a su hermano, con los ojos vidriosos y la expresión de su cara compungida por el dolor.





¿Por qué me gustan los animales?, ¿Todavía me lo preguntas amigo?

domingo, 14 de junio de 2015

Arcadia - Capítulo II




Las naves de la flota “éxodo” llegaron a la órbita de Arcadia, los primeros en desembarcar fueron los marines galácticos, con el fin de asegurar el perímetro de la residencia del gobernador.

Cuatro horas después, un trasbordador aterrizó a escasos metros del palacio gubernamental en Necco, capital de la colonia imperial. El sargento Weiss y el cabo Brandon se cuadraron en cuanto divisaron la triste figura que descendía de la nave.

—A sus órdenes excelencia —exclamó el sargento.

James Montgomery Jager, duque de Clamber, el gobernador desde el instante en que puso sus pies en el planeta les miro complacido y extasiado. “Excelencia, me encanta como suena —pensó.” Miró a sus espaldas viendo como pisaba tierra arcadiana el capitán Peter Perckins.

—Misión cumplida, todos los reclusos desembarcados, y usted sano y salvo en su residencia —dijo el capitán.

—¿Y bien? —añadió el gobernador.

—¿Y bien qué? —preguntó Peter.

—¿Cuál es mi tratamiento? —volvió a preguntar, esta vez con un tono sarcástico y colmado de placer, James Montgomery.

—Excelencia —contestó de mala gana el capitán.

El gobernador alargó su mano mostrando el anillo imperial, esperando que el capitán de rodillas lo besara como signo de respeto. Así lo hizo Peter Perckins sintiendo una repugnancia atroz por aquel individuo decadente. Sin embargo, no quería ofenderlo y tener que enfrentarse a un consejo militar por haber sido irrespetuoso con una autoridad nombrada por el emperador.

Peter subió en el trasbordador, estaba deseoso de abandonar aquel planeta, lo que sucediese a partir de aquel instante ya no era problema suyo, él había cumplido con la misión que le fue encomendada.

—Rumbo al territorio de Trantor —ordenó al timonel.

— ¿No volvemos a la ISS Vancouver capitán? —preguntó extrañado.

—No, antes quiero saludar a un viejo amigo —respondió el capitán.

La pequeña nave tomó rumbo a Trantor, llegarían en pocos minutos. Desde las alturas se divisaba una comarca fértil, verde, con mucha agua, y con una pequeña base que todavía no se mostraba como la gran ciudad que sería en el futuro.

Una minúscula escuadra de marines galácticos dirigía el asentamiento en ese territorio. John Maller miraba el radiante cielo azul, y respiraba aquel fresco aire extasiado. Demasiados años de presidio en Júpiter viviendo, mejor dicho, sobreviviendo, con aquella maldita atmosfera artificial habían causado mella en su carácter. El joven y capaz oficial, se había convertido en un sumiso y resignado preso, aunque eso iba a cambiar. “Por fin, aquí podré construir un nuevo hogar, y dejare de ser un reo 

—pensó”. Y en eso tenía razón, según el edicto del emperador, ya no eran condenados, eran colonos. Su graciosa majestad, en un gran gesto benevolente les había proporcionado una amnistía, con una sola condición, que trabajaran y explotaran el planeta. Ah, y que pagaran religiosamente los impuestos a las arcas imperiales.

Esa era la función del gobernador, su excelencia James Montgomery Jager duque de Clamber, y estaba dispuesto a cumplirla a sangre y espada si fuese necesario, los marines galácticos puestos por el gobierno a su disposición, serian un arma disuasoria en caso de que alguien decidiese no cumplir su voluntad, la voluntad de un elegido, de un virrey, injustamente llamado simplemente gobernador.

Peter Perckins se acercó a aquella pequeña taberna, donde un inexperto camarero servía un plato de comida a John Maller.

—A sus órdenes mi capitán —gritó divertido Peter.

—Por todos los diablos, teniente —dijo John, al tiempo que dando un salto corrió a abrazarlo.

—Bueno, ahora capitán —rectificó entre risas Peter Perckins.

Los dos antiguos camaradas se fundieron en un sincero abrazo, se conocían desde la academia, ambos fueron los primeros de su promoción, ambos con futuros prometedores hasta que ocurrió el desastre.  Los dos se encontraban en el puente de mando de la nave capitana en la batalla de las Placenas, cualquiera de ellos hubiese actuado del mismo modo, sin embargo, fue John quien lo hizo debido a su grado de capitán. El recuerdo de aquel miserable cobarde ordenando retirada continuaba produciéndoles el mismo asco que aquel día. “¿Cómo un almirante podía haberse meado encima en presencia de su tripulación? —seguía pensando John”.

Aun en aquellos momentos, conocedor de cuál fue su posterior destino, no se arrepentía de lo que hizo, volvería a hacerlo una y mil veces. Arrestó al duque, le quito el mando, o se lo usurpó tal como le acusaron en el consejo de guerra. Sin embargo, su decisión sirvió para ganar la batalla, su eficaz comportamiento, sus maniobras envolventes sorprendieron al enemigo, que pese a su superior número no supo contrarrestar aquella increíble táctica. Salvó las vidas de cientos de marinos y regresó con las naves de la III flota galáctica en perfecto estado. ¿Cómo se lo pagó el imperio? Con la cárcel, con la deshonra degradándole de prometedor a capitán a recluso, y todo para satisfacer el terrible ego del duque, del mariscal, de James Montgomery Jager, el nuevo gobernador de Arcadia.

—Me alegro mucho de verte John —exclamó sincero Peter.

—Lo mismo te digo amigo, ¿Qué te parece mi nuevo hogar? —preguntó John

Peter miró a su alrededor, francamente era un bonito planeta. Algo nuevo, algo por construir, y eso tenía su encanto. En realidad si no fuese por su carrera militar y su seguro próximo ascenso a comandante, de buena gana se hubiese quedado como colono en aquel flamante mundo.

—Precioso, me encanta, todavía es puro —respondió

—Lástima que el gobernador sea ese maldito canalla —dijo John

Peter no dijo nada, con solo una mirada John supo la repugnancia que eso le producía a su antiguo camarada. Pero para Peter, eso no representaba un problema, él continuaría con su vida lejos de aquel miserable.

—Amigo, si no nos vemos nunca más, te deseo larga y prospera vida —afirmó Peter.

—Lo mismo te deseo hermano —respondió emocionado el excapitán.

Se despidieron, convencidos que sus destinos nunca más se cruzarían. Pobres ilusos, no podían estar más equivocados.











sábado, 13 de junio de 2015

Arcadia - Capítulo I



Arcadia, un pequeño planeta similar a la tierra, situado en la órbita de una estrella del sistema Alpha Centauri. Fue descubierto en el año 2603 por el intrépido explorador terrícola Julius Belter, el cual puso a disposición de su graciosa majestad el emperador Rogelius VII aquella nueva adquisición para mayor gloria de la corona galáctica.

Un pequeño mundo capaz de albergar vida, un regalo providencial para el departamento de justicia penitenciaria del imperio con capital en Paris. Las cárceles en la tierra, y en los planetas cercanos estaban abarrotadas de prostitutas, delincuentes y librepensadores. En definitiva, de toda la escoria de la sociedad.

—Majestad, debo hablar con usted  —afirmó Kevin Jager ministro de justicia.

—Hable consejero —ordenó el emperador, haciendo gestos a sus dos lacayas, que acababan de cubrirle con un exquisito batín de seda, para que se marcharan.

—Tenemos listas trece colonias penitenciarias en Arcadia, todo está dispuesto para el destierro, en dos semanas podremos empezar las evacuaciones —exclamó excitado Kevin Jager.

Habían trabajado duramente en la construcción de aquellas bases capaces de albergar al cincuenta por ciento de todos los reclusos de la galaxia. Se establecieron trece comarcas denominadas territorios, New Hire, Uset, Landence, Necco, Jerva, Aniap, Wala, Ryland, Nort Olint, Sur Olint, Planter, Trantor y Gior. La plantilla de funcionarios penitenciarios sería mínima, se trataba de un destierro, no de una cárcel. Se crearía en el territorio de Necco una delegación imperial, presidida por un gobernador al mando de mil funcionarios, y ocho mil hombres del cuerpo de marines galáctico. Los reclusos deberían organizarse como colonos, trabajar, cuidar las tierras, y sobre todo procurar pagar regularmente y a tiempo los impuestos para las arcas de su majestad Rogelius VII.

—¿Y a mí que narices me importa? —preguntó molesto el emperador.

—Bueno, no quise importunarle, pero necesitaría que firmase el edicto —contestó temeroso el ministro.

Con mala gana, y peores maneras, Rogelius VII le arrancó de las manos la documentación, se dirigió a su mesa presidencial, y los firmó ante la atenta mirada de Kevin Jager.

— ¿Puedo pedirle un favor personal?, excelencia —preguntó el ministro.

El emperador lo observó con aire inquieto, las reuniones de trabajo nunca habían sido de su agrado. Prefería dedicar su tiempo a los placeres reservados para personalidades de su rango, como el magnífico baño de espuma que sus dos lacayas ya deberían tener preparado

—Sea breve consejero —respondió.

—Vera, mi primo el duque de Clamber, sería un buen gobernador de Arcadia —le dijo.
James Montgomery Jager, duque de Clamber y almirante de la III flota galáctica durante la campaña de “Las Placenas”. El duque consiguió una aplastante victoria, gracias a contar entre sus oficiales con el capitán John Maller.

De no ser por aquel joven, hubiesen perdido todas sus naves en la contienda. El enemigo era muy superior en número, sin embargo, Maller se hizo cargo del puente de mando dirigiendo hacia la victoria a aquellos pocos navíos, mientras el almirante temblaba aterrado en la oscuridad de su camarote.

Aquella heroicidad, no proporcionó una medalla a John Maller, al contrario, fue encarcelado y llevado a la colonia penitenciaria de Júpiter después de un consejo de guerra acusado de provocar un motín. James Montgomery Jager nunca perdonó la insolencia de aquel mozalbete, e hizo uso de todos sus contactos en el gobierno hasta lograr su condena.

—Francamente ministro, haga lo que le parezca, pero márchese ya de una vez —ordenó Rogelius VII

Kevin Jager se dio la vuelta tras ofrecer una profunda reverencia al monarca. Sonreía, aquel petimetre de su primo ya le había causado demasiados problemas. Sería un verdadero placer enviarle como gobernante a un mundo plagado de miserables en la otra punta de la galaxia.


La mañana del veinticinco de mayo de 2615 centenares de naves de carga orbitaban alrededor de la estación espacial 51. Aquella localización era famosa por una antigua leyenda según la cual una bella y atractiva funcionaria caníbal devoró a decenas de hombres. Pero eso es otra historia. Leyendas sin confirmar en la práctica. En aquel instante, se utilizaba la base como punto de concentración para cargar a todos los desterrados en las naves que les trasportarían a Arcadia.

En el puente de mando del ISS (Imperial Space Ship) Vancouver, el duque de Clamber observaba como invitado en la nave, las operaciones que estaban siendo supervisadas por el capitán Peter Perckins, al mando de aquel buque, y de la flota encargada del éxodo.

— ¿Se aburre duque? —pregunto con cierta sorna el capitán.

—Le pediría que me llamara excelencia si no le importa —le respondió con insolencia.

—No tendré ningún inconveniente en darle ese tratamiento cuando lleguemos a Arcadia, sin embargo, por el momento, y mientras usted sea un pasajero en mi nave, confórmese con que le llame duque, ¿O prefiere que le llame señor Jager? —interpuso arrogante Peter.

James Montgomery Jager calló, no era conveniente replicar al capitán en ese instante, su momento de gracia llegaría pronto, en pocos días y tras algunos saltos estelares estaría en su nuevo reino con sus súbditos. “¿Por qué no me han otorgado el tratamiento de virrey en lugar de gobernador? Este decadente emperador no valora los formalismos —pensó”.

—Capitán a flota éxodo, comunicación de inicio de maniobras, quiero todas las naves en formación inmediatamente. —ordenó a través del intercomunicador el capitán a todos los navíos.

El viaje comenzaba. Pronto se poblaría ese nuevo mundo. James Montgomery Jager descorchaba una botella de champan en su lujoso camarote, mientras en ese mismo segundo, en una sucia bodega en las entrañas de la nave, muchos desterrados consumían pan duro y agua. Entre todos ellos se encontraba el excapitán John Maller.