viernes, 14 de agosto de 2015

La apuesta



Noche de futbol, el esperado Derby enfrentaría a los dos equipos de Capital City.

— Lo vemos en mi casa —dijo Jeremías.

Pedro aceptó encantado. Una excelente cena preparada por Marta la mujer de Jeremías, y el placer de restregarle en la cara a su amigo la victoria de su equipo, no se podía rechazar.

El partido comenzó sin retraso.

—Marta, ¿Nos traes unas cervezas? —pidió su marido.

Ella odiaba el futbol, y a Jeremías cuando se ponía en plan hincha. Estaba deseando que terminase el encuentro e irse a la cama. En realidad ni se había arreglado para esa velada, vestía un simple camisón que dejaba a la vista sus bellos atributos femeninos. Aunque, no mostraba nada de su cuerpo que Pedro no hubiese visto anteriormente en la playa.

— En el descanso el Real Estatal ya le habrá marcado tres goles al Futbol Club Capital

—dijo Pedro.

Jeremías reía, quiso ponerle emoción al partido.

—¿Nos jugamos las motos? —preguntó.

Ambos sentían devoción por sus motocicletas, las niñas de sus ojos. Estaba tan convencido de ganarla, que quiso añadirle más emoción al juego.

—Y pasar una noche con mi mujer si quieres —dijo Jeremías.

Pedro y Marta se quedaron boquiabiertos. Marta se sintió indignada, sin embargo una ola de calor recorrió su cuerpo. Siempre había encontrado a Pedro muy atractivo.

— Por mi bien, mi moto contra tu mujer —dijo mientras lanzaba una picara mirada a Marta.

Ella se sonrojó, que la estuviesen tratando como un objeto era intolerable, pero muy morboso. Sintió un escalofrió al devolverle la mirada.

El encuentro continuaba cero a cero en el minuto cuarenta. Pero algo inesperado sucedió, el delantero del Estatal marco un gol desde el medio campo. Los gritos y los aplausos de Pedro molestaron a Jeremías.

“Bueno, pero no pueden marcar dos goles más en cinco minutos —pensó”.

Estaba muy equivocado, tras un penalti y un lanzamiento de falta, la primera parte finalizó con tres goles a favor del Real Estatal.

Jeremías pensó que todo acabaría en una broma, que Marta nunca accedería, “Es tan decente —se dijo”.

Pero lo que vio le sorprendió. Ella se acercó a pedro, y agarrando su mano la introdujo bajo su camisón, acercándola a su sexo, al mismo tiempo que lo besaba apasionadamente.

— Joder Jeremías, está muy mojada —dijo completamente excitado.

Ella introdujo sus manos dentro del pantalón de Pedro que ya tenía una gran erección.

—Ummm, que grande, hacía tiempo que no tenía una así para mi sola —le susurro Marta a su marido al oído.

Jeremías no podía creérselo, estaba completamente desconcertado, ni siquiera se había dado cuenta que la segunda parte había comenzado.

Marta cogió de la mano a Pedro y se lo llevó a su dormitorio.

—Cuando escuches gritar a Pedro no te preocupes, no será porque su equipo haya marcado goles. Por cierto vete a comprar tabaco que no hay. Aunque tú no lo sepas, me gusta fumar después de un buen polvo —.



FIN.


Relato presentado en:

 CONCURSO FANTASÍAS TEXTUALES



http://elcirculodeescritores.blogspot.com.es/2015/08/concurso-de-relatos-eroticos-fantasias.html



 http://elcirculodeescritores.blogspot.com.es/

miércoles, 12 de agosto de 2015

Desahucio



Cinco mil euros eran los causantes de que Celia tuviese que dormir en la calle.

¿Quién se lo iba a decir sesenta años atrás? Ella y Juan, su marido, alquilaron un pequeño pisito en Barcelona, donde compartir su amor y un futuro juntos. A finales de los años cincuenta del siglo XX, abandonaron su Córdoba natal en busca de un lugar donde labrarse un porvenir, una tierra donde existiesen oportunidades para progresar. El destino les llevó a Cataluña como a miles de emigrantes andaluces durante aquella década y la siguiente.

Juan encontró un trabajo de conserje en una escuela, y Celia cosía en casa encargos para varias tiendas de ropa. No es que ganaran una fortuna, pero conseguían sacar adelante a sus tres hijos dándoles una vida digna.

A principios de los años ochenta, gracias a su carácter ahorrador, consiguieron comprar el piso donde vivían de alquiler. “Así podremos dejarles algo a nuestros hijos —pensaban”.

Manuel, Inés y Carlos eran sus tres hijos, todos fueron criados, y educados para ser alguien en la vida. Costearon sus estudios con gran sufrimiento económico, pero para ellos, sus hijos eran lo primero.

Inés murió en un accidente de motocicleta cuando contaba tan solo dieciocho años, ese suceso sesgo sus vidas. En realidad Juan, nunca llego a recuperarse. Murió quince años más tarde debido a un cáncer de pulmón, y a que no quiso luchar más por una vida sin su pequeña Inés.

Celia se continuaba esforzando por mantener a su familia a flote, la minúscula paga de viudedad y el aumento de las horas dedicadas a coser encargos le llegaban a duras penas, pero ella nunca perdió la sonrisa, se lo debía a sus dos hijos Manuel y Carlos.

Manuel era un chico estudioso, y entró como botones en un importante banco de la ciudad. Pero Carlos seria su perdición. El mundo de las drogas le absorbió, se volvió un pelele sin futuro, rodeado siempre de malas compañías.

—Mama, necesitaría que me avalaras para pedir un crédito, tengo un negocio que no puede fallar —le dijo.

Ella lo hizo sin dudar, estaba segura de que Carlos sentaría la cabeza cuando tuviese que estar al frente de un negocio.

Lo malo es que ese negocio eran cinco días de fiesta con prostitutas en un apartamento de Salou.

Celia se quedó sin trabajo, debido a que nuevos emigrantes cosían más rápido, y más barato que ella. Debía mantenerse con la pequeña paga que le quedada, y hacer frente al pago del crédito de su hijo.

Como no podía ser de otro modo, al fin tuvo que dejar de pagar el maldito préstamo, y la orden de desahucio del piso llegó. No consiguió hacer frente a la deuda. Hizo una pequeña maleta con los pocos recuerdos que le quedaban, y abandonó su casa.

La noche era fría, y el banco del parque estaba húmedo, no obstante, los periódicos que encontró para taparse estaban secos. “No todo va a ser malo hoy —se dijo”.

Celia sonrió ante la adversidad como siempre. Aún tenía un motivo de orgullo en esta vida. Su hijo Manolo estaba bien colocado, y llegaría muy alto.


—Felicidades, Manuel Castro, que usted haya sido capaz de ejecutar el desahucio de su madre, le augura un gran porvenir en este banco —le decía el director de zona mientras ambos brindaban con gin-tonics.