viernes, 30 de octubre de 2015

Luz en el lado oscuro - Capítulo IX


      “Entonces levanté los ojos y vi, y, pues aquí venían saliendo dos mujeres, y había viento en sus alas. Y tenían alas como las alas de la cigüeña. Y gradualmente levantaron el efá entre la tierra y los cielos” (Zacarías 5:9)


     Una bella mujer bajó de su New Beetle, después de aparcarlo en la plaza Abad Oliba. El sol brillaba con fuerza, era un buen día para los turistas que tomaban fotos de la basílica. Algunos cambiaron su objetivo para robarle una foto a ella. Su larga cabellera rubia, su llamativo vestido de Carolina Herrera que mostraba unas preciosas piernas, y sus zapatos Manolo Blahnik, hacían imposible no rendirse a su irresistible aura.

     Andrés y Gabriel planificaban dentro de la sala de la orden, el método para acercarse a Luzbel. Según sus últimas informaciones estaba alojado junto a sus secuaces en el pabellón Mies Van der Rohe.

     —Conocemos el objetivo, ¿No bastaría con intentar protegerlo? —preguntó Andrés.

     —En realidad no, esta vez no quiero errores. Si logramos sabotear sus planes, es posible que no lleguen ni a acercarse demasiado al Cardenal. No quiero esperar al último día, por eso necesito que los vigiles de cerca —respondió Gabriel.

     La puerta se abrió y la llamativa mujer se dirigió sonriendo hacia donde estaban ellos. Andrés al observarla, sintió que su corazón le daba un vuelco. Ciertamente había tomado voto de castidad, pero no por ello dejaba de ser un hombre. No sentir un sofoco ante la presencia de esa divinidad, no sería humano.

     Gabriel le devolvió la sonrisa mientras la invitaba a sentarse en un sillón situado frente a ellos. El modo de sentarse, y su posterior cruce de piernas, que dejó a la vista parte de unos duros y morenos muslos, provocó de nuevo una inevitable reacción humana en Andrés. Acrecentada por la intensa mirada de esos ojos azules resplandecientes.

     “Es un ángel — pensó en su interior, sin darse cuenta de la literalidad de sus pensamientos”.

     —Así es apreciado amigo —dijo Gabriel tras leerle la mente, y sin poner demasiado énfasis en la palabra amigo.

     Gabriel impulsó su cuerpo hacia adelante apoyando sus manos en las rodillas, para adoptar una imagen de cordialidad.

     —Andrés, te presento a Cassiel. Como has adivinado es un ángel. Ella es la regente del séptimo cielo, el hogar de las almas contemplativas—.

     Andrés pensó rápidamente en la descripción del séptimo cielo que Dante hizo en su obra la Divina Comedia. Empezó a odiarlo, por no haberle advertido de lo más hermoso que habitaba en ese lugar.

     —Muchas Gracias por el alago —respondió Cassiel al tiempo que le ofrecía su mano de largos dedos y uñas pintadas con un maravilloso color rojo.

     Andrés tomó su mano para saludarla y sintió un cosquillo al notar aquel el fino tacto, al tiempo que respiraba un indescriptible aroma. Ciertamente no tenía absolutamente nada en común con Gabriel. Sin embargo pese a esa agradable sensación, empezó a sentir un cierto fastidio a que todos los ángeles intensasen leer su mente. “Debería buscar la forma de cerrarles las puertas —pensó”.



     “Entonces hubo guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Y el dragón y sus ángeles lucharon.” (Apocalipsis 12:7)



     Era el último día del Abaddon, la gran batalla celestial, en la que los sublevados estaban cerca de conseguir el triunfo. Sin embargo, después de la gran carga de los arcángeles Vehuiah, Jverathel y Adar, sobre las tropas de Sirael, todo el flanco derecho quedo destrozado. Eso fue el inicio del fin para las huestes de Luzbel, que viendo como la derrota era cuestión de horas, corrió hacia la retaguardia con el fin de replegar sus tropas y solicitar un armisticio.

     Luzbel y Agares fueron interceptados por dos ángeles, Gabriel y Cassiel. Las espadas volvieron a emitir la música de las batallas, el tintineo de los metales al golpearse.

     Cassiel estaba pletórica de fuerza, su cabellera rubia manchada de sangre de otros ángeles cubría su cara. Con un lance certero desarmo a Agares, cuya espada salió disparada hacia el infinito. Cassiel lo observó desarmado, ofreciéndole su pecho para que lo atravesara y así poner fin a esta locura.

     Agares entendía a Luzbel, por eso se había unido a los sublevados. Pero luchar contra su amada Cassiel no estaba dentro de sus planes, nunca se lo planteó. En realidad pasara lo que pasara en ningún momento haría daño a Cassiel, por eso dejo que ella le desarmara con ese golpe y lo matara.

     —Clávame la espada Cassiel —dijo Agares mirándola directamente a ese océano azul que eran sus ojos.

     Cassiel no podía. Ella también le había amado desde los inicios de la eternidad. Bajó su espada, y agarrándole con sus manos la cabeza le besó con sus labios rojos.

     —Escapa, no sé a dónde, pero escapa mi amor —le dijo ella.

     Gabriel observo la escena mientras luchaba con Luzbel, al que con un golpe traidor en el costado había enviado ladera abajo. Aprovecho ese instante para correr con su espada en alto hacia Agares que permanecía inmóvil viendo como se le venía encima. Estaba demasiado agotado para continuar luchando.

     Pero Cassiel no iba a permitir que le hiciesen daño. Se interpuso en su camino cubriendo el cuerpo de Agares del ataque de Gabriel. Su espada golpeo con tanta fuerza y rabia la espada de este, que se hizo añicos, dejándole indefenso ante Luzbel que había vuelto a subir a la colina con la intención de dar muerte a Gabriel.

     —No, déjalo por favor hermano —le rogó Cassiel.

     Ya había habido demasiadas muertes. El fin de la guerra había llegado, cualquier acto bélico nuevo sería totalmente gratuito. Luzbel lo miró, ciertamente lo había amado antes de descubrir cómo era en realidad. Por ese motivo bajó su espada mientras observó llegar a Yahveh. Comprendió que estaba a punto de conocer su condena.





     —Bien, ¿Cuál es el plan? —preguntó Cassiel mientras miraba fijamente a Andrés.

     —Veamos, sé que ahora son cuatro. Luzbel, Belial, Leviatán y Agares. Parece que esta vez quieren disfrutar de la ofensa a Yahveh todos ellos. Conozco tus sentimientos hacia Agares, y sé que no querrás causarle mal. A mi francamente eso me da absolutamente igual, Pero esta vez quiero la cabeza de Luzbel para ofrecérsela en un plato a nuestro Dios. Andrés podrá encargarse de evitar el crimen sobre el cardenal, pero te necesito a ti para qué mates a Luzbel —le respondió Gabriel.

     Andrés era consciente que estaba en medio de una batalla que no le concernía. Si bien era cierto que había tomado los hábitos y ahora era un servidor de la Iglesia, también lo era que no deseaba intervenir en los asuntos personales de ángeles y demonios. En todo caso tampoco tenía opciones, desde el inicio de toda esta aventura nadie le había pedido nada, simplemente se lo habían ordenado.

     —Sera mejor que os marchéis los dos a vigilar que están haciendo —dijo Gabriel.

     Cassiel se levantó y se dirigió hacia Andrés mientras con sus manos alisaba la falda de su vestido corto, bajándola un poco hacia sus preciosas rodillas. Él también se levantó y esperó en silencio hasta que ella quedó a tan solo medio paso de distancia, momento en el que le quitó el alzacuellos a Andrés.

     —Cielo, no pretenderás ir conmigo con esta pinta ¿verdad? —le susurró al oído.

     El cálido aliento en su oído, y el suave roce del cabello de Cassiel en su mejilla, provocó de nuevo un sofoco en Andrés. Era plenamente consciente que una sola palabra suya bastaría para que el rompiera el juramento de celibato.

     Salieron juntos desde la basílica a la plaza donde ella tenía aparcado su vehículo. No estaban a salvo de las miradas de los turistas que allí se encontraban, ya que tanto ella como el parecían dos modelos dirigiéndose hacia la pasarela de una prestigiosa feria de moda.

     Realmente el simple efecto de no llevar alzacuellos cambiaba radicalmente el aspecto de Andrés, cosa que ciertamente también le agradaba a él.

     Una furgoneta estaba aparcada junto al new beetle de Cassiel. Estaban descargando una gran vidriera posiblemente para reponerla en alguna estancia del monasterio. Ella se quedó observando el cristal detenidamente como esperando algo, una cosa que llevaba siglos esperando que ocurriera.

     Cada vez que ella vagaba por la tierra y estaba frente a un cristal, esperaba encontrar a su amado. Agares tenía la facultad de transportarse a través del limbo y materializarse en algún cristal. Su imagen se formaba poco a poco, desde un simple punto hasta convertirse en una imagen translucida y posteriormente formarse totalmente dando el paso al mundo real.

     Pero como siempre, eso no ocurrió, el cristal permaneció limpio y puro, ningún demonio surgió de él, muy a su pesar.

     El recuerdo de Agares le dio una idea, saco de su bolso un foulard de color burdeos, y volviéndose hacia Andrés se lo colocó delicadamente en el cuello.

     —Es un pequeño complemento que siempre me ha parecido muy interesante en un hombre —le dijo.

     —¿En un hombre en concreto? —preguntó Andrés.

     No había leído su mente. Cassiel le imponía demasiado, pero si había captado sensaciones y vibraciones.

     —En un amor de hace siglos —respondió ella mientras abría las puertas de su coche con su mando a distancia.

     Ambos subieron el vehículo. Cassiel condujo en silencio hasta llegar a Barcelona. Aparcó cerca del pabellón Mies Van der Rohe, para observar desde la distancia a los cuatro demonios.

     Estaba allí. Ver de nuevo la figura y el pelo plateado de Agares, provocó un ligero temblor de rodillas en Cassiel.

     Andrés justo al lado observó esa pequeña actitud en ella que la hacía más humana, pese a ser desde todos los puntos de vista un ser divino. “Que diferente era de Gabriel —pensó”.

     —Cassiel, ¿Cómo es el? —preguntó.

     —¿Cómo es quién? —dijo ella.

     —¿Cómo es Dios? —le aclaró Andrés.

     Ella le lanzo una mirada cargada de ternura, amor, y afecto. Sonriendo le respondió:

     —Cielo, no sé cómo hacértelo entender en una sola frase, digamos que es alguien a quien no le gusta que le lleven la contraria—.




Continuara...





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jueves, 29 de octubre de 2015

Luz en el lado oscuro - Capítulo VIII


“Entonces saliendo los Fariseos, tomaron consejo con los Herodianos contra él, para matarle.” (Marcos 3:6: 6)

Sentado en una silla Barcelona, abstraído en sus pensamientos, Luck disfrutaba de aquella temporal morada. Siempre que visitaba Barcelona, le encantaba alquilar el pabellón Mies Van Der Rohe. Era un lugar de concurrencia publica, pero teniendo los contactos adecuados con la fundación, no era difícil disponer de el para un uso particular, y huelga decirlo, Luck tenía contactos hasta en lo más profundo del infierno.

Situado en las faldas de la montaña de Montjuic, el pabellón era una reproducción del que diseñó en el año 1929 Mies Van Der Rohe para la exposición internacional. El bueno de Mies, como había disfrutado Luck de su compañía durante los inicios de su primer estudio en el año 1912. Estaba enamorado de sus proyectos e ideas, y vivieron juntos hasta que Mies tuvo que abandonar Alemania en 1937 por la ascensión al poder de los nacional socialistas.

Fue una época maravillosa, disfrutando de las ideas de la bauhaus. Siempre acompañados ambos por Frank Junges, hermano de Luck y enamorado también de la Alemania de principios de siglo.


El pabellón estaba en silencio, nada perturbaba la calma del lugar. Luck giró la cabeza hacia su izquierda observó la pared de cristal. Limpia e imperturbable si no fuese porque una figura translucida se estaba formando en ella. Luck sonrió mirando a su hermano Agares, el gran Duque de los infiernos. Capaz de crear terremotos, hablar lenguas olvidadas, y alcanzar a cualquier fugitivo.

La imagen empezaba a tomar forma en el cristal, materializándose segundo a segundo. Luck pudo observarlo, con su cabello color plata, como la preciosa ceniza de los infiernos. Siempre bien peinado, ataviado con su foulard al cuello, y su impecable americana gris.

Luck se levantó, y si dirigió hacia él.

—Agares, cuanto te he echado de menos —le dijo.

Se abrazaron, hacía muchos años que no se encontraban, desde los tiempos en que compartieron su vida con Mies.

Frank emigró junto al arquitecto a Estados Unidos, donde le acompaño hasta su muerte en 1969. Después como muchos de los ángeles caídos continúo su camino y vida de contemplación terrenal, disfrutando de los placeres de la vida. Ciertamente hacia cuarenta años que no veía a su hermano Luzbel, y no quería perderse unos días de acción que se mostraban prometedores.

—No te había visto desde que te fuiste con Mies a Chicago, te perdiste la ofrenda de Auschwitz —le recriminó Luck.

Agares, calló, no era amante de las excusas. Con su mirada explicó lo mucho que había disfrutado esos años. Contrariamente a lo que piensa la gente, los diablos no vagan por la tierra sembrando el mal, si no que se recrean con libertad con los placeres, comida, bebida, mujeres u hombres si fuese el caso. Pero siempre disfrutando de todo ello en beneficio propio, sin hacer mal a ningún ser vivo, a no ser que fuese necesario.

Se sentaron esperando la llegada de Belial y Leviatán, para ser informados del objetivo del presente a Yahveh, y trazar el plan para llevarlo a cabo.


“Entonces salió Lot y habló a sus yernos, los que habían de tomar sus hijas, y les dijo: Levantaos, salid de este lugar; porque Jehová va a destruir esta ciudad. Mas pareció a sus yernos como que se burlaba.” (Génesis 19)

Lot estaba sentado frente a su casa a las puertas de Sodoma, cuando vio llegar a dos arcángeles Miguel y Gabriel, reconociéndolos se levantó y les dijo:

—Sería un honor para mí que os hospedaseis en mi casa esta noche—.

—No, ya que esta noche tenemos que realizar la voluntad de Yahveh en las calles de este pueblo —le contestó Gabriel.

Lot como hombre temeroso de Dios no quiso contrariarlos. Sin embargo insistió, ya que quería ofrecer lo poco que tenía a los enviados de Yahveh. Más por curiosidad ellos decidieron acompañarlo, y se dirigieron juntos a su casa.

Los ángeles a diferencia de los demonios no suelen recrearse en los placeres que nos ofrece el mundo, más bien al contrario. Desprecian todo lo que esté relacionado con la existencia de los mortales, sin embargo, esa noche disfrutaron de una excelente cena, tomándola como una ofrenda a su divinidad, cosa que les producía un inmenso placer.

Gracias a los cotilleos de Parnas, el más ilustre borracho de Sodoma, saltando de puerta en puerta y comentando la visita de dos extraños, la gente empezó a sentir curiosidad, agolpándose en la entrada de la casa de Lot.

El temió por sus vidas, y como no quería ofender a Yahveh, pidió a la gente de Sodoma que se marchasen, sin ningún resultado, ya que el populacho que cada vez era más numeroso exigía ver a los arcángeles.

Lot ofreció a sus dos hijas vírgenes a la multitud a cambio de que dejaran en paz a los mensajeros de Yahveh.

Sin embargo, eso no pareció calmarlos, ya que después de disfrutar de ellas, empezaron a acercarse a la casa aún más, formando una avalancha. Lot cerró y aseguro las puertas temblando por lo que estaba viendo.

Gabriel, sintiendo un poco de gratitud por Lot le dijo:

—Venimos a destruir la ciudad, y como veo que adoras a Yahveh, te daré una sola oportunidad. Coge a tus hijos e hijas, y todo lo que tengas y sácalo de este lugar—.

Lot no dudó un instante en obedecer a los arcángeles, conocedor de que en horas la ciudad dejaría de existir.

Gabriel parecía excitado con este juego. Implantar el terror en los corazones humanos, era sumamente delicioso para él.

—No miréis atrás pase lo que pase —les advirtió.

Yahveh lanzo su furia sobre Sodoma al mismo tiempo que sobre Gomorra. Escupiendo azufre y fuego, quemando vivos a malhechores, borrachos e impíos, pero también sobre miles de niños y mujeres indefensas que su único pecado había sido no adorarle.

Gabriel y Miguel sonreían al ver y al escuchar los gritos de los moribundos mientras suplicaban clemencia. “Que patéticos son estos mortales —pensó Gabriel, mientras devolvía al fuego a una niña de ocho años que había conseguido escapar”.

Al escuchar los gritos de la niña, Sara la mujer de Lot se giró para ver si podía ayudarla. Miguel advirtió a Gabriel que esta le había desobedecido. Con la rapidez de un rayo empuño su espada y golpeo con fuerza la cabeza de Sara destrozándola en pedazos que caían al suelo igual que su sangre.

Los ángeles no podían hacer daño mortal a los humanos, pero esa noche Yahveh borracho de ira le permitió hacerlo en su nombre.

Lot asustado al ver la escena se hinco de rodillas implorando clemencia a los arcángeles. Gabriel se dirigió a él con su espada en alto, pero Miguel se apiado de Lot e impidió que lo matara.

Miguel y Gabriel se marcharon. Del mismo modo lo hizo Lot dejando el cadáver de su mujer a sus espaldas.

Del fuego salió una sombra. Era Agares, el Duque de los infiernos. Su cabello era más plateado que nunca debido a que caían sobre él las cenizas de la ciudad y de los cuerpos quemados. Sara había sido su amante a espaldas de Lot. Su miserable marido que había sido incapaz de defenderla.

Agares miro el cuerpo destrozado de Sara, al tiempo que soltando una lágrima sobre ella vio cómo se convertía en estatua de sal. Juró por lo más profundo de los infiernos dar muerte a Lot, y a Gabriel.


“Mía es la venganza y la paga, a su tiempo su pie vacilará; porque el día de su aflicción está cercano, y lo que les está preparado se apresura.” (Deuteronomio 32:35)

Una limousine de color negro aparcó en el césped frente al pabellón. La puerta se abrió y por ella salieron Belial y Leviatán.

Luck y Agares les observaban desde el interior.

Belial giró la mirada y vio a Agares, que le saludaba gritando.

—Maldito demonio de pelo blanco—.

Leviatán también se percató de su presencia y corrió tras Belial para fundirse los tres en un interminable abrazo.

—Cuéntame, no sabíamos nada de ti, ¿has venido a ayudarnos esta vez? —le preguntó Belial.

—Sí, tengo antojos de acción, y por otra parte muchas ganas de ajustar una cuenta pendiente con Gabriel —respondió.

Todos sabían de qué hablaba. Del despiadado espectáculo que habían cometido Yahveh y sus secuaces, masacrando a dos poblaciones enteras. Curiosamente el único ángel que había derramado una lágrima esa noche había sido Agares, y sarcásticamente a él le llamaban demonio.

Pasaron dentro del pabellón. Se sentaron y Belial ofreció a Luck una carpeta de color marrón que contenía informes sobre las actividades tanto del Cardenal Barrientos como del Padre Cifuentes. También aportaban fotos de los actos cometidos y de los puntos de localización.

Todos estos datos eran irrelevantes, ya que como ángeles no necesitaban de pruebas humanas para llegar a conclusiones, Sin embargo Belial era así de meticuloso, le gustaba actuar en la tierra como un mortal.

—Si un día clausuramos el infierno y buscamos trabajo en este mundo, creo que podrás entrar sin problemas en la interpol —bromeó Luck.

—Hermanos, la noche es joven y la sangre caliente. Tengo una sorpresita para vosotros —dijo Leviatán haciendo un gesto al conductor de la Limousine. Este abrió la puerta y bajaron 6 preciosas jóvenes que se dirigían hacia ellos con la más radiante de las sonrisas.

—Bueno, pues vamos a disfrutar del pabellón y de la compañía —dijo Luck.

—Solo una cosa, ¿El expediente de Belial lo enviamos a la policía, o hacemos justicia nosotros? —añadió Leviatán mirando burlonamente a Belial.

El silencio de la noche en Montjuic se vio interrumpido por la sonora carcajada de cuatro demonios.




Continuara...





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miércoles, 28 de octubre de 2015

Luz en el lado oscuro - Capítulo VII


“Y fue dado aviso al rey de Jericó, diciendo: He aquí que hombres de los hijos de Israel han venido aquí esta noche para espiar la tierra.” (Josué 2:2) 

Era noche oscura en Barcelona. El barrio de Sarriá permanecía tranquilo y silencioso a aquellas altas horas de la madrugada.

Belial y Leviatán bajaban por la calle Granados sin advertir que dos sombras les seguían a cien metros de distancia. Dos monjes de los Pridetti, que gracias a indicaciones de Gabriel tenían localizados desde hacía tres días a la pareja de demonios.

Al llegar a la calle del General Vives, giraron a su izquierda buscando el número veintinueve, lugar donde vivían la víctima y el ejecutor. Frente a aquella morada se quedaron impresionados por la belleza del lugar. Un palacete modernista de inspiración arabizante, obra de Joan Rubio i Bellvé en 1901. La piedra y el ladrillo ya centenarios continuaban conservando todo su esplendor. Ambos pensaron sobre las paradojas de la vida. “¿Cómo era posible que un lugar tan hermoso sirviese de morada a unas almas tan sucias?”

Los monjes se detuvieron a muy poca distancia, parapetados tras una furgoneta de color blanco.

—¿Puede leer sus mentes Padre Dalmau? —preguntó Antonio Navarro, un monje de cuarenta y cinco años natural de Pontevedra que llevaba en la orden desde 1996.

—Lo estoy intentando, pero necesito que se calle —exclamó Andrés procurando con todas sus fuerzas penetrar en la mente de Belial.

El monje Antonio apuntaba todo lo acontecido en su libreta Moleskine. No quería perder ningún detalle que narrar a Gabriel. Pese a estar en el mismo bando, no deseaba sufrir su ira ante un trabajo mal realizado.

El palacete era la residencia del Cardenal Román Barrientos, que llevaba en el cargo quince años. Gestionando la Archidiócesis de Barcelona, la sede provincial de Cáritas, y ejerciendo también de máximo responsable de los fondos comunitarios frente al Instituto para las Obras de Religión, lo que popularmente se conoce como Banco de Vaticano.

El Cardenal era un hombre de sesenta años, un metro sesenta y ocho centímetros de estatura, y noventa kilos de peso. Aderezado con una reluciente y bien abrillantada Calva. Su carácter pecaba de nervioso e impulsivo debido a la dedicación constante a sus labores, y a las que no lo eran.

El secretario a su servicio, Alberto Cifuentes, era quince años más joven que él. Los mismos que llevaba a su servicio. Su figura esquelética debido al metro setenta centímetros de estatura y tan solo cincuenta y cinco kilos, que le conferían un aspecto mortecino. Algo que tal vez podría desagradar a quien lo observara, pero que no tenía importancia para el Cardenal, ya que lo único que le interesaba de él, era su excelente don para las materias contables. Facultad muy útil para poder ocultar sin dejar rastro suculentas quitas al Archidiocesado en beneficio de su señor.

—Creo que tenemos a nuestro candidato —dijo Belial.

—Efectivamente. El Cardenal merece ser nuestro objetivo, además tenemos suerte de la relación con su secretario, podría ser nuestra arma ejecutora —contestó Leviatán.

Ambos habían investigado y conocían sus actividades mafiosas en el ejercicio de su cargo. Como derivaba las ayudas alimenticias que recibían en Cáritas, desviándolas a cambio de suculentas comisiones en el mercado negro del norte de áfrica, donde esos productos de primera necesidad podían alcanzar altos precios. No sentía ningún remordimiento por sus actos. Al fin y al cabo no comer era muy saludable para la gente pobre y necesitada de su comunidad, ya que de ese modo, no sufrirían de sobrepeso. En cuanto a los fondos que solicitaba al banco Vaticano para realizar acciones en su Archidiócesis, gracias a Alberto Cifuentes gran parte de ellos aparecían en anónimas cuentas bancarias suizas.

—Por mi parte está decidido —dijo Leviatán mirando fijamente a Belial.

—Debemos reunirnos con Luzbel para consensuar los detalles del plan. Voy a tomar unas fotografías del lugar para añadirlas al informe —afirmó Belial al tiempo que con su Nikon apuntaba al palacete.



Andrés miró al monje Antonio. Continuaba ensimismado tomando apuntes en su libreta. Apuntes que por otro lado, no entendía Andrés que utilidad podrían tener.

—Creo que ya sé quién será el objetivo —exclamó.

—¿Qué? —preguntó el monje levantando su mirada de la libreta como si hubiese despertado de un sueño profundo.

Andrés lo observó y comprendió lo absurdo de explicarle nada. Solo hubiese sido una pérdida de tiempo.

—Marchemos a Montserrat, debo reunirme con Gabriel—.

El monje asintió sin poner ninguna objeción. Volvieron ambos en busca del coche aparcado al principio de la calle Granados, intentando ser sigilosos, y no alertar de su presencia a los demonios.



Cuando Barrientos fue nombrado Cardenal, descubrió la enorme cantidad de toneladas de productos alimenticios que gestionaba Cáritas anualmente. Descubrió el innumerable tesoro en que se podrían convertir si fuesen manipuladas por las manos adecuadas. Lo único que le frenaba, era su inutilidad para poder justificar quitas contables.

Sin embargo la divina providencia siempre había estado del lado de los poderosos. Por un modo casual y en una visita a la parroquia del Bon Pastor, el padre Cifuentes que ejercía de párroco le rogo que le escuchara en confesión.

Le fue narrando sus pecados, cosa que aburría sobremanera al Cardenal, hasta que algo despertó su interés. La adicción de Alberto al hachís. “Estupendo, no me interesa absolutamente sus pecados, pero si haber encontrado el punto flaco de este infeliz —se dijo”.



El padre Alberto Cifuentes dejó la parroquia del Bon Pastor, para tomar el cargo de secretario personal del Cardenal. Su titulación en económicas por la universidad de Barcelona fue un punto más a su favor. Encontrar una persona con conocimientos económicos, adicta a las drogas y totalmente sumiso al poder directo era un regalo del cielo.

El cardenal le ordenó que le explicara quien era su contacto suministrador de hachís. Alberto le confesó que se lo proporcionaba un capo de una banda de marroquíes llamado Abbas El Mansouri, natural de un pueblo del noroeste de Marruecos conocido con el nombre de Chefchaoun. Era un poblado productor y él controlaba una red que traía la droga a España entrando por el puerto de Barcelona. Sin embargo Abbas pese a ser una persona muy ambiciosa todavía era un dirigente de poca monta.

Eso no importo al Cardenal una de sus verdaderas virtudes era la paciencia. Robar y enriquecerse eran placeres que se debían saborear lentamente y paladeándolos.

Gracias a las amistades en el submundo de Abbas El Mansouri, la experiencia contable de Alberto Cifuentes, y los contactos a todos los niveles que tenía un Cardenal de la Archidiócesis de Barcelona, crear un pequeño imperio era como coser y cantar.

Así que año tras año, el padre Cifuentes contabilizaba como excedentes caducados los kilos de alimentos que entregaba a Abbas. Este los transportaba a Marruecos para ser vendidos en el mercado negro. Productos que en España eran de uso común alcanzaban un valor de primera categoría en el norte de África.

Total, eran donaciones que las personas hacían en concepto de diezmo para salvar su alma, y Dios lo aceptaba como tal, así que ¿Por qué tendrían que disfrutar de ellos los indigentes? Escoria y estorbo de esta sociedad. Gente sucia y necesitada. ¿De verdad pretendían entrar así en el reino de los cielos?

Por otra parte, aprovechando la gran producción de Hachís en Chefchaouen, Abbas transportaba sin problemas toneladas hasta el puerto de Barcelona, donde gracias a que por orden del Cardenal la policía portuaria miraba hacia otro lado, en poco tiempo la mercancía se distribuía en las calles.

Cifuentes también colaboraba haciendo desaparecer algunas aportaciones del Banco del Vaticano, realizando facturas falsas de reformas, trabajos de restauración, y de jardinería.

Toda esta fuente de ingresos terminaba en una cuenta numerada en Suiza, controlada por el Cardenal, después de liquidar el treinta por ciento que le correspondía a Abbas El Mansouri.

Alberto Cifuentes no recibía dinero a cambio. Tan solo todo el hachís que quería, y por supuesto, el perdón en confesión de su amadísimo Cardenal que le daba con su absolución un ticket de entrada en el paraíso celestial.


“Manténganse libres del amor al dinero, y conténtense con lo que tienen, porque Dios ha dicho: Nunca te dejaré; jamás te abandonaré.” (Hebreos 13:5)

Andrés y el monje andaban a paso ligero. Raudos atravesaron la nave basilical de la basílica de Montserrat, bajaron las escaleras que conducían a la cripta, y abrieron la compuerta que les conducía a la sala de la orden.

—Padre Andrés, ¿Le entrego a Gabriel mi libreta de apuntes? —preguntó el monje.

Nunca entendería quien había captado para la orden a ese anormal, ¿Para qué demonios necesitaban en los Pridetti a gente sin ninguna formación?


—Precisamente necesitamos en ocasiones gente sin formación para que realicen los actos que la gente más ilustrada no osaría hacer —dijo Gabriel al mismo tiempo que se acercaba a ellos levantándose de una butaca.

—¿Te he asustado Andrés? —preguntó Gabriel.

—Bueno, la verdad es que me ha vuelto a sorprender que me respondas a algo que solo he pensado. Tengo que acabar de acostumbrarme a tus intromisiones en mi mente —respondió Andrés.

Con un gesto con la mano ordeno al monje que se retirara, y cogiendo de los hombros a Andrés, cosa que por cierto repugno mucho a ambos, lo acompaño hasta un sillón Chester que se encontraba frente a la chimenea.

—Cuéntame Andrés, ¿Qué tal tu nuevo trabajo de espía? Sabes que podría entrar de nuevo en tu mente, pero prefiero que el esfuerzo lo realices tú, así que habla ya —le pidió Gabriel con sus siempre refinados modales.

Andrés le narró todo lo acontecido esa noche, y su convencimiento de que la víctima seria el Cardenal Román Barreiros.

Gabriel sonrió mirando al cielo.

—Por fin mi Señor, Por fin vamos a evitar que Luzbel se salga con la suya—.

Miró a Andrés observando sus sucios zapatos debido a todo un día recorriendo todo tipo de terrenos. La imagen le asqueó, ¿Cómo pueden ser tan impresentables estos mortales?

Andrés se levantó, lentamente se acercó al oído de Gabriel.

—Voy a mis aposentos a limpiarme los zapatos, y que sepas que eso se hacerlo, igual que leer tus pensamientos —le susurró.

Gabriel se quedó pensativo observando cómo se marchaba Andrés.

“Umm. Tal vez está aprendiendo demasiado rápido”.




Continuara...





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Luz en el lado oscuro - Capítulo VI


“Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras. Entonces le respondió Jesús: Apártate Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo darás culto.” (San Mateo 4,1-11) 


Luck estaba sentado en una mesa del Dry Martini saboreando un Jack Daniels con hielo. El Bar era una preciosidad, clásico, elegante, y decorado en madera. Le recordaba aquellas noches en New York saboreando combinados y coqueteando con camareras durante los años cincuenta, mientras Frank Sinatra las tentaba a “Volar con él”.

“Ven a volar conmigo, vamos a volar, vamos a volar, puedes usar algo de licor exótico, hay un bar a la medida en Bombay, ven a volar conmigo, vamos a volar, vamos a volar, ven a volar conmigo, vamos a flotar en el Perú, en la tierra de la llama dónde la banda es un solo hombre, y hará sonar su flauta para ti” 

El bueno de “Frankie”. Que recuerdos, como había disfrutado Luck de esas fiestas, esas mujeres alegres, y esa música. Esa voz que no podría olvidar aunque pasasen miles de años. Menos mal que en el infierno siempre se podía buscar un momento, y sentarse con Mr. Sinatra para rememorar viejas hazañas y tiempos que ya nunca volverán. Si, efectivamente Frank estaba en el infierno, un lugar donde siempre tenían cabida los hombres de verdad, y las mujeres de bandera.

En ese momento, entró en el Dry Martini Violeta la Burra. Famosa travesti que siempre frecuentaba el local en busca de personas a las que venderles una rosa, o cantarles con un estilo no frecuente de esa época, un cuplé.

Sus miradas se cruzaron, Luck la miró con amor y ternura, y ella le devolvió la mirada con una franca sonrisa lanzándole un beso al aire.

Que bien sabia ella reconocer a la gente. En tan solo un segundo sabía si eran personas de fiar, o individuos despreciables. Precisamente Luck le pareció el hombre más encantador que había visto en su vida, no tan solo por su tez bronceada que resaltaba sus claros ojos verdes, su blanca dentadura, su bien peinada cabellera rubia y su inmaculada vestimenta, sino porque su aura le decía que era alguien viejo pese a su aspecto, con experiencia, conocedor de secretos que harían estremecer al más experimentado de los hombres, pero era un ser de luz, de bondad. No inmaculada, al contrario se trataba de una bondad real, sin hipocresías. Volvió a lanzarle un beso marchándose a una mesa alejada para a continuación pedirles a sus ocupantes que le compraran una rosa.

Saboreando su copa pudo observar como Paco el Barman, ataviado como siempre con su perfecta americana blanca, charlaba con dos clientes. Un ejecutivo de medio pelo, con un traje barato intentando aparentar lo que no era. Y Carolina, una preciosa mujer algo mayor de cuarenta años, que aún conservaba la espléndida belleza de su juventud pese a lo que las arrugas de sus manos y su cuello delataban. Esbelta figura de piernas interminables, con unos bonitos zapatos Christian Louboutin de tacón con suela roja. Una fina falda de tubo negra que dibuja un terso y duro trasero, y una blusa blanca que dejaba entrever unos turgentes pechos. Sin embargo, lo que más atraía a Luck era aquella maravillosa melena pelirroja, el color del infierno.

El infierno que había pasado Carolina al casarse con un empresario de éxito veinticinco años mayor que ella. Un hombre que la trató como un juguete, que le dio todos sus caprichos, le dio una vida de reina, pero no de mujer. Su marido ya no era más que un buen amigo para ella. Por ese motivo estaba en el bar en busca de caza, intentando conseguir un amante ocasional que la hiciese vibrar y chillar de placer. Debía aprovechar el poco tiempo que le quedaba para atraer a los hombres, sin tener que recurrir a usar el dinero de su marido para obtener tan preciada compañía.

Luck la miró con melancolía y pena, pero al mismo tiempo que con un deseo indescriptible. Lástima que en esos momentos no tuviese tiempo para recrearse en los placeres carnales, pues le hubiese gustado poseerla y darle unos recuerdos que ella no hubiese podido olvidar en su vida.

En la mesa de al lado, el bueno de José Luis, el limpiabotas. Sacaba lustro a unos aburridos Sebago de color negro, propiedad de un obeso periodista famoso que lucía un abrumador nudo de corbata mayor que su cabeza. Leía altivo y despreocupado las páginas de contactos de La Vanguardia, en busca de alguna jovencita rumana que saciara su apetito de viejo verde ilustrado. Apartó su mirada de esa patética escena para volver a deleitarse con Carolina, ciertamente era una autentica belleza digna de contemplar.

Dos personas entraron por la puerta. Dos imponentes figuras, la primera de largos cabellos rizados como el tizón, y la segunda, un chico rubio que ilumino con sus ojos azules todo el local. Luck sonrió a Belial y Leviatán.

—Sentaros hermanos, disfrutar de una buena copa, dedicarle unos segundos a los placeres terrenales de este Bar. Lo contrario sería un pecado, y ya llevamos varios sobre nuestras conciencias —les dijo sin poder evitar una carcajada.

La mente de Luck viajó a un suceso acontecido siglos atrás.


“Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.” (Mateo 4:4)

Jesús contemplaba el maravilloso desierto obra de su padre, y al mismo tiempo propio. Hacia cuarenta días que no veía a ningún humano, ni ingería comida o líquido. En realidad el no necesitaba nada de este mundo salvo la sumisión de sus criaturas. De pronto, lo vio aparecer, vestido con finas túnicas de seda, Luzbel se acercó a Jesús.

—Hacía tiempo que no nos veíamos —dijo Luzbel.

Jesús le miró con desprecio y rencor, sin embargo Luzbel sabía que detrás de esa mirada había un deseo carnal que intentaba contener.

—Tu eres Dios, ¿Por qué no te apropias del cuerpo de María Magdalena, y sacias ese deseo que leo en tu mirada? —le dijo.

—Escrito está: No sólo de sexo vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios —le dijo Jesús.

Maldito hipócrita pensó Luzbel. A él con esos cuentos de dignidad. ¿Acaso no recordaba cuando visitaba la tierra en aquellos tiempos en que le conocían como Zeus para apropiarse y disfrutar de los tiernos cuerpos de las vírgenes griegas?

—También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios —continuó.

—No eres mi Señor, nunca lo has sido Te consideré como un padre que amaba a sus hijos, y lo que verdaderamente querías es que ellos te amaran a ti, para servirte como siervos, y yo me levanté para no servir a nadie —contestó.

Luzbel respiro profundamente, y volvió a preguntar.

—¿Por qué no deseas desflorar a María Magdalena?—

—Porque ella me ama, es mi sierva, se ha mostrado pura para mí, y así será hasta el fin de los tiempos —le respondió Jesús.

Notó Luzbel que en sus palabras y en su pensamiento había algo que hacía tiempo no observaba en Yahveh. En realidad la amaba, el gran Dios se había enamorado de una mortal, no podía creerlo.

—Apártate de ahí Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor Dios tuyo, y a él sólo servirás—.

Luzbel sonrió. No por las palabras de Jesús, sino porque había trazado un plan. Faltaba tan solo un día para el veinticinco de diciembre, y ese año se cumplirían sesenta y seis desde su última ofrenda. Tal vez no sería necesario derramar sangre, o tal vez sí, pero de una cosa estaba seguro, y es que ese año nadie moriría.


Belial sacó a Luck de sus pensamientos. Habían trazado un plan para la pronta fecha señalada, tenían el objetivo y al mortal que sería su arma. Deseaba con todas sus fuerzas comunicárselo a su hermano.

—Lo tenemos Luck, déjanos unos días más para realizar el seguimiento y te informaremos —dijo Belial.

Luck se levantó y lo beso en los labios al tiempo que apoyaba su mano dulcemente sobre la cabeza de Leviatán, en un gesto de amor.

—Os quiero hermanos, desde el inicio de los tiempos os he amado. La humillación que recibimos de Yahveh será compensada pronto, de igual modo que en otras miles de ocasiones desde que nos expulsaron del reino de los cielos —dijo Luck.

Belial y Leviatán se levantaron de sus asientos, y salieron por la puerta del Dry Martini, llevándose con ellos las miradas de varias mujeres y de algún hombre.


“Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios.” (Lucas 8:1-2)

Luck despreciaba a ese mentiroso de Lucas. María Magdalena era pura, Jesús no había tenido que sacar ningún demonio de su interior, en todo caso solo uno entraría en ella.

“Malditos esbirros que manchasteis el nombre de María Magdalena. Mujer pura y dulce que su único pecado fue dejar de amar a Jesús cuando conoció el verdadero amor. El mío —pensó Luck”



Caía la noche en Cafarnaúm. Detrás de unas palmeras, una sombra observaba una choza en la que dormía María Magdalena. Era una apacible aldea en silencio, donde no más de cien habitantes descansaban en paz.

Luck dejó tras de sí la oscuridad de las sombras y se dirigió hacia la choza. Sin embargo otra figura alta con el cabello rubio y despeinado se interpuso en su camino.

—Detente Luzbel, y arrepiéntete ante Yahveh de tus actos —dijo Gabriel.

—Mira quien tenemos aquí —respondió Luck.

Gabriel estaba tenso, nervioso. No quería volver a fallar a Yahveh, y menos en aquella ocasión que intuía se produciría una ofrenda francamente repugnante.

—No se te ocurra mancillarla Luzbel, ella ama a Jesús —soltó Gabriel como un exabrupto amenazante.

—Mira Gabriel, tal vez deberías entrar conmigo, y disfrutar de la noche. Te aseguro que realizar en grupo lo que estoy dispuesto a hacer, es una de las experiencias más placenteras del mundo —afirmó Luck.

La sola idea asqueó a Gabriel. Ya no solo por la ofensa a Yahveh, sino por lo repulsivo que le resultaba poner la mano encima de una asquerosa hembra humana.

Luck se giró y se dirigió a la entrada. Sabía que Gabriel no podía ir mucho más allá de esas amenazas. Al fin y al cabo, él le había perdonado la vida en el Abaddon, algo que lamentaba profundamente. Dios, como te había amado, sin saber el ser tan despreciable que eras.

La estancia estaba a oscuras, María Magdalena estaba tendida en el lecho, tan solo iluminada parcialmente por la tenue luz de la hoguera. Francamente era una mujer bella, pensó Luck Mientras la observaba. Delgada figura con grandes pechos que se intuían debajo de la túnica. Cabello castaño, rizado y largo, y una boca sensual, de labios grandes, carnosos y húmedos.

Se acercó para sentarse en la cama y acariciar su cabello. Ardía en deseos de poseerla, de hacerla suya, de arrebatársela a Jesús que había despreciado la oportunidad de tenerla y saborear su cuerpo.

María despertó, no comprendía quien era ese ser. Durante un instante quiso levantarse y huir. Llamar a Jesús para que la protegiese. Luck tapó la boca de María con una mano, mientras se acercaba para susurrarle al oído que estuviese tranquila, que él no pretendía hacerle ningún daño.

Esa voz cálida, grave, con fuerza masculina, el contacto de esas manos suaves de dedos largos en sus labios, hicieron que se estremeciera. El miedo dejo paso en su interior al cosquilleo y al calor. Lo miró a los ojos, era el hombre más atractivo que había visto nunca, en realidad mucho más que Jesús, y sus ojos del verde más intenso que se podría encontrar en toda Judea.

Observó su interior, era puro, había Luz. Superior a la que pudiera ver en el interior de cualquier ser que ella hubiese conocido jamas.

—¿Quién eres? —preguntó ella.

—Luzbel para servirte, y poseerte —le respondió.

María recordó lo que le habían contado del diablo. Un ser oscuro, maligno, con forma medio humana y animal, con cuernos y larga cola. Podía jurar por lo más sagrado que el ser que tenía delante podría ser todo menos eso.

Luck besó sus labios, ella mostró una inicial resistencia hasta que rendida los abrió dejando que sus lenguas se unieran disfrutando del placer de sus humedades.

Abrumada María por el deseo y la excitación, dejó caer su cuerpo sobre la cama, mientras Luck le propinaba placeres prohibidos. Él le quitó la túnica, dejando su belleza al descubierto. Sus piernas eran suaves, calientes y temblorosas. Observó como el cuerpo de María se fundía con el suyo, como ella deseaba entregarse a un hombre. No era Jesús, sin embargo comprendió que ese placer solo podría proporcionárselo Luzbel.

El abrió las piernas de ella para unir sus dos sexos. María miró a Luck, presa del deseo, de la furia, pero también amor por el primer hombre que la penetraba.

Horas más tarde, tendidos ambos en el lecho frente a la hoguera, aun se continuaban acariciando y besando.

—Llévame contigo Luzbel —dijo María.

Él sabía que era imposible. En unos años ella sería una vieja con un pie en la tumba, mientras que el cómo ser inmortal continuaría siendo joven, buscando el placer en la tierra, un placer que ella ya no podría proporcionarle.

No dijo nada. Se levantó y antes de llegar a la puerta, se giró para observar a María sobre las sábanas blancas manchadas de sangre. Una sangre que era la virginidad que ella guardaba para Jesús, pero que ahora ya pertenecía a Luck.

Sonrió, miro al cielo para exclamar unas palabras.

—Aquí tienes tu regalo de aniversario Yahveh. La sangre de tu amada, no sangre de muerte, sino sangre de placer. Un placer que estaba reservado para ti, y que yo te he robado—.



Carolina continuaba en la barra del Dry Martini terminándose su copa. Luck se levantó, se dirigió hacia ella, y sin mediar palabra le cogió la mano para besarla.

Ella creyó estar a punto de desmayarse. De tratarse de cualquier otro hombre, hubiese retirado su mano inmediatamente. Luck la estiró para que ella se pusiese en pie, y poder llevarla hasta la puerta. No hizo falta que dijese nada, tanto ella como el sabían perfectamente lo que ocurriría.

Aún quedaban días para terminar el trabajo. Podía parar una noche para disfrutar de esa magnífica pelirroja.

Nunca había sido capaz de negarse a pecar.


Continuara...




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