jueves, 19 de noviembre de 2015

Por un puñado de dólares


     Como reza el título de esta reflexión, ese es el salario con el que son recompensados a final de mes los trabajadores del sector sanitario público en nuestro país.

     Alguna vez he escuchado algún energúmeno “Filosofo de Bar” quejarse de ellos.
     —Es que yo pago su sueldo.

    —Sí, señor mío, usted, yo, y ellos mismos. ¿No sabe usted que también hay retenciones en sus nóminas?

     Francamente me parece muy bien que parte de mis impuestos se destine a la sanidad pública. Ojala fuese más, y menos a las casas reales, gobiernos varios, senados, diputaciones, ayuntamientos, y rescates bancarios.

     Esos trabajadores se ensucian las manos, y no con dinero negro, sino con nuestra sangre, nuestras heces y nuestra orina, cada vez que tienen que cuidar a un enfermo.

     Desde el más brillante cirujano, hasta el último camillero, todos han escogido una profesión de ayuda a los demás seres humanos.

     Me hace mucha gracia cuando escucho al político de turno vanagloriarse diciendo que el ganaría mucho más en el sector privado, pero que renuncia a ello por el servicio público. ¿Renunciar, en que empresa privada pagarían seis mil euros a un analfabeto?

     Si, habéis leído bien. El alcalde de mi pequeño pueblo de quince mil habitantes tiene fijado un salario oficial de seis mil euros. Y aún estoy esperando verle hacer bien la O con un canuto. Pero dejemos ese tema que me enciendo…



     Vivimos en un país en el que el sistema sanitario público ha funcionado siempre. ¿No es rápido, hay listas de espera? No te falta razón, pero ¿Podría ser porque no les dotamos con más recursos?

     Recientemente he tenido un familiar ingresado. Ni que decir tiene que no nos ha faltado una sonrisa, unas palabras tranquilizadoras, y una excelente labor para paliar el dolor del enfermo.



     —Es que yo pago su sueldo —continua diciendo el imbécil mientras se pide otra copa de coñac.

     —Pues bien señor, ese puñado de dólares nunca será suficiente.




domingo, 15 de noviembre de 2015

A mi manera


     Ayer estuve escuchando por millonésima vez esta excelente canción, “My way”.

     La letra escrita por Paul Anka es toda una declaración de principios. No se debe confundir ser educado y respetuoso con ser extremadamente “Políticamente correcto”.

     Hace unos años gracias al entrañable Doctor House, y su imitación barata hispana Risto Megide, está de moda ser sincero hasta la muerte.

     —Si eres feo, te lo digo, yo soy muy “sincero”.

     —Gracias, tu eres un imbécil, yo también soy sincero.

     ¿Debemos siempre decir la verdad? Como decía Mayra Gómez Kemp en el mítico programa antediluviano “Un, dos, tres”:

     —Yo no siempre digo la verdad, pero nunca miento.

     Si tienes algo malo que decir, ¿Es necesario que lo digas? El otro día un amigo me dijo:

     —Perdona que te diga una cosa que igual te puede molestar.

     Me quedé reflexionando unos segundos, y decidí decirle.

     —Si me va a molestar, ahórratela. Así ni yo me sentiré molesto ni tú violento.

     No es que no me gusten las críticas, al contrario, las acepto de buen grado, solo que cuando son gratuitas solo sirven para que uno se sienta superior al otro.

     Luego están los políticamente correctos. Todo es “Guay”, hay que ser tolerantes…

     Los asesinos no son malos, solo que en su infancia fueron maltratados, es culpa de la sociedad.

     No se debe ceder el paso a una mujer, eso es machismo.

     Hay que decir “Jóvenes y jovenas”

     Es una versión hípster de poner la otra cara de la mejilla.

     No me situó ni en un bando, ni en otro. Lo hare a “Mi manera” como Mr. Sinatra.


     Y ahora, el final está aquí,
Y entonces enfrento el telón final.
Mi amigo, lo diré sin rodeos,
Hablaré de mi caso, del cual estoy seguro.
He vivido una vida plena.
Viajé por todos y cada uno de los caminos.
Y más, mucho más que esto,
Lo hice a mi manera.

      Arrepentimientos, he tenido unos pocos
Pero igualmente, muy pocos como para mencionarlos.
Hice lo que debía hacer
Y lo hice sin exenciones.
Planée cada programa de acción,
Cada paso cuidadoso a lo largo del camino.
Y más, mucho más que esto,
Lo hice a mi manera.

      Sí, hubo oportunidades,
Estoy seguro que lo sabían,
Cuando mordí
Más de lo que podía masticar.
Pero al final,
Cuando hubo duda,
Me lo tragué todo y luego lo dije sin miedo.
Lo enfrenté todo y estuve orgulloso,
Y lo hice a mi manera.

      He amado, he reído y llorado.
Tuve malas experiencias, me tocó perder.
Y ahora, que las lágrimas ceden,
Encuentro tan divertido
Pensar que hice todo eso.
Y permítanme decir, sin timidez,
'Oh, no, oh, no, a mí no, yo sí lo hice a mi manera'.

      Pues que es un hombre, ¿qué es lo que ha conseguido?
Si no es a sí mismo, entonces no tiene nada.
Decir las cosas que realmente siente
Y no las palabras de alguien que se arrodilla.
Mi historia muestra que asumí los golpes
Y lo hice a mi manera.

Sí, fue a mi manera.



viernes, 13 de noviembre de 2015

Menos es más


     Mi blog está a punto de cumplir sus siete meses de vida. Han sido un cumulo de días muy intensos, donde he llegado a descubrir mucho sobre la gran complejidad del mundo google plus.

     Empecé como todos, con la intencionalidad de crear un espacio donde aglutinar mis escritos y darlos a conocer. Tras decorarlo mínimamente para poder lanzarlo a la blogosfera con un poco de dignidad, decidí investigar el mundo de las comunidades.

     Mi entrada se inició como la de un elefante en una cacharrería.” ¿Solo hay veinticinco mil comunidades literarias? —me pregunté”.

     —Bien, pues manos a la obra.

     Tras unas jornadas dedicando el tiempo libre a mi nueva labor, empecé a participar en muchas de ellas. “¿Tengo un relato y quiero que lo lean? Pues a compartirlo con todas ellas de golpe, así, con dos criadillas cual temerario torero”.

     La inocencia y la suerte del novato se aliaron a mi favor. De no haber sido así (Todavía a día de hoy no comprendo que pasó) me hubiese penalizado google plus por realizar spam.

     Una semana después comprendí que aquello era una locura, y decidí reorganizar mi estrategia.

     —Mejor centrarse en una docena como máximo.

     Sin lugar a dudas esa metodología era más aceptable, porque además me proporcionó tiempo para empezar a leer lo que escribían otros autores, descubriendo con ello maravillosos relatos que despertaron mi interés.

     Haber dejado de actuar como un autista y empezar a hacerlo como un ser humano con inquietudes más allá de mirar mi propia barriga, me proporcionó momentos de sumo placer.

     Sin darme cuenta, de esas comunidades fue una la que me llamo la atención. No por el número de miembros, sino por el ambiente de compañerismo que se respiraba en ella.

     —Sí, hablo de RELATOS EXTRAORDINARIOS. Si no la conoces, búscala entre las comunidades literarias de google.

     Ahora sería el momento de citar a los autores que encontré, sin embargo, voy a obviar ese paso, ya que no quiero por error omitir a nadie.

     Posteriormente me propuse colaborar activamente en la comunidad para devolverle con mi trabajo, un poco de la satisfacción que ella me proporcionó.

     La relación de amistad con varios autores me introdujo en el mundo de los premios entre blogs. En este punto, si quiero mencionar a Julia como la persona que me otorgó mi primer galardón. Fueron tiempos felices en los que disfruté mucho tanto de recibir premios como de nominar a compañeros. En realidad hasta llevado por esta vorágine, llegué a diseñar un premio yo mismo.

     Mi blog parecía un árbol de navidad. Con premios, enlaces, figuritas y abalorios. Hasta que un día decidí parar.

     —¿Por qué? Te preguntaras.

     Básicamente por dos razones. La primera fue cuando empecé a hablar con compañeros sobre las penalizaciones en google plus sobre los usuarios que no respetaban la normativa. Estos sufrían sanciones que podían ir desde la imposibilidad de escribir durante un tiempo prudencial, hasta la expulsión definitiva del sistema.

     Son muchas las conductas que están bajo su punto de mira, y que pueden llevar a considerarte un “Spamer” aunque no lo seas.

     Publicar lo mismo en muchas comunidades, añadir indiscriminadamente muchos usuarios en tus círculos, compartir enlaces, recibir entradas en tu blog de lugares que han sido penalizados o están en observación, el copia pega y los textos repetidos, las cadenas de premios a los que yo era tan aficionado, además de un largo etcétera.

     La segunda razón de mi decisión de frenar, es debido a una filosofía de vida que siempre me ha acompañado. Tomé prestada a mi admirado Mies Van der Rohe, la frase “Menos es más”.

     No me gustaba lo que veía en mi blog, así que decidí hacer un cambio brusco. En él, no debe haber nada fuera de mis trabajos y los enlaces entre ellos.

     —¿Quiere esto decir que ya no quiero saber nada de mis compañeros de letras?

     Al contrario, quiero saber mucho de ellos, y continuar relacionándome, tan solo que el lugar adecuado no es mi blog, fuera de los comentarios que puedan ofrecer en los textos, y que yo agradezco muchísimo. Rezo además porque no me falten nunca…Jajaja.

     El lugar más adecuado para interrelacionarse es sin duda la comunidad literaria, donde los que me conocen saben que me encanta embarcarme en mil y un proyectos. Cosa que no solo quiero continuar haciendo, sino que además pienso potenciar.

     Es imposible atender a todo, excepto que uno viva constantemente pegado a la pantalla del ordenador, renunciando por tanto a su vida familiar y laboral. Por lo cual he decidió finalmente ordenar mi caótica situación en google plus.

     Mi blog será solo un reflejo de mi trabajo y las valiosas opiniones de quien quiera ofrecerlas, y punto. Ni galardones, ni enlaces, ni fotos innecesarias. —Recuerda, menos es más.

     Mis publicaciones solo serán compartidas en una comunidad, sin más duplicaciones.

     Todo este tiempo que ahorrare con esto, lo dedicare a fomentar concursos e iniciativas en RELATOS EXTRAORDINARIOS.

     Referente a los premios, no publicarlos en mi blog, no implica que no los agradezca, al contrario.


lunes, 9 de noviembre de 2015

El Opium del pueblo


     Florentinus Caelius saludaba desde su tribuna al público que abarrotaba el Coliseo. Tanto patricios como plebeyos se mostraban exultantes ante la emocionante jornada prometida.

    Los puestos en las inmediaciones vendían banderines, bufandas, y togas con los colores de sus gladiadores favoritos a algunos espectadores rezagados.
  
    Dentro del Coliseo, los adinerados patricios comían fantásticos palmetums comprados en el servicio de catering, mientras los plebeyos los observaban envidiosos. Había diferencias de clases, aunque bastaría que saliesen al campo los gladiadores, para que estas desaparecieran, unificando a todos los asistentes en una sola masa, “Burregum masae”.

    Los gritos y aplausos ensordecedores se escucharon en toda la ciudad de Roma en cuanto empezó el espectáculo. Era una tarde mágica, irrepetible. Los dos mejores gladiadores del mundo estaban en la arena. Christianus Gratius y Mesianus Villius saludaban a sus respectivas aficiones.

    Mesianus poseía cuatro “Espadas de Oro”, magníficos galardones concedidos por la federación de gladiadores, la “Fifium”. Christianus solo tenía tres, pero estaba convencido ya no tan solo de ganar su cuarta “Espada de Oro”, sino también de ganar otra más, y superar a su eterno rival.

    —Siiiiiiiiiiiiii —gritó en la última entrega de premios, mientras Mesianus le observaba con semblante serio.

    Los aficionados de los dos gladiadores ya se lanzaban insultos unos a otros en las gradas.

    —Mesianus es el mejor de mundo —gritó un patricio.

    —Y una “Mierdum” —le contestó otro.

    El rugido del público disminuyo cuando los gladiadores se acercaron el uno al otro para ofrecerse los protocolarios saludos de rigor.

    —Cuidadito no vayamos a hacernos daño —dijo Christianus.

    —Descuida, a ninguno nos interesa. No olvidemos que esto es solo una comedia para que disfruten estos infelices —añadió Mesianus estrechando fuertemente la mano de su contrincante.

    El Cesar anunció el inicio del combate, lo que provocó la explosión de alegría de todos los presentes.

    Mesianus embistió con su espada dando un fuerte golpe en el escudo de Christianus. El estacazo retumbo en todo el Coliseo.

    —Despacito —dijo Chistianus al tiempo que lanzó una estocada rozando el brazo derecho de su rival.

    Ambos tenían muy claro que deberían dar un buen espectáculo, pero también que ninguno debería salir lastimado. “Por Júpiter que no me interesa lesionarme —pensó Mesianus”.

    El público animaba a sus favoritos durante la lucha. Aquello era digno de ver, como se movían, la maestría de sus golpes y su fuerza física. Sin duda bajo el cielo de Roma estaban los dos mejores gladiadores del imperio.

    Uno de ellos desarmó con gran habilidad a su oponente. Miró hacia la tribuna esperando que el emperador Florentinus le ofreciera la señal convenida de antemano.

    Como no podía ser de otro modo los dos gladiadores salieron del Coliseo sanos y salvos. El precio de sus fichas era demasiado elevado para que ninguno de ellos sufriese ningún mal.

    Christianus y Mesianus se despidieron efusivamente en la intimidad de los vestuarios. En breves instantes volverían a sus lujosas villas romanas con sus vírgenes vestales, conduciendo sus fabulosas cuadrigas valoradas en millones de sestercios.

    En las inmediaciones del Coliseo, un grupo de aficionados de uno de los gladiadores apaleaba a dos indefensos seguidores del otro.

    —Es el mejor del mundo —gritaba un patricio mientras clavaba con saña su daga en el estómago de un joven.


"Infelix morituri te salutant dum gladiatoribus frui vita ".



 Relato aportado en el Círculo de Escritores. Edición RELATOS "GLADIADORES"
 http://elcirculodeescritores.blogspot.com.es/2015/11/concurso-de-relatos-gladiadores.html#comment-form

domingo, 8 de noviembre de 2015

El día que maté a Johnny


     Desperté como cada día con aquella terrible sensación de opresión en el pecho. Algo me impedía levantarme de la cama.

    —Joder con Johnny —grité despertando a mi mujer.

    Ella se desperezó alargando sus extremidades y rozando son sus pies desnudos mis piernas. Aquella sensación despertó mi lívido. Intenté abrazarla, pero no fui capaz.

    —¿No vas a darme un beso? —me preguntó.

    Eso hubiese deseado entre otras más cosas, sin embargo la costumbre que mi gato Johnny había adquirido me lo impedía. Cada noche decidía que el lugar más apetecible de la casa para dormir era mi pecho.

    Magy, la dulce gata que recogí de la calle años antes, se había quedado embarazada, dando posteriormente a luz cuatro encantadores cachorros.

    Fue fácil regalarlos a todos, excepto a Johnny. Su color negro asustaba a las tiernas parejitas que venían a mi casa en busca de una mascota.

    —Oh, un gato negro, que mal rollo —exclamaban al ver al maldito.
    
    Por eso lo amé, por ser como yo, oscuro hasta la medula. Y por eso me amó el a mí, al reconocer la gran negrura de mi alma. Permanecía constantemente a mi lado, no se apartaba de mí. Parecíamos dos condenados escapados del infierno vagando por el mundo ante los ojos de los inocentes mortales. Pero ni él era malvado, ni yo una bruja.

    Aún recuerdo aquella fatídica noche, en que sus gritos me sobresaltaron. Miré hacia la calle temiendo lo peor, y como no podía ser de otro modo, eso fue lo que encontré.

    Mi alma gemela estaba tendida en la calle, su sangre cubría toda la avenida. Pero no estaba muerto, la parca solo le había rozado cruelmente esperando que otro terminase su trabajo.

    La vi, sentada a su lado, sonriéndome maliciosamente.

    —Acaba tú con su vida, o dejare que sufra —me dijo burlona.

    Sus gritos de dolor atravesaron todo mi ser. “Tengo que matarlo —comprendí”. Recordé que en un cajón tenía una vieja “Star” que había pertenecido a mi abuelo de sus tiempos de maqui tras la guerra civil. Saqué el arma, comprobé que el cargador contuviese munición y cargue la pistola.

    —Tranquilo Johnny, papá está en camino —grité.

    Llegue a su lado, tenía el cuerpo destrozado, no había otra solución.

    —No serás capaz, eres un mierda —dijo la muerte mirándome directamente a los ojos mientras arañaba con sus garras a Johnny para provocarle más sufrimientos.

    Amartillé el arma, apunté a su cabecita, y apreté el gatillo.

    La muerte soltó una larga y terrorífica carcajada cuando comprobó que el arma no disparaba.

    —Las balas son viejas, no funcionan. Solo hay algo viejo y fiable, y soy yo. Pero hoy no voy a ser certera, hoy quiero disfrutar viendo la agonía de tu alma gemela.

    Apreté el gatillo mil veces más, pero la parca tenía razón, aquella munición estaba inservible. Me dirigí a mi coche, aquella idea vino a mi cabeza como un rayo. “Pasare por encima de él, terminare lo que la muerte no quiere hacer —me dije”.

    Tuve que atropellar a Johnny tres veces ante la atenta mirada de la parca. Finalmente sus maullidos se silenciaron. Estaba muerto por fin, lo había matado.

    —Bueno, me lo llevo en mi barca, pero cuando vuelva a por ti te aseguro que disfrutaré de un mejor espectáculo —me amenazó la muerte marchándose contrariada con el alma de Johnny.

    Llore como un niño, y no me avergüenza confesarlo. No es que sintiese temor por sus palabras. En realidad nunca he sentido miedo al dolor, tan solo es otra forma de placer.

    Desde aquel día, despierto siempre con una terrible sensación de opresión en el pecho. Algo me impide levantarme de la cama. Es Johnny, lo sé.



Relato presentado a concurso en :
http://maldita-letra.blogspot.com.es/

Luz en el lado oscuro - Capítulo XI


    “Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo, porque fuerte como la muerte es el amor, inexorables como el Seol, los celos; sus destellos, destellos de fuego, la llama misma del SEÑOR”. (Cantares 8:6)

    La noche empezaría a caer en pocas horas. Había sido un duro día de trabajo en el campo para Caín, recolectando la abundante cosecha de ese año. Se sentó sobre una piedra tras terminar de atar unos fardos. Alzó su bota de vino, y bebió de ella.

    Caín, el primogénito de Adam y Eva, el primer hombre nacido fuera del paraíso. Era fuerte y robusto como una roca, por tanto, el más indicado para dedicarse a la pesada tarea de la agricultura. Miró al cielo rogando le enviaran suaves brisas que calmaran su calor.

    —¿Cansado, Caín? —exclamó Luzbel sorprendiéndolo.

    —Apártate de mí Satanás —pidió Caín, tal como constantemente le había ordenado Yahvé.

    —¿Tanto te molesta mi presencia? —preguntó Luzbel.

    Yahvé como amo y señor del universo, les había impuesto esa regla. Deberían protegerse siempre del diablo y su influencia malvada. Fue su voluntad y así ha de cumplirse por toda la eternidad.

    —Eres el mal, eres el causante de nuestra desgracia. Dios nos advirtió de que volverías a intentar engañarnos.

    “¿Así que yo soy el mal? Pobres infelices, nunca entenderán que fue su amado Dios el que provocó su desdicha, el que por orgullo quiso comprobar hasta qué punto eran capaces de obedecerle. ¿Y que hizo después, los perdonó? No, al contrario, los condenó por los siglos de los siglos, a ellos y a todos sus descendientes. ¿Eso es amor? Si, amor propio —reflexionaba Luzbel”.



    Desde lejos, en la ladera, observaron cómo Abel se dirigía hacia ellos con su rebaño de ovejas. Este se asombró al comprobar que el diablo estaba junto a su hermano. Apretó el paso para llegar hasta ellos.

    —Caín, Caín, no hables con él, o sufriremos la ira de nuestro padre —le rogó.

    Luzbel permaneció impasible contemplando la escena. Su curiosidad aumentó, estaba ansioso por averiguar lo que ocurriría a continuación.

    —No estoy hablando con él. Yo siempre he respetado la voluntad de Yahvé.

    —Como tú digas hermano. Ignoremos pues su presencia, y procedamos a realizar nuestras ofrendas al padre celestial.

     Aquel era el día señalado para que los dos entregaran para la gloria del creador, lo mejor de su trabajo. Caín ofreció todos los fardos de cereales que había recolectado durante ese día. “Con lo que tenemos en casa podremos subsistir durante el invierno. Es de ley que entregue a Yahvé lo mejor de la cosecha —se dijo Caín.

    Dios materializándose en el lugar, observó con indiferencia el obsequio. Se giró mirando a Abel, expectante por ver su presente.

    —De mis ovejas Señor, te ofrezco las tres mejores —exclamó.

    Aquello complació a Yahvé. Como buen siervo ofrecía a su amo lo mejor que poseía. Tras sonreírle, se dirigió hacia Caín.
    —¿No es más cierto que podrías haberme entregado más cantidad de grano si hubieses trabajado con ahínco para mí, en lugar de perder tu tiempo bebiendo vino y hablando con Satanás? —preguntó bruscamente.

    Caín bajo la mirada. Dios no tenía razón, pero no por ello pensaba replicarle. Abel sin embargo, estaba exultante por ser el preferido.

    Ambos se arrodillaron, mientras Yahvé desaparecía de la tierra.

    —Soy su favorito —dijo Abel burlándose de él.

    —Bien por ti hermano. Pero yo no he estado todo el día bajo la sombra de un árbol, mientras pastaban las ovejas.

    Aquellas palabras ofendieron a Abel, que sacando un cuchillo amenazo a Caín.

    —¿Así que soy un vago? Retira lo que has dicho o te arrepentirás —advirtió.

    Abel no era fuerte ni ágil. Caín temió que pudiese lastimarse con esa arma. Le pidió que la guardara, le dijo que no eran momentos para disputas. Sin embargo la ira se apoderó de Abel al comprobar que su hermano no sentía ningún miedo por sus amenazas. Corrió hacia él con la mala fortuna de caer en su carrera, clavándose el cuchillo.

    —Haz algo, sálvalo —pidió Caín a Luzbel.

    —No puedo intervenir en la vida o la muerte de los humanos, lo siento —dijo apesadumbrado por lo sucedido.

    Abel murió entre los brazos de su hermano, que lloraba y llamaba a Dios a gritos.

    —¿Así que por celos lo has matado? —preguntó Yahvé apareciendo de la nada.

    —No, mi Señor, ha sido un accidente.

    —¿Acaso no te basta con matar a tu hermano, el más bondadoso entre los hombres, que también quieres mentirme a mí? —Preguntó con furor.

    Caín volvió a callar. No tenía el valor suficiente para contradecirle.

    —Yo te condeno, Maldito. Vagaras por la tierra sin rumbo, portando la marca de Caín, el que sucumbió a los celos —exclamó Yahvé.

    Tras ello, se dirigió hacia Luzbel que permanecía silencioso.

    —Y tú has sido el culpable de todo, Satanás.
    Luzbel no se molestó en contestarle, se dio la vuelta para alejarse de aquel lugar. “Y encima se lo creerá —se dijo”.



    “Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra será de maldad”. (Santiago 3:16)


    —Vamos Andrés —ordenó Cassiel.

    “¿Entrar en aquel pabellón infectado de demonios, es que acaso hasta los ángeles se han vuelto locos? —se preguntó Andrés Dalmau”.

    Ella percibió su reticencia y su miedo a lo desconocido. Lo abrazó dulcemente con la intención de infundirle el valor necesario para que pudiera dar ese paso.

    —Vamos, no tengas desconfianza, estás conmigo —le susurró Cassiel suavemente al odio.

    Andrés se sintió desfallecer. Su recelo había desaparecido casi por completo, pero la excitación y el deseo por ella iban en aumento. “Me estoy enamorando como un tonto —se dijo”.

    El aroma que desprendía aquel ángel femenino le había embriagado. Volvió a mirarla detenidamente tras deshacerse de su cálido abrazo. No le cabía ninguna duda, era el ser más divino que había conocido en su vida. Sintió deseos de besarla con pasión, y renunciar a todo por compartir unos minutos de lujuria con ella.

    —No es el momento adecuado —dijo Cassiel pícaramente.

    Andrés adivinó que de nuevo habían accedido a sus pensamientos. Comprendió que ya no existía la intimidad en aquel nuevo mundo en el que se había sumergido tras mezclarse con ángeles y demonios.

    —Vamos —volvió a insistir Cassiel arrastrándolo tirando de su mano.

    Se acercaron al pabellón Mies Van der Rohe. La puerta estaba completamente abierta. Cassiel entro decidida en su interior, seguida por Andrés que comenzaba a temblar de miedo por lo que se encontraría en su interior.

    —Hola hermanos —exclamó Cassiel al ver a los cuatro demonios en el patio interior.

    Hacia siglos que no la veían, todos sonrieron excepto Agares. Luzbel fue el primero en caminar hacia ella, estaba ansioso por abrazarla.
    —¿Qué hace aquí el ser más bello de la creación? —Preguntó Luck de manera retórica.

    Se fundieron en un largo abrazo. Belial y Leviatán se unieron en un apretón conjunto. Sin embargo Agares se mantenía a distancia observándola sin pronunciar palabra.

    —No os alegréis tanto de verme, en realidad vengo a fastidiar vuestros planes —dijo ella riendo.

    —No esperaba menos de ti —añadió Luzbel uniéndose a su risa.

    Cassiel se soltó del abrazo y se acercó a Agares. Sin pronunciar palabra saltó sobre él, besando su boca apasionadamente. Aquel beso debió durar unos segundos pero a Andrés que contemplaba la escena, le parecieron años.

    “¿Qué me está pasando? —se preguntó sorprendido por advertir como los celos inundaban su alma”.

    Andrés estaba completamente enamorado de ella, y aquella situación era del todo inapropiada. No tan solo por su voto de castidad, sino porque su amada era un ángel.

    —¿Y este chico tan atractivo? —preguntó Luzbel.

    —Es mi ayudante —respondió Cassiel que permanecía junto a Agares.

    Luzbel era un ser promiscuo que vagaba por el mundo en busca del placer, y aquel joven había despertado sus instintos sexuales.

    —Dime el motivo real de tu presencia entre nosotros —exigió duramente Agares.

    Cassiel le miró directamente a los ojos. Aunque la respuesta era para todos ellos, se dirigió tan solo a él.

    —Dejarlo ya, han pasado miles de años. Os ruego que solicitéis el perdón de Yahvé, y que volváis con nosotros al reino de los cielos.

    —Nunca —dijo escuetamente Agares.

    —Te quiero, necesito que vuelvas a mi lado —le imploró Cassiel.

    Luzbel entendió que en realidad eso no estaba dirigido a él. El deseó de ella era recuperar a su alma gemela. Se acercó a Andrés que estaba temblando por dos motivos, la irremediable sensación de resentimiento y envidia hacia Agares, y el temor por estar solo ante unos demonios.

    —Veo que los celos embriagan tu alma —le dijo.

    Andrés no respondió. Nunca había pensado que llegaría el día en que Satanás estuviese a menos de un metro de él.

    —No soy tu enemigo —añadió Luzbel.

    —Eres el adversario del bien, y tu maldad me repugna.

    —Lee mi mente, sé que puedes hacerlo. ¿Encuentras oscuridad en mi interior? —preguntó Luzbel.

    Andrés entro en su interior, y descubrió que no era tan diferente a la suya. “Contiene más bondad que la de Gabriel —se dijo sorprendido”.

    —¿No vais a ceder, verdad? —preguntó Cassiel interrumpiéndolos.

    —No hermana, no volveremos a adorar a ese engreído —respondió Luzbel separándose de Andrés.

    Ella volvió a besar con pasión a Agares. Hubiese deseado que desistiesen de continuar con sus ofrendas y regresaran con ella al lugar que les correspondía y que nunca deberían haber abandonado. “No es por Yahvé, es por mí —se repetía una y otra vez en su interior”. Pero comprendía que no lo lograría, que era de nuevo una batalla perdida. Se volvió hacia Andrés con mirada triste.

    —Vámonos, no tenemos nada que hacer aquí.



Continuara...





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