viernes, 29 de mayo de 2015

29 de mayo de 2015 - Reflexiones - Walking "móvil" Dead


 ¿Quién dice que el holocausto zombie es ficción? Desde luego no sere yo, porque lo he vivido, he visto con mis propios ojos a multitud de caminantes dirigiendose sin rumbo a ningun lugar. Muertos vivientes que antes fueron humanos, ajenos al mundo real, con la mirada perdida, chocando entre ellos. Algunos fallecen definitivamente arroyados por un coche o un tren, sin embargo amigo, ten cuidado porque puedes llegarte a convertir en uno de ellos.

Observo en una esquina, en silencio, no deseo que noten mi presencia, porque si alguno levantase la cabeza por casualidad y viese que no tengo un móvil en la mano, sabría que no soy de los suyos, y ya sabes lo que hacen los zombis con los que no son de su condición.

Cuando chocan contra mí, y miro esperando una disculpa, no la encuentro, tan solo me dirigen casi sin mirarme, un escueto —Gruuuuuuu —. Claro, que tonto soy, siempre olvido que los zombis no hablan.

Sin embargo alguno escribe con su móvil, evidentemente como ya no son humanos, su cerebro zombi es más limitado y su escritura se limita a frases como “OLA K ASE”.

Los veo y tengo miedo, ¿En cuánto tiempo el mundo será totalmente de los zombis? Debemos unirnos en resistencia, si no queremos perecer en sus fauces.

Particularmente creo que voy a hacer como Michonne y comprarme una Katana, ya que un magnum como el del sheriff Rick Grimes sería del todo excesivo, y menos poético.

Tranquilo amigo, no voy a cortar ninguna cabeza, tan solo ensartare móviles, porque esta plaga tiene solución, quítale el móvil, impídele que se acerque a ese malvado artilugio, y háblale, dile que estas aquí, a su lado, abrázale, haz que vuelva al mundo real, que levante su cabeza con gallardía y mire a su alrededor, que comprenda que está vivo y que la vida es mucho más que un simple teléfono.





Relato incluido en el libro "38 Relatos Cortos - Volumen I" 
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Tiene un amante



Intenté acercar su cuerpo hacia mí, sin embargo Nieves evitó mi abrazo. Estaba rara y distante, como si sus pensamientos estuviesen muy lejos.

Tumbada en la cama a mi lado la escuchaba suspirar, sin duda no de placer, pese a que minutos antes habíamos estado haciendo el amor. Los movimientos de su cuerpo advertían de su prisa por terminar, y sus gestos posteriores su deseo de no repetir.

Sin decir palabra se levantó para ir al baño, cerrando la puerta tras ella. “Seguro que está mandando con el teléfono mensajes a su amante —pensé.” Hacía ya unos días que los demonios se habían adueñado de mi cerebro, para lanzar sus tropas del inframundo a destrozar mi corazón. “¿Cómo puede engañarme con lo que yo la deseo? —me interrogaba.”

Regresó a la habitación sin pronunciar palabra, su cuerpo cubierto con ropa interior, me impedían continuar disfrutando de la belleza de su desnudez. Tras tumbarse de nuevo a mi lado tapó su cara con un brazo, como diciéndome que no quería ni verme.

¿Cuándo había sucedido, cuando se apagó en ella la llama del deseo? No había lugar para la duda, tenía un amante. Y yo le envidiaba por ser el afortunado que la haría estremecerse y gritar de placer. Nieves chillaba como una loca momentos antes de sentir el orgasmo, un sonido que yo hacía mucho que no escuchaba, ahora su amante seria el afortunado que disfrutaría de esa morbosa melodía.

Su teléfono emitió el sonido de nuevo mensaje, ella se levantó para leerlo, indiferente a mi presencia, como si yo no estuviese en aquella estancia.

— ¿Quién es a estas horas? —le pregunté.

—Nadie que te importe, no seas tan posesivo —me respondió.

Ya no compartía conmigo nada, hace tan solo unos meses, me hubiese respondido de otro modo, habría dispuesto de mi como su confidente y amigo al mismo tiempo que amante. No tan solo estaba muriendo el deseo, también la confianza. Aunque era por su parte, yo la seguía encontrando preciosa, divina, plenamente deseable.

Mientras la observaba contestar aquel mensaje, volví a sentir deseos de tomarla en mis brazos, de hacerla mía fundiendo nuestros cuerpos con la misma intensidad del primer día. Pero ahora tenía un amante, la sospecha se había convertido en certeza, y está en verdad absoluta. “No tardare mucho en perderla —pensé.”

Me di la vuelta con resignación, cerré los ojos intentado dormir, pero no podía, era del todo consciente que Nieves a mi lado tampoco dormía, mirando al techo en la oscuridad suspirando por estar en otro lugar, con su amante.

Un nuevo día amaneció, y ambos nos dirigimos al trabajo. Compartíamos bufete, ya que los dos éramos abogados y nuestros despachos estaban juntos, sin embargo ella me evitaba, se negó a almorzar conmigo, argumentando que tenía trabajo atrasado. Mentiras y engaños, aún recuerdo perfectamente cuando estaba loca esperando el momento de escaparnos para ir a comer cogidos de la mano, o cuando a media tarde buscábamos algún cuarto discreto para perdernos en nuestras pasiones sexuales. Añoro cuando tenía que taparle la boca con mi mano para que no emitiera aquellos gritos de placer al alcanzar el orgasmo, ella me mordía los dedos con tanta intensidad que era yo el que casi gritaba.

— ¿Cenamos juntos? —le pregunte.

—No, esta noche he quedado con una amiga —fue su respuesta.

Claro, la amiga de los mensajes en el teléfono. Debía pensar que yo era estúpido, que no sabía leer entre líneas, de un tiempo a esta parte me estaba enviando demasiadas señales. “Ve donde quieras, porque yo esta noche te seguiré para descubrir quién es tu amante —pensé.”

Y así lo hice la seguí en la oscuridad, a una distancia prudencial para no descubrir mi presencia. Y lo vi, vi a su amante, vi como ella se lanzaba a sus brazos y lo besaba con una pasión que para mí era ya tan solo un recuerdo. Entraron en un restaurante y yo, pobre de mí les observaba desde la húmeda y fría calle, mientras ellos cenaban frente a las velas como lo que eran, dos amantes. —Me has roto el corazón —le dije al viento.

Y el viento me devolvió su certero silencio, sin lugar a dudas ya la había perdido. Mi corazón estaba roto, ¿Cómo era posible que Nieves me estuviese engañando después de lo que habíamos pasado juntos?

No lo conseguía entender, algo tendría que haber hecho mal para que ella desease más a otro hombre que a mí.

Pase del amor al odio, al desprecio. ¿Cómo es posible que me hubiese engañado a mí con ese inútil? Su amante, mi rival, era su marido.



FIN.



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jueves, 28 de mayo de 2015

Las Vacaciones de Birko


Agosto estaba a la vuelta de la esquina, y con él las vacaciones, Birko no lo sabía a ciencia cierta, un perro no cuenta los meses y prevé las fiestas, pero su instinto intuía que algo bueno estaba a punto de ocurrir.

Vivía feliz con su familia, Juan el padre, Maite la madre, y Alba de cinco años. Birko fue un regalo de navidad para la niña, que lo agradeció locamente, le abrazaba, besaba, estiraba del pelo y le hacía rabiar, pero lo quería tanto, tanto.

Aunque no se podía querer más que como Birko los quería a ellos, pasaba el día ansioso esperando el momento en que volvieran a casa para poder jugar con ellos. Y los fines de semana eran lo mejor de este mundo, porque los tenía para él durante todo el día, para jugar, salir a pasear, y dejarse lamer. Bueno, todos no, Juan no era muy amante de los perros, lo compró por su hija y lo soportaba, pero no le tenía demasiado afecto. Eso no importaba a Birko, él sabía que era su dueño y procuraba estar siempre a su lado para demostrarle su afecto.

Esas últimas semanas Birko notaba algo flotando en el aire, caras de alegría, entrada de ropa nueva, maletas que salían de los armarios. “Aquí pasara algo —pensaba.” En realidad estaba en lo cierto la familia se disponía a marcharse de vacaciones a un apartamento en la playa.

Ese sábado por la mañana la casa era un alboroto, aquellas maletas ya estaban repletas de ropa, y su familia sonriente corría de aquí para allá, procurando no dejarse nada olvidado. Escuchó el sonido de su cadena, señal inequívoca de que salían de casa, movía su rabo en señal de alegría, mientras ladraba diciendo —Vamos, Vamos—.

Subieron al coche repleto de maletas, y Birko se dirigió a su sitio preferido, la ventana. Sacarle la lengua a los demás coches en la carretera, era un verdadero placer.

Unos cincuenta kilómetros más adelante, hicieron una parada. “Qué bueno es Juan que me saca a pasear para estirar las patas —pensaba.” Así que feliz Birko correteaba por aquella ladera. —Ahora vuelvo, un momento —les decía con sus ladridos.

Birko dio la vuelta, ya estaba relajado, era momento de volver, pero el coche había desaparecido. “¿Dónde está mi familia? —se preguntó.” Levantó su cabeza para ver si se había equivocado de camino, pero no, estaba donde tenía que estar, las huellas de los neumáticos y el olor a su familia que flotaba en el aire le decían que aquel era el lugar correcto.

“Seguro que ahora vuelven, me quieren tanto —pensó.”

Birko se estiro sobre la hierba, mirando al horizonte esperando divisar el coche de Juan.

Eso no ocurriría nunca, tres kilómetros más adelante la policía de carreteras estaba retirando el cuerpo muerto de Juan de aquella chatarra destrozada que antes había sido su coche. Por suerte tanto Maite como Alba estaban a salvo. Sin saberlo aquel desgraciado le había salvado la vida a Birko.

Que pases buenas vacaciones en el infierno Juan.

FIN.




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miércoles, 27 de mayo de 2015

El Fetichista



Pablo recogió aquel paquete en la oficina de correos, estaba nervioso, y ansioso por abrirlo. Subió los peldaños de las escaleras que conducían a su casa de tres en tres, casi sin poder respirar. “La ocasión se lo merece —pensó.”

Tras abrir la puerta y arrojar su abrigo al suelo, depositó la caja encima de la mesa del salón, mientras intentaba torpemente abrirla. Uno a uno fue sacando los papeles que la envolvían, hasta que finalmente pudo ver su contenido, unos preciosos zapatos de mujer, y una prenda íntima. Muy lentamente acerco su cara al interior del paquete para disfrutar de aquel increíble aroma femenino.

“Increíble, me vuelves loco Marta —se dijo” Con sumo cuidado, como si se tratasen de reliquias religiosas, las agarró para dirigirse con ellas a su templo privado, el altar de Marta, donde ya estaban expuestos varios zapatos y prendas de su diosa. Volvió a olisquear las prendas de nuevo, y noto como su excitación iba en aumento, sentir el perfume de su desconocida amiga le volvía loco, hubiese dado cualquier cosa por estar con ella, por poder tocarla y acariciar su cuerpo. Pero Pablo debía conformarse con aliviarse en soledad, mientras con su otra mano sostenía una de aquellas embriagadoras prendas.

Una relación epistolar por internet, con intercambio de correos electrónicos, y conversaciones en algún chat. Desde que la conoció, se obsesionó con ella, era divertida, sugerente, sexy, caliente, muy caliente. Pablo alcanzaba el orgasmo tan solo mirando sus fotos, y disfrutando de sus prendas.

—Ponte esos zapatos de tacón para mí, princesa —le decía.

Al poco tiempo, siempre recibía un paquete, que los contenía. Día a día aumentaba la colección en su templo, mientras él era más y más feliz adorando a Marta.

—Cielo, por esta prenda y estos zapatos, necesitaría que me enviases 200 dólares —le decía ella.

Él lo entendía, la relación no era para nada económica, tan solo se lo pedía para los gastos de comprar aquellos objetos. Ella sentía la misma morbosidad que el con aquel juego fetichista, se excitaba y disfrutaba como el, así se lo juraba Marta una y mil veces.

Pablo se sentó frente a su ordenador para volver a conectarse con Marta, ver sus fotos le ponía a mil, tanto que decidió pedirle un nuevo envió.

—Esta vez quiero unos zapatos rojos, y una prenda blanca —le escribió.

Cada vez se está volviendo más ansioso este hombre. Pero bueno, es su dinero.

Mi hermano Juan y yo tendremos que volver a robarle zapatos y prendas a la abuela, la verdad es que nos estamos forrando con el tipo este.


FIN.



 

Crimen Perfecto




Aquella pequeña celda en el corredor de la muerte seria su última morada.

—Soy inocente, no quiero morir —volvió a gritar Peter.

Eddie el carcelero golpeó de nuevo los barrotes de la celda con su porra.

—Cállate ya de una vez hombre —le pidió.

Podía comprender su desesperación, no es agradable saber que tu vida terminara en unas horas, pero tampoco lo era tener que aguantar aquellos lamentos toda la noche.

En otra sala, la silla eléctrica esperaba paciente al condenado. Hacía cinco años que no la utilizaban, por lo que varios técnicos tuvieron que dedicar toda la jornada para adecuarla, y dejarla totalmente operativa.

Gene Holly entró a visitarle aquella noche, con el permiso del alcaide. No era tan solo su abogado, sino también su amigo desde la infancia. Habían compartido tantas cosas juntos, tantos planes para el futuro. Un futuro que Peter no conocería.

— ¿Cómo estas, Pete? —le preguntó.

—No quiero morir Gene, soy inocente, ¿Tú me crees verdad? —le dijo mirándole con los ojos vidriosos a punto de soltar una lagrima.

—Claro que si amigo, lamento no poder hacer más —le reconfortó apretándole las manos.

Tan solo diez años antes, compartían despacho en Dallas, dos jóvenes abogados con ganas de comerse el mundo. Era un pequeño bufete, pero empezaban a llegar clientes importantes, su futuro era extremadamente prometedor.

Todo se rompió aquella noche del seis de marzo de 1993. Peter Sullivan entró en su casa, y encontró en el salón el cuerpo sin vida de su mujer, Juliet. La sangre empapaba la alfombra, los libros y figuras de decoración esparcidos por el suelo. Sus ojos no podían apartar la vista del gran cuchillo de cocina clavado en su espalda. Corriendo se lo quito, eso fue lo primero que hizo, y su gran error.

Media hora más tarde las luces de los coches de policía iluminaban el barrio, mientras vecinos curiosos revoloteaban por los alrededores intentando averiguar qué había sucedido.

Después del interrogatorio de los detectives, le detuvieron como principal sospechoso. No debería haber tocado aquel cuchillo.

“Debo llamar a Gene —pensó” Él era abogado, pero según dicen el abogado que se representa a sí mismo, tiene un idiota por cliente.

Poco tiempo después se inició el juicio, donde la acusación aportó sus huellas dactilares como prueba principal, también asistieron testigos que afirmaron que Juliet tenía una aventura. Todo apuntaba en su contra, era el típico caso de crimen pasional.

El jurado compuesto por nueve mujeres y tres hombres, lo declaró culpable de asesinato en primer grado. Y el juez lo condeno a morir en la silla eléctrica.

Fueron tiempos difíciles para Peter, entrar en la penitenciaria, tener que abandonar su trabajo, pero sobre todo lo que más le dolía era haber perdido a su mujer, él la amaba, ¿Cómo podía creer alguien que la había matado?

Su socio Gene, no solo se ocupó de su defensa, sino que también estuvo a su lado, visitándolo para consolarlo.

—Presenta un recurso Gene —le decía.

Y Gene lo hacía, aunque sin ningún éxito por muchas alegaciones que presentaban.

— ¿Tú me crees verdad Gene? —Le preguntaba miles de veces. Y la respuesta siempre, absolutamente siempre, era afirmativa, sin duda alguna.

Intentaron pedir clemencia al gobernador de Texas, pero no la admitieron ni a trámite, el destino de Peter era la muerte.

Era una fría mañana, algo extraño en aquella época del año. Peter arrastraba los pies camino del patíbulo, seguido de un pastor que leía pasajes de la biblia. Nunca fue muy creyente, pero en esos momentos era a lo único que podía aferrarse.

Le sentaron en la silla, y apretaron las correas. Mojaron el casco con una esponja húmeda, y se lo pusieron en la cabeza.

— ¿Alguna última voluntad? —preguntó el alcaide.

—Quiero hablar con Gene —le respondió.

No era habitual que un condenado solicitase hablar con su abogado segundos antes de morir, sin embargo, era su amigo, y necesitaba volvérselo a preguntar.

— ¿Tú me crees, verdad Gene? —volvió a preguntarle.

Gene se acercó a Peter, miró a sus dos lados, asegurándose que nadie pudiese escucharle, y le susurró al oído.

—Claro que si imbécil, ¿Quién te crees que la mató? —le respondió.

Segundos después una bajada de intensidad en la luz de la prisión indicaba que la maquina había funcionado, Peter había muerto.

Gene Holly salía por la puerta sonriendo, todo había salido bien. Juliet era una buena amante, pero cuando le amenazó con denunciarle por fraude al bufete, no pudo hacer otra cosa que matarla.
  



martes, 26 de mayo de 2015

¿Estoy soñando?


No era un sueño, era una pesadilla, la bestia me tenía en sus brazos, sentía el aliento de Belcebú en mi cara. —Estas condenado por toda la eternidad —me decía.

“Estoy soñando, ahora despertare —pensé.” Siempre me pasa, algunos sueños son buenos como cuando puedo volar, y otros son malos, como cuando se me caen los dientes.

“Paciencia, ahora te despiertas —lo tenía muy claro.”

El diablo me soltó por un precipicio. Sin duda me despertaría, ¿No has soñado tú con caer al vacío?

Ojala el infierno no existiera o fuese un sueño, pero tan solo soy un condenado.

FIN.


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Micro relato presentado en el desafio LOS SUEÑOS LOCOS de la comunidad relatos extraordinarios.


Diploma Participación

Vuelta a Casa


—Menudo madrugón —dijo Dora.

Su hermana France asentía con la cabeza. Se habían levantado muy temprano para subirse a ese vuelo que les llevaría de vuelta a casa. Haber pasado aquel mes en casa de los abuelos Hubert y Gisele, mientras su padre buscaba casa y colegio en Boston, había estado muy bien, aunque ya echaban de menos a su madre, sus amiguitas, y el clima de Los Ángeles.

James Mongabay leía atentamente la prensa del día, no sin levantar la mirada de tanto en tanto, para vigilar a sus hijas. Dora y France de ocho y diez años, eran muy dulces, pero endiabladamente revoltosas.

Como añoraba el también a su mujer Alice, aunque no por los mismos motivos que las pequeñas. “Esta misma noche tendré una buena cena y mejor postre —pensó.” Se moría por volver a sentir el aroma de su cabello, el calor de su piel, y el sabor de su boca.

Aquellas semanas lejos de Los Ángeles habían sido duras, el ascenso en su empresa, y su nuevo destino como responsable en Boston, le habían obligado a buscar una casa para ellos, y un buen colegio para las niñas. Sin embargo fue una excelente oportunidad para que sus padres conociesen a sus nietas. Viejas discrepancias de familia entre los Mongabay, eran la causa de que nunca las hubiesen visto hasta ese momento.

“Nueva vida, junto a su mujer y sus hijas en su ciudad natal, gran oportunidad para arreglar por fin las diferencias del pasado y volver a ser una familia —pensó”

En realidad los padres de James, estaban encantados con recuperar a su hijo, y disfrutar por fin de sus nietas, olvidando viejas rencillas. Habían pasado ya muchos años, y estaban dispuestos a aceptar a Alice como lo que realmente era, una Mongabay.

—Mama me quiere más a mí —dijo Dora.

France que era muy sensible empezó ya a lloriquear. El instinto de hermana mayor de Dora se activó, siempre le gustaba hacerla rabiar, pero cuando veía llorar a su hermana se le partía el corazón. La dura dicotomía entre hermanas.

—Es broma tonta, no llores —le pidió.

France sonrió y se lanzó a sus brazos, dejando caer al suelo su peluche. —Que ganas tengo de ver a mama —contestó.

Era un viaje largo y faltaban horas para llegar a casa para compartir ese abrazo con su madre, pero se tenían una a la otra, nadie podría romper nunca ese vínculo de amor entre hermanas de sangre.

—Mira, Mira Dora, que grande se ve la ciudad —dijo a su hermana.

Dora observo por la ventanilla, ciertamente volaban muy bajo, casi podía tocar las terrazas de las casas con su mano.

—Anda, que torres más bonitas —gritó France.



Alice Mongaby limpiaba la cocina de su casa, mientras miraba las noticias en el televisor.

—Noticia de última hora, un avión ha impactado contra una de las torres gemelas de Nueva York a las 8:46 horas de hoy 11 de septiembre de 2001.

Alice se desmorono cayendo al suelo, como lo harían poco después dos torres sepultando entre sus escombros los cuerpos de Dora, France, y James.

FIN.



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No podrán silenciarnos.


—Yo tengo un sueño —dijo Martin Luther King.

Soñaba con un día en que niños blancos y negros juntos de la mano andarían como hermanos. Soñaba con hombres y mujeres de diferentes religiones unidos cantando felices “Al fin Libres”

Pero un cobarde también soñaba con apagar ese sueño, y lo hizo realidad cuando disparó a su garganta para acallar su voz.

Y así ocurrió, mató a la voz, pero no al sueño, que sigue vivo cuando yo cierro los ojos, cuando tu cierras los ojos. Y ese sueño es más poderoso que las balas de la intransigencia.


FIN.


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lunes, 25 de mayo de 2015

Soñaban con un bebe.


Y rompió aguas, las contracciones y dolores del parto eran más fuertes que en anteriores embarazos, sin embargo ella estaba feliz. Carlos su marido también estaba pletórico y exultante. “Que alegría —pensó.”

Los abuelos lloraban de emoción por el nuevo devenir, pronto muy pronto vería la luz aquella criatura que tanta habían esperado.

Todo estaba dispuesto y en su sitio como cabía esperar, un acontecimiento así no sucedía cada día.

La mesa preparada, esperando ese manjar. Después de tanto tiempo tendrían cena.
—Qué malo es pasar hambre—.

FIN



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Reflexiones - Diario de un presidente de mesa electoral – Parte II


Bien, pues aquí escribo la segunda parte de esta reflexión, intentando recuperarme de la jornada. Sin duda se denominara “La fiesta de la democracia”, pero para mí, y para los compañeros de mesa, fue una larga y agotadora jornada.

Reunidos en la calle, a las puertas del colegio, estábamos los más madrugadores, apurando con largas caladas los que creíamos primeros y últimos cigarrillos del día, observándonos unos a otros, tras dirigirnos un frio “Buenos días”, preludio de las largas conversaciones que acontecerían a continuación.

Al abrirse las puertas y proceder a entrar, nos encontramos varias mesas, urnas aun vacías y montones de documentos con los que trabajaríamos aquel día. Los representantes de la administración comenzaron a leer listas de asistentes y confirmarnos nuestros puestos. Caras de resignación de los que nos quedábamos, contrastaban con las de alegría de los suplentes que no deberían hacerlo. Ellos podrían disfrutar de la fiesta de la democracia en la playa.

En unos minutos frente a la montaña de papeles, debes convertirte en un experto en leyes y protocolos electorales, ya que como presidente, y así te lo indican tanto los representantes de la administración como la policía, pasas a ser por arte de birlibirloque el “Jefazo”, el que manda. Cuidadito con ofrecer poder a según quien.

Esperaba ansioso el momento de sentarme a escribir estas líneas para contaros anécdotas ocurrentes y graciosas de la jornada, convirtiendo esta reflexión en un documento de humor sin parangón, sin embargo no será así.

Día largo, mediocre, agotador y gris. Todo el mundo fue muy formal y correcto, tan solo dos pequeñas anécdotas.

Una de las interventoras de un partido político estaba en su noveno mes de gestación. Bien, pensé. Aquí tenemos tema, rotura de aguas ambulancia que no llega a tiempo, yo atendiendo el parto como un héroe de película, para después escribirlo aquí y leer comentarios gloriosos felicitándome. Pero no, no fue así.

De todos modos, pobre chica, hacerle pasar ese rato simplemente para que yo tuviese una historia que contar tampoco me parece justo. En ocasiones me doy miedo a mí mismo.

El otro suceso fue una señora que primero se presentó a votar ella, después volvió otra vez, y quería votar en nombre de su hermana, ya que según entendía ella, como su hermana le había dado el documento nacional de identidad, y la papeleta debíamos dejarle votar.

Al rato apareció con los documentos del marido, y tuvimos que volverle a explicar que eso no se podía hacer. Por fin resignada volvió con su hermana y con su marido acordándose de todas nuestras madres porque no habíamos creído en su palabra.

La pobre mujer nos preguntó uno a uno a qué partido político pertenecíamos, pero no una vez, no, dos, tres, cuatro, cinco, hasta perder la cuenta. Cargado de moral y paciencia intentaba explicarle que nosotros éramos miembros de la mesa por sorteo, no por representar a un partido político.

—Mentira, eso no es cierto, vosotros sois políticos —nos decía.

El tono de su voz aumentaba por momentos, hasta que por fin le dije.

—Señora, yo estoy aquí en representación del partido de Kennedy—.

El rostro de la mujer adquirió una gran sonrisa.

—Quiero votar a Kennedy, ¿Dónde demonios están las papeletas? —gritaba.

“¿Que narices he hecho? —me pregunte.”

Tuve que perder media hora para explicarle que se trataba de una broma, y aun así, creo que no se marchó convencida. Explícale tú ahora a la señora, que en las municipales no tenemos ese tipo de candidatos, que se olvide de Kennedy, y se centre entre Manolo “el cojo” y Juanito el de la Trini que ahora es del PSOE. Debo reconocer que fue una broma cruel.

Para finalizar, tuvimos un recuento de votos tranquilo, sin demasiadas incidencias.

Un último cigarrillo en la puerta del colegio electoral, entre bromas y comentarios de nuevos amigos. Promesas de quedar algún día para hacer un café, promesas que no se cumplirán.

La fiesta de la democracia, tantas promesas incumplidas.

viernes, 22 de mayo de 2015

Reflexiones - Una del Oeste


 Como un juego, un pasatiempo, bueno, mejor dicho como un reto, decidí escribir un relato sobre el oeste americano del siglo XIX. Si, efectivamente como aquellas películas de indios, vaqueros, forajidos, granjeros, ganaderos, sheriffs, y como no, aquellas preciosas chicas del salón que alegremente mostraban sus pantorrillas al son del can-can.

—Camarero, un bourbon –pediré sin hielo, como los hombres de verdad, aquellos de los que ya no quedan.

Para los metrosexuales actuales, mejor conformarse con una zarzaparrilla, que está bien, unimos dos mundos, el del oeste y el políticamente correcto de los productos light. En realidad no sé si la jodida zarzaparrilla es light, pero al menos no tiene alcohol. Aunque qué demonios, inventemos el cubata del Far West.

—Camarero, un cubata de bourbon con zarzaparrilla—.

Me estoy dispersando amigo, mis disculpas. Aquí te dejo el enlace del relato en este blog por si te apetece leerlo.

Pulsar para leer.



Ahora es tiempo de reflexión, demonios otra vez, hoy no estoy por la labor. Es tiempo de homenaje a aquellos autores que en la España de los años cincuenta escribían pequeños relatos del oeste americano.

Los más jóvenes tal vez no sepan de qué estoy hablando, sin embargo los nacidos en los años sesenta, recordaran aquellas novelitas pequeñas generalmente de la editorial Bruguera que vendían en los quioscos. Recuerdo a mis mayores leyéndolas entretenidos, devorándolas, para al terminarlas volver al quiosco y adquirir otra. Como curiosidad, os contare que costaban si no recuerdo mal 5 pesetas, pero la podías devolver, y entonces el quiosquero te descontaba unas pesetas de la siguiente. Es decir, eran libros para usar por más de un lector, pasaban de mano en mano, descubriendo las praderas y las diligencias a ávidos lectores que no se hubiesen aficionado a la lectura de no iniciarse con ellas.

Desde aquí mi rotundo homenaje a aquellos autores considerados injustamente menores, que escribían semana a semana páginas enteras para poder dar de comer a sus familias.

-Pulsar en el nombre para ir a su biografia

Marcial Lafuente Estefanía
José Mallorquí Figuerola
Francisco González Ledesma
Juan Gallardo Muñoz
Francisco Javier Miguel Gómez
Antonio Vera Ramírez
Eduardo de Guzmán
Javier Tomeo Estallo
Miguel María Astraín Bada
Pedro Guirao Hernández
Alfred Revetllat Fosch


A todos ellos sirva de homenaje esta pequeña oda, y mi relato.

Y también un homenaje OJO SPOILER* Cuidado que destripo, A aquellos niños que jugaban en el patio del colegio peleándose por ver quién sería el sheriff y quien el pistolero, quien sería el indio, o quien el vaquero.


*Nunca me ha gustado la palabra spoiler, en realidad ¿Eso es una palabra? Por lo menos no en mi lengua.

El Dilema


—Capitán en el puente —gritó el alférez Cooper.

Tom entró raudo en el puente de mando de la nave espacial USS Minnesota, en servicio de exploración en el cuadrante Gamma, sin prestar atención alguna a las formalidades del joven alférez.

—Informe de situación comandante Prince —ordenó el capitán.

La sala era un bullicio de personas corriendo de un lado a otro, observando los monitores, absortos en su trabajo, intercambiando conjeturas entre ellos. El comandante Prince les observaba sereno y tranquilo, pero ansioso en realidad por poder ofrecer datos exactos al capitán. Habían sido compañeros de academia, y pese a la diferencia de rango eran amigos del alma, sin embargo, cuando Tom ordenaba algo, la amistad pasaba a un segundo plano. Lo pedía, y lo recibía, como no podía ser de otro modo entre oficiales de la flota estelar.

—Mensaje del almirantazgo, es una situación de urgencia, debemos situarnos en la órbita del planeta Iron X7 e intervenir, al parecer sus habitantes están a punto de empezar una guerra —dijo el comandante mientras le entregaba una tableta que contenía dicho mensaje.

Tom leyó despacio, efectivamente los datos estaban claros, y su obligación como oficial era cumplir las órdenes.

Desde los tiempos de la fundación de la federación, la flota había estado al servicio de la pacificación galáctica, sobre todo cuando un planeta como aquel había enviado una solicitud para ingresar en la comunidad. Todavía no era un planeta aceptado y de pleno derecho, pero al tratarse de un punto estratégico en el cuadrante gamma, la federación tenía un especial interés en el bienestar del planeta.

—Preparen una lanzadera, Cooper, Prince, conmigo al hangar 4 —ordenó Tom.

Corrieron detrás de él, era difícil seguir su ritmo, ese endiablado capitán podría ganar cualquier olimpiada de la galaxia.

El motor antimateria de la lanzadera Terra II emitió un leve zumbido al activarse. El capitán a los mandos fijaba el rumbo hacia el planeta mientras el joven alférez observaba aquel mundo, tan parecido a su amada tierra. Cooper era el típico marino de carrera por imposición familiar, era amante de la música y las letras, el mundo de la flota estelar y la galaxia, nunca le interesaron, sin embargo, no se atrevió a contradecir a su padre el almirante Cooper. Si eras un Cooper, eras un marino, no había otra opción desde los tiempos de la batalla de trafalgar. Y allí estaba el, tan lejos de San Francisco, apunto de desembarcar en un planeta dispuesto a entrar en una guerra. “Es mi deber —pensó”

—Solicitud de comunicación del líder Trasenkov, Capitán —dijo Prince.

—En pantalla —ordenó Tom.

El monitor les ofreció una nítida imagen del líder, un hombre mayor, que aparentaba más de setenta años, de rostro duro, y expresión altiva.

—Miembros de la federación, les espero en mi palacio dentro de quince minutos, mi tiempo es oro —advirtió cuasi como una orden, al tiempo que cortaba la comunicación.

—Parece que tenemos un anfitrión parlanchín —dijo Cooper sin poder evitarlo.

Tom estallo en una carcajada, el alférez tampoco pudo aguantar la risa, tan solo permanecía con semblante serio e inmutable el comandante Prince. En realidad, pese a su amistad Tom nunca le había visto reír.

La lanzadera se estremeció al entrar en contacto con la atmosfera del planeta, lo que provoco que ambos recuperaran la compostura.

El capitán introdujo en el panel de control las coordenadas del palacio real de Munderton. No tardaron en aterrizar más de cinco minutos. La plana mayor del ejército mundertonita les recibió con honores militares.

Fueron conducidos a la estancia de reuniones del palacio donde el líder Trasenkov saludo con un breve apretón de manos a Tom, sin prestar atención a los dos otros miembros de su tripulación.

—Caballeros, les presento a mi archienemigo Casius, líder de los Takerfal –les dijo.

—Hemos venido a evitar esta guerra —afirmó el capitán sin formalismos, directo al grano como constaba en todo su historial militar.

Le pusieron rápidamente en antecedentes, se trataba de una guerra por cuestiones religiosas. Según la “Tulark” libro sagrado de los Takerfal, ellos eran los elegidos del dios Katum para gobernar el planeta, y su deber era extender su religión y adoracion a Katum a todos sus habitantes.

“Acepta la fe de Katum, o muere maldito apostata —decía el salmo veinticinco de la Tulark.”

Por su parte el libro mágico de los Munderton, la “Karmatica” no era menos exigente en sus dogmas, ya que decía en sus escrituras que si una persona no amaba al dios Palin sobre todas las cosas no merecía morar el planeta, y que todo buen mundertonista debía dar muerte al infiel.

Tom estaba abrumado por tan crueles ideas, y si su dogma era firme, difícilmente conseguiría poner paz entre ellos, aunque su obligación como miembro de la federación era intentarlo.

—Señores líderes, ¿Es posible que depongamos estas actitudes para intentar mantener una vía coherente en beneficio de los habitantes de Iron X7? —interrogó el capitán.

Tanto Tasenkov como Casius le miraron sorprendido, no entendían como aquel marino estelar no comprendía que debían obedecer a su dios, y seguir sus sagradas escrituras.

—Si no cesan sus hostilidades, no podrán ustedes ser planeta miembro de la federación. De todos modos, tampoco entiendo su interés por pertenecer a ella —les dijo.

Casius le miro arrogantemente, y le dijo:

—Lo dice la Tulark, cuando seamos miembros de la federación todos deberéis abrazar el tankernismo, y convertiros, cientos de planetas adorando al mismo dios, así lo quiere Katum y así será—.

Acto seguido saco su arma laser de la funda y apuntando al alférez Cooper le interrogó:

— ¿Crees en Katum, tu único dios?—

Cooper no pudo ni responder, no entendía lo que estaba sucediendo, y en realidad tampoco lo llegaría a entender nunca, porque Casius accionó el arma desintegrando al alférez.

—Malditos, ¿Qué demonios? —grito Tom intentando sacar su arma.

No tuvo tiempo, varios esbirros de los dos pueblos les inmovilizaron. Ahora era el turno de Trasenkov, que apuntando con su arma al comandante Prince le interrogó:

— ¿Crees en Palin, infiel?—

Prince intento responder que sí, que creía, al menos hasta poner su cuello a salvo de aquellos barbaros, pero nada salió de boca, su disciplina militar pudo más que él.

Trasenkov disparo sobre el comandante y mirando a Tom le dijo:

—Del mismo modo que han muerto tus dos hombres, morirán millones de personas en esta guerra santa, y muchos más hasta que todos los habitantes de la galaxia adoren al único dios, palabra de Palin—.

—Adoraran a Tulark —afirmó Casius.

Estaba claro, la guerra no cesaría hasta que una de las dos religiones fuese aniquilada, y el paso siguiente seria convertir a todos los planetas de la federación.

—Transmite nuestro mensaje a todos los mundos —ordenó Trasenkov.

Lleno de rabia e ira contenida el capitán subió a su lanzadera y se dirigió hacia la USS Minnesota.

—Capitán en el puente —gritó el alférez Freidon.

Tom les miró, estaba alterado, debía tomar una decisión inmediatamente.

—Teniente Pandelton, apunte al planeta con los fasser de alta graduación —ordenó.

Todos le miraron asustados, ¿Estaba dispuesto a destruir un planeta entero?

—Fuego en uno, dos…….alto —gritó.

Entonces lo entendió, no debía echar por la borda toda su carrera, si hubiese destruido el planeta como venganza por la muerte de dos oficiales, debería de enfrentarse a un consejo de guerra, por otro lado si no lo destruía el pueblo victorioso que saliese de Iron X7 llevaría tras de sí la destrucción a la federación. Pero había otra solución.

—Timonel, vire la nave. Propulsión media, salimos de esta orbita —ordenó.

Se dirigió en silencio hasta el alférez Freidon, y sin que nadie les escuchase, le ordeno que tomara dos lanzaderas con control remoto, y que enviara la primera a Munderton, y la segunda a Takerfal.

—Teniente Pandelton, tome el mando, me retiro a mis aposentos —ordenó el capitán.

Entro en su habitación se descalzo, y sirviéndose un vaso de bourbon venusiano lloro por la memoria de su amigo Prince, y del pobre alférez Cooper. Tendría que decírselo a su padre el almirante, menudo trago “Papa, Carl ha muerto —pensó Tom Cooper.”



Cuaderno de bitácora:

Año estelar 2456

El comandante Prince y el alférez Cooper han muerto en acto de servicio, su comportamiento como cabía esperar de oficiales de la federación ha sido ejemplar.

El planeta Iron X7 continua en guerra, se trata de una guerra religiosa, no creo que puedan unirse a la federación ya que ellos mismos destruirán su mundo.

Los informes de inteligencia sobre que no tienen armas de destrucción masiva no son correctos, he recibido notificaciones de que tienen arsenales de bombas atómicas Campbell de nivel 9 conseguidas en el mercado negro. Si no cesan las hostilidades pueden llegar a explosionar su mundo.


Cap. Tom Cooper, Comandante de la USS Minnesota.


Tom cerró su ordenador, y se estiró en la cama sonriendo.

En aquellos momentos dos lanzaderas sin tripulación se dirigían hacia Munderton y Takerfal. En sus bodegas había un bonito regalo, preciosas bombas atómicas Campbell de nivel 9. Seguro que sus líderes sabrían darles buen uso en nombre de Palin y Katum.



FIN



Relato incluido en el libro "38 Relatos Cortos - Volumen I" 
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jueves, 21 de mayo de 2015

Bob "El Pecas"

 
Robert T. Brian, el asesino más buscado en todo el oeste de la Unión. Su cabeza tenía un precio, “Vivo o Muerto” decían los carteles. No sería yo, quien intentase detener a Bob “El Pecas” como le apodaban. ¿Tal vez tú?, eres valiente amigo, pero piensa que podrías pagar un alto precio por esa osadía, tu vida.

A lomos de su caballo, inmóvil en aquella colina, divisaba el pequeño pueblo de Oldyard. Había recorrido junto a su socio Bill Henderson, más de doscientas millas, en busca de aquel preciado botín.

— ¿Ese es el pueblo? —peguntó Bill.

Bob permanecía en silencio, ausente, absorto en sus pensamientos, observando el horizonte. De pronto sonrió.

—Sí, amigo, ese es. Y ahí está su banco, con el mayor botín que hayas podido imaginar en tu sucia vida —le respondió.

James Talegon, antiguo compañero de presidio, le habló de ese lugar, de cómo cada viernes de fin de mes, los fondos para pagar los jornales de la Southern Pacific abarrotaban las pequeñas estancias del banco.

Colina abajo marcharon hasta llegar al pueblo. Una calle principal prácticamente desierta, con alguna vieja lugareña de mirada curiosa, y algún mozalbete que no tenía el valor suficiente para mirar directamente a aquellos forasteros.

Soplaba el viento con fuerza, la seca arena de la calle impregnaba el aire, lo que incomodó mucho a Bob. Sin embargo, eso era bueno, ese clima no favorecía a que curiosos transeúntes pudieran reconocer su cara en los carteles.

Observaron el Salón vacío, tan solo un camarero se encontraba limpiando la barra.

—Entremos, necesito un trago —dijo Bill.

Bob, le miró, estaba cansado de ese socio caprichoso “¿Ahora quiere beber? —pensó”

Escupió su tabaco de mascar rozando las botas de su compañero, y sin inmutarse asintió con la cabeza. Tenían todavía unas horas hasta la puesta del sol.

—Dos tragos de tu mejor bourbon amigo —dijo desde la puerta del Salón.

El camarero, sin pronunciar ni una palabra, les sirvió de mala gana un extraño mejunje de color marrón en unos pequeños vasos de cristal.

Bob lo escupió, no había probado nada tan vomitivo en todo el oeste del Mississippi. Bill sacó su arma y encañonó al camarero.

—Si esto es lo mejor que puedes ofrecernos, esta noche serás pasto de los coyotes —le amenazó.

—Perdón, perdón, amigos —lloriqueó el barman.

Saco de un estante escondido una flamante botella, y procedió a servirles dos tragos.

—Deja la botella —le increpó Bob,

Ambos disfrutaron de ese exquisito bourbon, hacía tiempo que no gozaban de tan sabrosa pócima.

—Ha llegado la hora —dijo mirando fijamente a su socio.

Salieron del salón, dirigiéndose al banco. La calle principal continuaba desierta, el sol era tan justiciero que Bob empezó a sudar. No por miedo, él no sabía lo que era eso, era aquella maldita humedad. La odiaba, después de este golpe, se marcharía al norte del país, en busca de pastos verdes donde compraría una granja y criaría a sus hijos junto a su amada Peggy Sue.

Entraron en el banco, estaba en silencio, tan solo un hombre, sentado en una silla, parecía haber estado aguardándolos. Frio como el hielo, les miró, su expresión era dura, les había reconocido y no pensaba permitir que robaran ni un solo centavo.

Fue más rápido que un relámpago, en menos de un segundo había sacado su revolver Colt 45 Peacemaker, del que salió la mortífera bala que atravesó el cráneo de Bill, sin que este tuviese tiempo de emitir palabra alguna.

Apuntó a Bob, mirándolo de nuevo con odio, como si hubiese soñado con tenerlo a su merced millones de veces.

—Te tengo, amigo, he atrapado al sucio Robert T. Brian —dijo mientras su rostro se contraía formando una irónica sonrisa.

Se acercó a él sin dejar de apuntar su arma, pero no le disparó, enfundó su revólver y con ambas manos golpeo el pecho de Bob. Este salió disparado contra la pared. Fue un duro golpe, sintió crujir sus huesos, cayó al suelo quedando con la cabeza agachada.

Observó sus rodillas, estaban sangrando por el golpe, la sangre bajaba por sus piernas manchando el suelo y sus botas. Levantando su cabeza, buscó la mirada de ese hombre, se estaba mofando de él, sin una pizca de respeto.


Eso enfureció a Bob, una lágrima empezó a brotar por sus ojos.




—Buaaaaaaaaa, señorita, este tonto me ha hecho daño —Gritó mientras corría a los brazos de su maestra en aquel patio de colegio.

Robert T. Brian, Bob “El pecas”, Roberto… no era tan duro como aparentaba.