domingo, 27 de septiembre de 2015

Reflexiones - El placer de crear un villano.


Hoy estaba en casa tranquilo. Un domingo apacible, después de comer y de una buena siesta, me he dispuesto a leer mensajes y comentarios de mis compañeros en los círculos literarios que sigo, para a continuación proseguir con un nuevo capítulo de mi novela Arcadia. Todo ello frente a un humeante café, el perfecto elixir de los escritores.

Empezaba a alcanzar ese punto hipnótico casi de viaje astral, en el que el mundo real desaparece. Dejas de ver el teclado y el ordenador, y cuando miras a tu lado, te encuentras sumergido en la ubicación soñada, respirando el mismo aire que tus personajes, sintiéndolos reales y llenos de vida.

Justo en ese momento, me he dado cuenta de que no era el momento de continuar con la historia, sino de repasar lo ya escrito. Eso me ha conducido a esta reflexión que publico hoy en lugar de un nuevo capítulo.

He empezado a analizar los personajes, a pensar sobre ellos. ¿Qué les aporto yo a sus personalidades, y que me aportan ellos a mí? En ese preciso instante me he dado cuenta que absolutamente todos tienen algo de mí, desde los más inocentes a los más malvados. Por ese motivo aunque pueda tener mis preferencias momentáneas, los quiero por igual a todos, como si fuesen mis hijos.

Si es cierto que en ocasiones puedo poner en boca de algún personaje heroico palabras que me gustaría haber pronunciado a mí ante una multitud expectante, también es cierto que sucios instintos internos ponen en boca de los personajes malvados cosas oscuras de mi corazón.

Esta reflexión va dedicada a los villanos de nuestros escritos. En ocasiones en algún relato corto he intentado ponerme del lado del villano, mostrar su realidad, pero cuando realmente disfruto, cuando siento un verdadero placer es dando vida a un maldito y despiadado villano con un solo plano emocional. El villano que no tiene cara oculta, el que no tiene sentimientos empáticos hacia los demás, el más terrorífico y despreciable. El que hace el mal por el mero placer de hacerlo. Ese villano mío particular es James Montgomery Jager. Para los que no lo conozcáis, solo puedo animaros a leer la novela, y explicaros que es el ser más abominable del universo. Los que hayáis leído Arcadia ya sabréis de quien hablo.

Crear un villano me produce un grandísimo placer, puedo poner dentro de una coctelera todo lo peor de mí, lo que más odio de mi pareja, lo que no soporto del vecino del quinto, lo inaguantable de mi jefe, las imágenes de horror que vemos en los noticiarios, lo que siento cuando veo disculparse a los políticos corruptos tras sus viajes a Suiza, lo que escucho cuando sus compañeros los justifican, o juran que ellos no sabían nada, lo que pasa por mi cabeza cuando escucho que a un ciego le hicieron firmar sin leer unos papeles comprometiéndose a comprar unas acciones preferentes y perder por ello los ahorros de su vida, lo que veo en la cara de los agentes judiciales que notifican a una anciana que va a ser desahuciada de su casa, y la de los agentes de policía que la expulsan a empujones.

A todos ellos, mil gracias porque con vuestra ayuda he creado el peor de los malvados.

Y si, siento placer al escribir sobre él.


viernes, 25 de septiembre de 2015

Hermanos


El sol quemaba sin piedad aquella tarde en Viper City. La calle principal estaba completamente desierta, ni siquiera las serpientes o los alacranes reunían el valor suficiente para permanecer a la intemperie. Nadie, salvo el Sheriff O‘Brian cuya sombra se extendía a lo largo de la avenida.

James O’Brian escupió al suelo su tabaco de mascar, que se convirtió en pocos segundos en una piedra por la fuerza del calor.

“Te espero Cicatrices Tom, sabandija —se dijo”.

El árbol de los ahorcados estaba dispuesto para recibir al maldito Stepson que permanecía encerrado en la cárcel esperando su destino. Condenado a morir por el asesinato de Mary y Anne, dos gemelas de diez años, cuyo único delito había sido estar donde y cuando no debían.

Dos balas perdidas en el atraco del banco central habían sesgado sus cortas vidas. No eran el objetivo de Stepson, sin embargo pagaron por su codicia.

—Ven a liberar a tu socio, Cicatrices Tom. Nada me produciría mayor placer —dijo el Sheriff en voz alta pese a estar completamente solo.

O’Brian comprobó sus dos revólveres. Dos Colt SAA con capacidad para seis balas cada uno. La banda de “Cicatrices” era de diez hombres, por lo que aún le sobrarían dos cartuchos si la suerte permanecía a su lado.



En lo alto de la colina, donde se podía observar perfectamente el pequeño pueblo de Viper City, Cicatrices Tom contemplaba junto a sus secuaces el desolado espectáculo.

—¿Vamos ya, Jefe? —preguntó el viejo Tobías.

—No, aún no —respondió escuetamente Tom haciéndole un gesto para que se callara.

El silencio era su aliado, le permitía pensar, decidir cuál sería su próximo paso. “Deberíamos bajar y liberar al hermano Stepson —se dijo”.

Stepson era su socio, su compañero de fatigas, el lugarteniente de aquella triste banda de malhechores. Desde que le conoció muchos años atrás en la penitenciaria del condado en Kansas, sus destinos se unieron convirtiéndoles en más que amigos, en verdaderos hermanos. Y ahora aquel mequetrefe del Sheriff James O’Brian pretendía ajusticiarlo ante sus propios ojos.

Desde luego tenía que reconocer su valor al intentar llevar a cabo el ahorcamiento sin que nadie le apoyase. Sin duda aquel paleto se había convertido en un auténtico lobo solitario.

—¿Y ese Sheriff es peligroso? No sabemos quién es —volvió a preguntar Tobías.

—Puedes ir a preguntárselo. Aunque temo que te conteste a tiros —le respondió Tom acompañado de las carcajadas del resto de sus compañeros.



Mientras tanto en Viper City, dos hombres, un sacerdote y el único ayudante del Sheriff con el valor suficiente para permanecer en el pueblo, salieron de la cárcel acompañando a Stepson al patíbulo.

—Ven apestoso coyote, ven. Tengo unas balas que llevan tu nombre —dijo O’Brian en voz alta.



Cicatrices Tom permanecía indeciso. Sus hombres esperaban bajar al pueblo para salvarle la vida a su hermano de armas, pero el permanecía quieto, impasible, sumido en sus pensamientos. “Si, debo salvarle la vida a mi hermano —se dijo”.

Los recuerdos acudieron a su mente. Tantos años compartiendo miserias y desgracias con el único consuelo de su compañía. No siempre se había portado bien con el como se esperaba de un hermano. Había llegado el día de pagar su deuda.

—Vámonos, muchachos, nos largamos de aquí —gritó.

—¿Pero no teníamos que salvarle la vida a tu hermano? —Preguntó de nuevo Tobías.

Cicatrices Tom, no respondió, simplemente volteó su cabello para dirigirse hacia la puesta del sol, muy lejos de Viper City y de su verdadero hermano pequeño, el Sheriff James O’Connor.


FIN.



Escrito para el círculo de escritores. Edición: RELATOS DE COWBOYS (El Extraordinario Oeste)
  http://elcirculodeescritores.blogspot.com.es/2015/09/concurso-de-relatos-de-cowboys-el.html 



lunes, 21 de septiembre de 2015

El prepotente


Estoy ya harto de ese vecino maleducado y prepotente. Cada día la misma película!!!

Perdón, me presento. Mi nombre es Carl Palmer, trabajo en una agencia de publicidad en el piso noveno del 729 de la séptima avenida de Nueva York. Mis socios y yo fundamos la Palmer Clinton & associates hace siete años.

En realidad, pese a ser un edificio muy grande nos conocemos prácticamente todos los inquilinos, y existe gran cortesía entre nosotros. Bajar o subir en el ascensor, cruzarnos en el vestíbulo, o en la avenida camino de las oficinas, es el momento idóneo para dedicarnos unos saludos conforme a las etiquetas de la buena educación.

—Buenos días señora Cooper.

—Buenos días señor Palmer. ¿Todo bien?

Personalmente considero que no cuesta nada. No es necesario explicarnos nuestra vida, pero esas pequeñas muestras de respeto hacen más civilizada las relaciones entre las personas.

Sin embargo, el vecino de la décima planta, por mucho que te cruces con él nunca te saludara, como mucho te mirara con esa cara de bobalicón.

Siete años, aproximadamente mil ochocientos días laborales sin recibir un saludo de su parte. Siempre me digo que mañana no lo saludare, pero cuando llega el momento soy incapaz de negarle un buenos días pese a su mirada de prepotencia. Tal vez mañana me decida por saludarlo con un puñetazo en la cara.

Me voy a centrar en mi trabajo, tenemos una presentación para la marca de chocolates NATUR. Vamos a realizar un spot donde un hombre con aspecto de tonto corre tras un camión cargado de chocolatinas.

—Carl ¿A quién podríamos contratar con cara de atontado? —pregunta mi socio.

—Al idiota del décimo piso, con esa cara de anormal —le respondo entre risas.

Mi socio se calla, ese comentario no le ha causado ninguna gracia.

—No seas así Carl. ¿No sabes que ese hombre es sordomudo?


lunes, 14 de septiembre de 2015

Bajo el mismo sol

Desde el Círculo de Escritores, se ha convocado el concurso RELATOS A DÚO, en el cual dos autores deben escribir juntos un relato.

En esta ocasión hemos trabajado en pareja Ramón Seres de Luz Blog, y yo.

A continuación os presento la parte inicial del relato que me ha tocado escribir a mí, y al finalizar esta, dejare el enlace al blog de Ramón, donde encontrareis el final de la historia.

Sin más dilación…



El agua helada del estrecho de Marchin mojó el rostro de Maite devolviéndola a su dura realidad. Agarrada a Pedro, su hijo de seis años, recorrían la distancia que les separaba de Libertaria en una barcaza junto a trescientos compatriotas.

¿Dónde había quedado su vida feliz, y su trabajo en el Hospital de Ciudad Capital? Todo había sido arrasado por la guerra. Los insurgentes habían tomado la ciudad, devastando, robando, violando, y matando como si hubiese llegado el día del juicio final.

Tritón era un país sumido en una cruel guerra civil. Miles de ciudadanos huían despavoridos de la barbarie. Aquel maldito conflicto les había convertido en compañeros de viaje, sin distinción de su clase social.

“Libertaria” cuna de la civilización, ya se divisaba en el horizonte. Los pasajeros de la barcaza sonreían por primera vez desde hacía meses. “Aquí podremos refugiarnos, nos acogerán y darán asilo“ se decían.

—¿Hoy podremos comer, mamá? —preguntó Pedro.

—Sí, hijo, ellos nos van a ayudar —respondió Maite acariciando la cabeza del pequeño.


En la orilla, la policía fronteriza miraba la embarcación sin dejar de apuntar con sus fusiles de asalto a los civiles.

—Putos emigrantes, ¿Cuándo entenderán que aquí no hay recursos para todos? —dijo el cabo Fernández.

Algunos rieron con ganas la ocurrencia del cabo, otros asentían serios con la cabeza; sin embargo Luis, el más joven, les miraba con tristeza. “¿No somos el adalid de los derechos humanos?” pensó. “Este Fernández es imbécil”

Los pasajeros de la barcaza empezaron a lanzarse al agua, intentando llegar pronto a la orilla.

Fernández agarró del pelo a Pedro.

—Quieto mequetrefe —ordenó.

Maite se volvió hacia él con la intención de que soltara a su hijo, y lo logró gracias a su suplicante mirada... Sumisamente, se sentaron en la arena…



Para leer la parte final del relato escrita por Ramón Seres de Luz, deberéis seguir el siguiente enlace.






sábado, 12 de septiembre de 2015

Apocalipsis






No recuerdo lo que ocurrió anoche. En realidad, ni siquiera consigo acordarme de quien soy. Lo único que viene a mi mente con gran esfuerzo, es la imagen del Hospital central abarrotado de gente enferma y los médicos corriendo desesperadamente.

Sí ahora lo veo, recuerdo las luces mortecinas de la sala de espera, y como peleábamos entre nosotros por ser atendidos. Aquello debió ser sin duda una gran plaga.

¿Pero qué hago aquí rodeado de cadáveres? Debo salir al aire libre, buscar a alguien que pueda ayudarme.

La calle está vacía. La ciudad es ahora un desierto. Mire hacia donde mire solo veo vehículos abandonados y cadáveres. Dios, esto ha sido sin duda una guerra. Por fin lo han conseguido, han aniquilado a la humanidad con la batalla final. Pero, si hubiese sido una bomba la ciudad estaría destruida. No, definitivamente no ha sido una bomba, puedo ver comercios y restaurantes en perfecto estado. Sin personas vivas es cierto, pero desde luego no presentan aspecto de haber sido dañados.

Debo relajarme, centrarme. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, yo no estoy muerto, sigo de pie, puedo caminar, y siento un hambre terrible.

Entro en un bar para buscar víveres, pero todo lo que encuentro me produce un asco tremendo, no comería eso por nada del mundo. Es muy probable que un extraño virus haya causado esto. Ha atacado a todo lo que es orgánico, tanto a hombres como a alimentos, por suerte, yo me siento bien.

Vuelvo a salir a la calle. Buscaré supervivientes, es imposible que yo sea el único. Tenemos que organizarnos.

Camino durante horas, pero no estoy cansado. Deben ser mis ansias por encontrar gente viva.

—Eh,!! Mirad, en la esquina —grita un grupo de personas.

Oh, gracias, gracias, no estoy solo. Camino hacia ellos, estoy a punto de llegar. Una señora mayor me observa. Siento ganas de estrecharla entre mis brazos, pero ella me mira con temor.



—Joder… Disparad a ese puto Zombi.

Caigo, me duele, muero por segunda vez.

martes, 8 de septiembre de 2015

Cóndor


Aitor corría todo lo rápido que podía hacerlo un niño de nueve años. Se dirigía contento hacia la panadería, su mama le había entregado cuatro reales para comprar tan solo una onza de pan, lo que significaba que podía quedarse el cambio y conseguir algo de regaliz.

Hacia un día espléndido para disfrutar de las golosinas y compartirlas con Edurne, su primer amor de niñez. Todo parecía estupendo aquel 26 de abril de 1937 en la población de Guernica.





El chico de la curva






Blanca aceleró el motor de su Ford Explorer. Sus deseos de llegar a casa crecían a cada instante que pasaba, y más tras esa desastrosa cita a ciegas. “No volveré a hacer caso a mi hermana —se dijo”.

Con una increíble regularidad mensual, su cuñado y su hermana planificaban para ella encuentros con fabulosos candidatos según su criterio. Ella estaba cansada de cumplir por compromiso. Además, ninguno de aquellas citas le había proporcionado una velada mínimamente interesante.

Volvería a estar tranquila durante treinta días centrada en su trabajo como abogada, y en el cuidado de sus gatos. No necesitaba de momento a ningún hombre en su vida, tal vez alguno de tanto en tanto en su cama, pero para eso no necesitaba ni a su hermana ni a su cuñado.

“Todavía soy joven y atractiva, encontraré un trozo de carne cuando lo necesite, y cuando caduque, lo arrojaré a la basura y punto —pensó”.

Divisó a la lejos la figura de un atractivo joven que haciéndole señas con el dedo pulgar le solicitaba trasporte. Nunca fue una mujer miedosa, tal vez sería por sus conocimientos de kárate, o porque era el tipo de persona que creía que nada malo podría ocurrirle, antes de demostrarle al mundo que había venido a este para algo.

— ¿A dónde te diriges? —preguntó.

—Tan solo a tres kilómetros, ¿Me llevas? —respondió el joven.

Blanca le dio un buen repaso de arriba abajo “Puedes ser el juguete que necesito esta noche, creo que llegaras un poco más lejos de tres kilómetros —se dijo divertida”.

El joven subió al automóvil, y permaneció en silencio gran parte del trayecto, Blanca empezaba a dudar que ese tipo tuviese sangre para nada más que contemplar el paisaje.

—Conozco la zona, aquella curva a lo lejos es muy suave, no es peligrosa, puedes mantener el ritmo —advirtió el chico.

Blanca incluso aceleró, había olvidado la idea de hacer nada con él, y deseaba llegar pronto a su casa para darse un buen baño y aliviar su calentura con un poco de autocomplacencia.

La curva llegó, y para su sorpresa era cualquier cosa, menos suave. Era la curvatura más cerrada y peligrosa que había visto en su vida. El coche derrapó hacia la izquierda. El sonido del metal al romperse contra la valla la estremeció. Se volvió con mirada interrogativa hacia aquel joven, pero este ya no estaba en el asiento del copiloto. Lanzando un fuerte grito mientras caía por el acantilado saludó a la muerte.

Dos minutos más tarde, aquel chico volvía a hacer autostop en el mismo punto de la carretera. Su mirada era fría, oscura, llena de rencor, rebelaba lo que su mente se decía a sí mismo sin cesar.

“Si yo morí en esa curva, vosotros también lo haréis, CABRONES”.