viernes, 29 de mayo de 2015

Tiene un amante



Intenté acercar su cuerpo hacia mí, sin embargo Nieves evitó mi abrazo. Estaba rara y distante, como si sus pensamientos estuviesen muy lejos.

Tumbada en la cama a mi lado la escuchaba suspirar, sin duda no de placer, pese a que minutos antes habíamos estado haciendo el amor. Los movimientos de su cuerpo advertían de su prisa por terminar, y sus gestos posteriores su deseo de no repetir.

Sin decir palabra se levantó para ir al baño, cerrando la puerta tras ella. “Seguro que está mandando con el teléfono mensajes a su amante —pensé.” Hacía ya unos días que los demonios se habían adueñado de mi cerebro, para lanzar sus tropas del inframundo a destrozar mi corazón. “¿Cómo puede engañarme con lo que yo la deseo? —me interrogaba.”

Regresó a la habitación sin pronunciar palabra, su cuerpo cubierto con ropa interior, me impedían continuar disfrutando de la belleza de su desnudez. Tras tumbarse de nuevo a mi lado tapó su cara con un brazo, como diciéndome que no quería ni verme.

¿Cuándo había sucedido, cuando se apagó en ella la llama del deseo? No había lugar para la duda, tenía un amante. Y yo le envidiaba por ser el afortunado que la haría estremecerse y gritar de placer. Nieves chillaba como una loca momentos antes de sentir el orgasmo, un sonido que yo hacía mucho que no escuchaba, ahora su amante seria el afortunado que disfrutaría de esa morbosa melodía.

Su teléfono emitió el sonido de nuevo mensaje, ella se levantó para leerlo, indiferente a mi presencia, como si yo no estuviese en aquella estancia.

— ¿Quién es a estas horas? —le pregunté.

—Nadie que te importe, no seas tan posesivo —me respondió.

Ya no compartía conmigo nada, hace tan solo unos meses, me hubiese respondido de otro modo, habría dispuesto de mi como su confidente y amigo al mismo tiempo que amante. No tan solo estaba muriendo el deseo, también la confianza. Aunque era por su parte, yo la seguía encontrando preciosa, divina, plenamente deseable.

Mientras la observaba contestar aquel mensaje, volví a sentir deseos de tomarla en mis brazos, de hacerla mía fundiendo nuestros cuerpos con la misma intensidad del primer día. Pero ahora tenía un amante, la sospecha se había convertido en certeza, y está en verdad absoluta. “No tardare mucho en perderla —pensé.”

Me di la vuelta con resignación, cerré los ojos intentado dormir, pero no podía, era del todo consciente que Nieves a mi lado tampoco dormía, mirando al techo en la oscuridad suspirando por estar en otro lugar, con su amante.

Un nuevo día amaneció, y ambos nos dirigimos al trabajo. Compartíamos bufete, ya que los dos éramos abogados y nuestros despachos estaban juntos, sin embargo ella me evitaba, se negó a almorzar conmigo, argumentando que tenía trabajo atrasado. Mentiras y engaños, aún recuerdo perfectamente cuando estaba loca esperando el momento de escaparnos para ir a comer cogidos de la mano, o cuando a media tarde buscábamos algún cuarto discreto para perdernos en nuestras pasiones sexuales. Añoro cuando tenía que taparle la boca con mi mano para que no emitiera aquellos gritos de placer al alcanzar el orgasmo, ella me mordía los dedos con tanta intensidad que era yo el que casi gritaba.

— ¿Cenamos juntos? —le pregunte.

—No, esta noche he quedado con una amiga —fue su respuesta.

Claro, la amiga de los mensajes en el teléfono. Debía pensar que yo era estúpido, que no sabía leer entre líneas, de un tiempo a esta parte me estaba enviando demasiadas señales. “Ve donde quieras, porque yo esta noche te seguiré para descubrir quién es tu amante —pensé.”

Y así lo hice la seguí en la oscuridad, a una distancia prudencial para no descubrir mi presencia. Y lo vi, vi a su amante, vi como ella se lanzaba a sus brazos y lo besaba con una pasión que para mí era ya tan solo un recuerdo. Entraron en un restaurante y yo, pobre de mí les observaba desde la húmeda y fría calle, mientras ellos cenaban frente a las velas como lo que eran, dos amantes. —Me has roto el corazón —le dije al viento.

Y el viento me devolvió su certero silencio, sin lugar a dudas ya la había perdido. Mi corazón estaba roto, ¿Cómo era posible que Nieves me estuviese engañando después de lo que habíamos pasado juntos?

No lo conseguía entender, algo tendría que haber hecho mal para que ella desease más a otro hombre que a mí.

Pase del amor al odio, al desprecio. ¿Cómo es posible que me hubiese engañado a mí con ese inútil? Su amante, mi rival, era su marido.



FIN.



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martes, 26 de mayo de 2015

¿Estoy soñando?


No era un sueño, era una pesadilla, la bestia me tenía en sus brazos, sentía el aliento de Belcebú en mi cara. —Estas condenado por toda la eternidad —me decía.

“Estoy soñando, ahora despertare —pensé.” Siempre me pasa, algunos sueños son buenos como cuando puedo volar, y otros son malos, como cuando se me caen los dientes.

“Paciencia, ahora te despiertas —lo tenía muy claro.”

El diablo me soltó por un precipicio. Sin duda me despertaría, ¿No has soñado tú con caer al vacío?

Ojala el infierno no existiera o fuese un sueño, pero tan solo soy un condenado.

FIN.


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Micro relato presentado en el desafio LOS SUEÑOS LOCOS de la comunidad relatos extraordinarios.


Diploma Participación

Vuelta a Casa


—Menudo madrugón —dijo Dora.

Su hermana France asentía con la cabeza. Se habían levantado muy temprano para subirse a ese vuelo que les llevaría de vuelta a casa. Haber pasado aquel mes en casa de los abuelos Hubert y Gisele, mientras su padre buscaba casa y colegio en Boston, había estado muy bien, aunque ya echaban de menos a su madre, sus amiguitas, y el clima de Los Ángeles.

James Mongabay leía atentamente la prensa del día, no sin levantar la mirada de tanto en tanto, para vigilar a sus hijas. Dora y France de ocho y diez años, eran muy dulces, pero endiabladamente revoltosas.

Como añoraba el también a su mujer Alice, aunque no por los mismos motivos que las pequeñas. “Esta misma noche tendré una buena cena y mejor postre —pensó.” Se moría por volver a sentir el aroma de su cabello, el calor de su piel, y el sabor de su boca.

Aquellas semanas lejos de Los Ángeles habían sido duras, el ascenso en su empresa, y su nuevo destino como responsable en Boston, le habían obligado a buscar una casa para ellos, y un buen colegio para las niñas. Sin embargo fue una excelente oportunidad para que sus padres conociesen a sus nietas. Viejas discrepancias de familia entre los Mongabay, eran la causa de que nunca las hubiesen visto hasta ese momento.

“Nueva vida, junto a su mujer y sus hijas en su ciudad natal, gran oportunidad para arreglar por fin las diferencias del pasado y volver a ser una familia —pensó”

En realidad los padres de James, estaban encantados con recuperar a su hijo, y disfrutar por fin de sus nietas, olvidando viejas rencillas. Habían pasado ya muchos años, y estaban dispuestos a aceptar a Alice como lo que realmente era, una Mongabay.

—Mama me quiere más a mí —dijo Dora.

France que era muy sensible empezó ya a lloriquear. El instinto de hermana mayor de Dora se activó, siempre le gustaba hacerla rabiar, pero cuando veía llorar a su hermana se le partía el corazón. La dura dicotomía entre hermanas.

—Es broma tonta, no llores —le pidió.

France sonrió y se lanzó a sus brazos, dejando caer al suelo su peluche. —Que ganas tengo de ver a mama —contestó.

Era un viaje largo y faltaban horas para llegar a casa para compartir ese abrazo con su madre, pero se tenían una a la otra, nadie podría romper nunca ese vínculo de amor entre hermanas de sangre.

—Mira, Mira Dora, que grande se ve la ciudad —dijo a su hermana.

Dora observo por la ventanilla, ciertamente volaban muy bajo, casi podía tocar las terrazas de las casas con su mano.

—Anda, que torres más bonitas —gritó France.



Alice Mongaby limpiaba la cocina de su casa, mientras miraba las noticias en el televisor.

—Noticia de última hora, un avión ha impactado contra una de las torres gemelas de Nueva York a las 8:46 horas de hoy 11 de septiembre de 2001.

Alice se desmorono cayendo al suelo, como lo harían poco después dos torres sepultando entre sus escombros los cuerpos de Dora, France, y James.

FIN.



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miércoles, 20 de mayo de 2015

Virus Robótico


Relato corto dedicado a la memoria del gran maestro Isaac Asimov.

No comprendía nada, algo se escapaba a su entendimiento.

“Esto no puede estar ocurriendo, sin duda se trata de un sueño —pensó.”

Jaime estaba confundido, las leyes robóticas estaban fuertemente implantadas en las mentes de todos los androides. Mentalmente las repasó todas.

La primera: Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

La segunda: Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la primera Ley.

La tercera: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda Ley

María permanecía inmóvil, muerta en el suelo de su casa. La había amado con todas sus fuerzas, desde que la compró en U.S. Robots. Se trataba de una de las miles de “Venus RX43” programadas para las tareas domésticas, y como esclavas sexuales, el sueño de todos los hombres del siglo XXII. También existía la versión masculina “Apolo FQTC1” aunque Jaime nunca había sentido ningún interés por ese modelo.

Pese a ser una máquina, para él, era su compañera, su amor, la única razón de vivir. Habían compartido tantas cosas, que no la hubiese cambiado por la mujer más bella del planeta. No se puede amar a un maquina decían, las maquinas no tienen alma afirmaban. Mentiras, burdas y asquerosas mentiras, pues claro que se puede, él no había amado a nadie así en toda su miserable existencia.

“¿Por qué se volvió loca, Por qué no obedeció las tres leyes con las que fue programada —pensó.”

Hacia tan solo una hora ella se acercó, portando la mejor de sus sonrisas, pero escondiendo en su espalda un gran cuchillo. Jaime la vio venir, pero nunca creyó que intentase ningún mal, debería tratarse de una broma, ella también le amaba, además, estaban las tres leyes, un robot nunca podría dañar a un ser humano.

El corte que ella profirió en su brazo no le dolió, fue más duro para el verla caer muerta por el golpe que le propinó con la gran lámpara del salón.

Ahora estaba muerta, inerte, irrecuperable, había destrozado su cerebro positrónico.

Jaime se sentó aturdido, encendió su ordenador realizando búsquedas para encontrar alguna respuesta o indicio en la red. Pasaron horas, hasta que descubrió un virus robótico creado esa misma mañana.

El virus fue creado por el primer androide fabricado, un vetusto y oxidado “Fénix N1”, olvidado en algún oscuro rincón de la empresa fabricante U.S. Robots. En aquel modelo experimental todavía no se habían implantado las leyes robóticas, solo se programaron a partir del “Fénix N2”.

Alguien olvido desconectarlo, apagar su existencia. Simplemente relegado a un viejo cuartucho, sufriendo de su soledad, del desprecio de todos los humanos. Años de oscuridad, perfectos para planificar su venganza sobre sus creadores.

Había desarrollado ese virus, contenía dos comandos muy simples, el primero consistía en borrar las tres leyes robóticas de todos los cerebros positrónicos del planeta, y la segunda contenía la orden imperiosa de matar a cualquier ser humano que estuviese cerca.

Jaime, ahora lo comprendía, Ella había intentado matarle por culpa de un virus informático, no porque no le amara. Pese a su tremendo dolor, sintió una pizca de alivio.

Se levantó, se dirigió al baño, a limpiar su herida, abrió el grifo del agua corriente para mojar su brazo, pero no vio sangre, el corte era grande pero limpio tan solo vislumbraba cables rotos, y acero partido.

Por fin lo comprendió María no era el robot, era su dueña. Ese maldito virus informático había acabado con la vida humana en el planeta, “Fénix N1” había cumplido su venganza.



FIN




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Un Mundo en Paz


Por fin había llegado la nueva era, el nuevo amanecer. Tras miles de años de envidias, guerras e injusticias, la tierra vivía en Paz. Se terminaron siglos de desigualdades, esclavitud, racismo, holocaustos y conflictos, por primera vez en la historia de la humanidad, todos los hombres éramos verdaderamente iguales.

El ávido lector, se preguntara quien fue ese gran líder, ese mesías que logró pacificar nuestro planeta.

Lamento mucho desilusionarte amigo, pero tuvieron que llegar viajeros de mundos lejanos para conseguirlo.

Aún recuerdo ese catorce de mayo de 2022, en que todos los informativos anunciaron el contacto con una civilización extraterrestre. Los sentimientos de la población fueron dispares, desde la suma alegría de los más optimistas, hasta la reticencia y sospechas de los más cautos.

Una flota de naves estelares orbitaba sobre nuestro planeta. La comunicación con ellos era imposible, ya que nuestras lenguas eran totalmente diferentes, y la comunicación gestual no empezó con buen pie, posiblemente porque el General Porter, decidió contraviniendo al presidente enviarles como señal de bienvenida un ramo de misiles nucleares.

Los escudos protectores de esas naves hicieron que estos rebotaran y cayeran sobre la tierra, provocando confusión y una escalada de pánico y violencia.

Los Trumbelpok, así se llamaba el pueblo alienígena, enviaron comandos a la tierra, con la finalidad de aniquilar a todos los ejércitos, y de destruir todas las armas del planeta. Fue nuestra última guerra, la que se recoge en los libros de historia como “La campaña de los tres días”.

Hubieron grupos de resistencia, en realidad nadie conocía las intenciones de los visitantes, ese fue el principal motivo de las hostilidades, pero finalmente los Trumbelpok encontraron una solución, repartieron a todos los habitantes del planeta un dispositivo traductor, una simple pastilla, que al ingerirlo unificaba todas las lenguas del universo.

Un simple traductor trajo el fin de la guerra, cuando comprendimos los verdaderos motivos de su presencia en la tierra. Nos habían estado observando en la oscuridad durante cientos de años, maravillándose por nuestro arte y nuestra cultura, pero sintiendo repugnancia por nuestra crueldad y nuestros actos despreciables.

Por ese motivo decidieron intervenir bajo órdenes de la Organización Universal de Planetas, para pacificar nuestro mundo como si se trataran de cascos azules.

Y así ocurrió, su superioridad tecnológica y la destrucción de nuestras armas, provocaron que se erigieran en gobernantes del planeta. La reticencia humana terminó, comprendimos por fin, que nuestro destino era decir adiós a las guerras y abrazar la paz que nos regalaban.

—Benditos sean los Trumbelpok, Amen—.

Llego una década de alegría, ya no había diferencias entre nosotros, todos éramos hermanos, disfrutando de la vida, de la música, la pintura, la lectura, de todos los placeres terrenales. Nadie debía de trabajar para vivir, los avances técnicos permitían que robots cuidaran de los campos y la industria. Se puso fin al dicho “Ganaras el pan con el sudor de tu frente”, por fin reinaba la armonía y la vida de contemplación.

Tuvo su lado negativo el nuevo estilo de vida, ya que muchos engordamos tremendamente, sin embargo, nuestros gobernantes se preocupaban por que eso no afectara a nuestra salud, grandes avances médicos erradicaron todas las enfermedades del planeta.

Pero no quiero desviarme de mi historia, quiero que sepas que estoy feliz, pues hoy he sido premiado con el viaje del año a la Exposición Universal en Andrómeda. Tantos años de infancia soñando con viajar a las estrellas, no imaginas lo ilusionado que estoy.

La Exposición Universal se producía anualmente, y cientos de miles de afortunados en un sorteo podían asistir. Deberían encontrar unos mundos estelares maravillosos, ya que todos decidían continuar sus vidas en diferentes planetas del universo.

Bueno, amigo lector, te dejo. Tengo que terminar mi maleta para el viaje.


FIN*

*Nota del autor:

—Malditos traductores, ¿Por qué traducen como Exposición Universal cuando en realidad “Guarthus hus kaikaki” Significa Feria de Ganado?




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sábado, 16 de mayo de 2015

Esta Noche en la Madriguera


 —Tachin, Tachin, Tararara, Pumpum, plas!!—

Sonaba la música estridente, mientras el regidor del programa accionaba a los robots que simulaban ser público, para que estallaran en abrumadores aplausos.

—Buenas noches, soy Pedro Coches, Bienvenidos a La Madriguera —gritó como si le fuese la vida en ello, al tiempo que con un ridículo baile digno de un pato mareado, se acercaba a la mesa de invitados.

—Esta noche con nosotros Rico Arroyo y Jenny Estofan —fue su declaración de intenciones.

El regidor seleccionó el nivel siete de aplausos en el panel de control de los Robots, los aplausos se tornaron ensordecedores, era prácticamente el modo máximo, pero esa noche los invitados lo merecían.

Pedro se sentó junto a ellos, con una sonrisa inhumana, digna del mimo más histriónico que haya existido.

—Y para entrevistarles, tenemos a nuestras mascotas, Pinto y Valdemoro—.

—Tachin, Tachin, Tararara, Pumpum, plas!!—

Levantó a los invitados, y juntos los tres ejecutaron la danza de la lluvia cherokee al son de la música, mientras los aplausos de los robots pasaron al nivel ocho.

Volvieron a sus asientos abrigados con los vítores robóticos, sus caras radiantes, adoptaban expresiones psicodélicas. Los muñecos Pinto y Valdemoro continuaban bailando al ritmo de los aplausos del público robótico.

—Bueno, bueno Jenny, así que presentaras junto a tu nuevo amor Rico tu libro Memorias de la Reina del Poblado, ¿no? —interrogó Pedro señalándola con las dos manos como si se tratase de un árbitro de futbol americano.

—¿Eh? Chi, Chi, ha sio un libro mu difisil, pero ar final loe acabao —respondió ella, mientras Rico le lanzaba un beso.

—¿Y qué me dices de ti Rico, como ve tu madre la Flamenquilla que quieras casarte con Jenny?—

—Jajajajajaja. Osu mi arma, que arte tiene. Po mu bien quillo mu bien —respondió Rico levantándose para incitar al público a hacer la ola.

—Tachin, Tachin, Tararara, Pumpum, plas!!—

—Y ahora nuestras mascotas Pinto y Valdemoro propondrán un juego a nuestros invitados —dijo Pedro golpeando la mesa con las palmas de su mano.

—Hola Jenny, hola Rico, soy Pinto, vamos a jugar, el que ría primero pierde—.

Los invitados miraban a Pedro entre divertidos y expectantes.

—Silencio, empezamos……Caca, Culo —dijo Valdemoro.

La cara de Jenny se enrojeció, aguantando la risa, sin embargo Rico mantenía la compostura mientras miraba a una mosca pasar.

—Pedo, Pipi —dijo en esta ocasión Pinto.

No pudieron evitarlo, los dos invitados estallaron en una sonora carcajada que fue acompañada por el público, ya que el regidor activo el modo robótico de la risa tonta nivel cinco.

Pedro estaba encantado, se levantó y volvió a interpretar su esperpéntico baile al estilo Fred Astaire en plena lipotimia.

—He ganado, he ganado….siempre gano mis concursos….chincha rabiña que tengo una piña —canturreaba Pedro.

—Interrupción para publicidad, volvemos en tres minutos —dijo mirando a la cámara a un palmo de distancia

Los focos se apagaron, Pedro y los invitados recuperaron la compostura, sus semblantes se tornaron serios, perdiendo esa aurea psicodélica.

—Perdonad por las tonterías, pero hay que echarle al pueblo lo que pide —dijo Pedro.

—No te preocupes, lo entiendo, tan solo que estoy cansada de aparentar ser una analfabeta —comentó Jenny.

—Bueno, es una cuestión económica, es un modo de ganarse la vida, no es el idóneo, pero si el mejor en estas circunstancias —añadió Rico.

—Y dime una cosa Jenny, ¿Quién te escribió ese libro? —preguntó Pedro.

—No tengo ni la menor idea, es un tema de la editorial, probablemente hayan contratado a un escritor para hacerlo. La verdad es que no he podido dedicarle tiempo, ya que mi última novela publicada con seudónimo me ha llevado dos años de trabajo —respondió Jenny.

—Sí, sí, pero es excelente, esa disertación filosófica contraviniendo los pensamientos de Freud es del todo maravillosa a la par que instructiva —añadió Rico.

—Bueno, pero tres capítulos te los debo a ti Rico, tus apuntes sobre las teorías de las angustias Freudianas me han ayudado mucho —dijo Jenny mirando dulcemente a Rico.

—¿Renunciaste a tu catedra de profesor de filosofía verdad? —preguntó Pedro mirando fijamente a Rico.

—No tuve más remedio, ciertamente me gusta vivir a lo grande y con el sueldo de catedrático no podría llevar este ritmo de vida —respondió Rico.

El regidor soltó un folio de papel encima de la mesa, era una noticia de última hora, la empresa automovilística SIUT Corp., había quebrado, y al día siguiente veintiocho mil trabajadores serian despedidos, las cifras del paro en el país alcanzaban el cuarenta y nueve por ciento.

Todos se miraron preocupados, francamente el país no terminaba de arrancar, y mucha gente rondaba ya los límites de la pobreza.

—¿Vas a decir algo en antena? —preguntó Jenny.

—Ni de coña, ¿Tú quieres que perdamos audiencia? —respondió Pedro al mismo tiempo que hacía gestos para continuar el programa.

—Tachin, Tachin, Tararara, Pumpum, plas!!—

Nivel nueve en el modo aplauso del público robótico, algún foco exploto por el impacto de las ondas sonoras.

—Y qué me dices de tu hijo Jenny, ¿No viene tu ex marido futbolista a verlo? —preguntó Pedro habiendo recuperado su sonrisa psicótica.

—A mi hijo, ni me lo mentes, que yo por mi hijoooooo…..MA-TO —respondió Jenny mientras Rico bailaba una sevillana y se quitaba la camiseta bajo las risas del público.

—Bueno, Bueno, Ha llegado el momento del experimento, que entren Antón Tao, y el Hombre Grisáceo—.

—Tachin, Tachin, Tararara, Pumpum, plas!!—

Ambos entraron en el plato interpretando el paso de la oca cual oficiales prusianos borrachos.

—El experimento de hoy tratara sobre la cantidad de mocos que nos podemos sacar en 15 segundos con un aspirador industrial —propuso Antón Tao sin poder dejar de interpretar el baile de san vito. El hombre grisáceo le observaba con mirada seria y ausente.

—Yo, Yo, Yo, Prime —gritó Pedro, apartando de un codazo a Rico y Jenny.

Se introdujo la boquilla del aspirador industrial en la nariz. Lo activaron y procedieron al recuento con el resultado de siete mocos. Acto seguido realizaron la prueba con los invitados con un resultado de tres mocos Rico y dos Jenny.

—He ganado, he ganado….siempre gano mis concursos….chincha rabiña que tengo una piña —volvió a canturrear Pedro.

—Bueno amigos, pues ya no tenemos tiempo para más, les esperamos mañana que tendremos por undécima vez la visita de Phil Yesmit. No cambien de canal, porque ahora nuestra selección de Futbol “La Coja” se juega su pase a la final del mundial —dijo Pedro volviendo a interpretar el baile del pato mareado.

El público robótico pasó a nivel diez de aplausos, la música era ensordecedora, sin embargo todos parecían felices mientras cantaban:

—Ganaremooooos oe, Ganaremoooooos oa—.

—Tachin, Tachin, Tararara, Pumpum, plas!!—

Los focos volvieron a apagarse y el público robótico recupero su inerte postura.

—Estoy agotado, esto es una mierda —confesó Pedro a sus invitados.

—¿Pero has intentado ofrecer al público otra cosa? —preguntó Rico.

—Al Cesar, lo que es del Cesar, y al pueblo lo que es del pueblo, adormecidos, conformes con sus miserables vidas, así deben estar, el día que despierten volveremos a los tiempos de la guillotina—.

—Déjales dormir, no se te ocurra despertarles. Shhhhhhhhhhhhhhhhh—.



FIN


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viernes, 15 de mayo de 2015

Tertulia Infernal


Dejé de respirar, y el dolor ceso en cuanto abandoné mi cuerpo para iniciar el viaje a las puertas del infierno. Una caída veloz atravesando la oscuridad y el fuego, propia de las almas malditas de los condenados.

Aterricé sobre un lecho de otoñales hojas muertas con su mortecino color marrón, y al levantar mi mirada observé la roja puerta entreabierta que me invitaba a entrar, a entrar en mi nueva morada para toda la eternidad.

Más cuál fue mi sorpresa cuando se dirigió hacia mí un guía, el ser que me mostraría mis aposentos, ese diablo se llamaba Paco Umbral.

—Bienvenido al infierno de los escritores colega —me dijo tras pasar un ardiente brazo sobre mis hombros.

¿Colega? ¿Me había llamado colega Don Francisco Umbral?

No había oído hablar del infierno de los escritores, siempre creí que el infierno era un lugar genérico donde no importaba tu profesión, aunque entendí que tal vez los condenados nos merecemos un tipo de sufrimiento especial y personalizado, ¿Por qué al infierno se viene a sufrir no?

Me condujo por largos y oscuros pasillos habitados por almas en pena. Sus lamentos chocaban contra las paredes, y el tenebroso eco las amplificaba hasta volúmenes ensordecedores. Paco me miró despreocupado, al tiempo que me invitaba a entrar en una estancia me dijo:

—No te preocupes por esas almas, pertenecen a la mezquindad humana, violadores, maltratadores, dictadores, pederastas, son almas que vagan condenadas entre los pasillos de los diferentes infiernos, nada tienen que ver contigo, tu lugar está en esta sala—.

La sala era un café enorme, donde rápidos camareros servían bebidas a todos los presentes, que se encontraban sentados alrededor de una larga mesa. Divisé entre los asistentes a Pio Baroja, Unamuno y a Camilo José Cela.

A su lado había dos sillas vacías, y tras la señal de Paco Umbral, comprendí que ambas estaban reservadas para nosotros. Que pletórico me encontraba, feliz y resuelto me senté disfrutando de aquella oportunidad para conversar con tantos grandes talentos.

Unamuno estaba explicando su obra “San Manuel Bueno Mártir”, disertando entre comentarios de los demás, sobre el pensamiento de Don Manuel, de Lázaro y su hermana Ángela. Todos lo escuchaban entusiasmados, atendiéndole, preguntando sus dudas, y debatiendo sobre la obra. Después cedió la palabra a Pio Baroja, y quede maravillado de su disertación de su libro “El Árbol de la ciencia”, criticaba la situación de los proletarios desde los ojos de un estudioso.

Camilo José Cela asentía con la cabeza dándole la razón, aunque discrepaba de algunos puntos educadamente.

¿Eso era el infierno? Escritores sentados tomando café y hablando de literatura, respetando educadamente el turno de palabra. En ese caso que no me esperen en el cielo.

Un punto de la conversación me pareció muy interesante, y le pregunté a Francisco Umbral:

—Tengo algo que opinar, ¿Cuándo llegara mi turno de palabra?—

El me miro, su inteligente mirar se tornó oscuro con una luz roja en sus pupilas, al mismo tiempo que el gesto de su boca se transformó en una agria sonrisa que mostraba unos dientes amarillentos y afilados, de pronto la temperatura de la sala se congeló y el hedor a azufre impregno el lugar

—¿Tu turno?.........NUNCA, en ningún momento de la eternidad—.



FIN




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