viernes, 31 de julio de 2015

Amanecer


Otra maldita noche más. ¿Cuántas he vivido?, cientos, miles. Muchos me envidian, la inmortalidad parece estupenda, pero no lo es, mi existencia es tediosa, he tenido que escuchar las mismas conversaciones infinidad de veces, he conocido la miseria y mezquindad de la raza humana.

Si, lo has adivinado, soy un vampiro. ¿Me envidias?, no deberías. Déjate de leyendas románticas escritas por señoritas acomodadas imaginando que rondamos por el mundo en busca de amor. El amor es para los adolescentes, y yo hace miles de años que dejé de serlo. Cuando he encontrado a una mujer, no la he amado, la he poseído hasta hartarme, apropiándome hasta la última gota de su sangre, convirtiendo su bello cuerpo en un amasijo de piel, huesos, y músculos putrefactos.

Mi vagar por el mundo es atroz. Ya estoy cansado de vivir eternamente, quiero morir, descansar, hundirme en la nada. Hoy por fin lo conseguiré, dejare de lado esta maldición.

Espero en la esquina del callejón a que amanezca, por primera vez en siglos voy a volver a ver el amanecer, y los rayos del sol me consumirán, convirtiendo mi cansado cuerpo en cenizas.

Adiós estúpidos humanos, os regalo el mundo, yo me marcho.

El sol despunta en el horizonte, pero no noto calor, no hay reacción en mi piel. Debo esperar a que este en una posición más elevada. Maldición, esto es otra absurda leyenda, la luz no me afecta, no muero, sigo estando vivo.

Mi existencia es tediosa, mi condena es cruel. ¿Aún me envidias?


FIN.

lunes, 27 de julio de 2015

Yo me encargo


Susana lo tenía prácticamente todo en esta vida, un marido rico y cariñoso, dos niños encantadores, una bonita casa con piscina, un coche de lujo, y una consulta odontología propia.

Lástima que todo eso, no fuese más que una fachada de cara a la galería, en realidad su maravilloso mundo Disneyliano, estaba a punto de derrumbarse como un castillo de naipes.

Su marido Eduardo Belisario, era un gran empresario de banca, que siempre había sentido debilidad por las chicas jóvenes pese a contar ya con sesenta años de edad.

Hacía diez años que contrajo matrimonio con Susana, después de divorciarse de su anterior esposa. En la actualidad, ya no estaba tan interesado por ella, ya que acababa de cumplir treinta y cinco años. Nunca le habían gustado las maduritas, y se acercaba el momento del cambio.

—Susana, quiero el divorcio —le dijo sin mostrar piedad alguna.

Hacía tiempo que esperaba ese momento, ella no era tonta, sabía perfectamente que a medida que perdiera la firmeza de su cuerpo, perdería también el interés de Eduardo.

Lo que la aterró, fue la presencia del abogado. Sin duda su marido no iba a dejar ningún cabo suelto. La casa seria para él, igual que la custodia de los niños, y la flota de coches. Susana no recibiría ni un solo centavo, al contrario, debería pagar una pensión a Eduardo para la manutención de los niños.

—Pero, me vas a dejar en la ruina, no es justo —le dijo.

Su marido sonrió, francamente el contrato prenupcial que ella firmó sin leer, la dejaba en muy mal lugar, pero eso carecía de importancia para él.

—Sigues teniendo tu consulta, te la podría quitar también si no fuese tan ecuánime —le respondió.

Pasaron los meses, y Susana volvió a la vida modesta de un apartamento compartido. Podía ver a los niños cada quince días, a no ser que tuviese guardia en otra consulta en que la que había entrado a trabajar. El pluriempleo era una buena forma para llegar a fin de mes.

Aquel lunes por la mañana no se encontraba demasiado bien, se había levantado con el pie izquierdo, pero tenía turno en la consulta odontológica de su colega, y necesitaba el trabajo.

—Susana, el doctor Martin no vendrá esta mañana, tenemos un paciente que necesita que le saquemos dos muelas, ya le hemos practicado anestesia total, tal como lo ha solicitado el mismo. ¿Lo haces tú, o yo? —le preguntó su compañera.

—Déjamelo a mí —dijo tras mirar el informe médico.

A su compañera le parecía bien, tenía trabajo administrativo atrasado, mejor que ella se encargara del paciente Eduardo Belisario.





FIN.

miércoles, 22 de julio de 2015

El Borracho


Juan acabó su jornada laboral y entró en el bar de abajo.

—Un Ballentines con cola —exigió.

El camarero se lo sirvió feliz. Juan era un buen cliente, era raro el día que no se tomase cinco o seis cubalibres antes de volver a su casa, eso era muy bueno para la recaudación.

Bebía uno tras otro como si la vida le fuese en ello, su sed era insaciable, aquel día batiría su propio record.

—Ponme la última, y rapidito —pidió.

Era su noveno combinado de la noche. Un camarero responsable no se lo hubiese servido, sin embargo, en Bar Peter Pan, podrían ser cualquier cosa menos eso, además el dinero siempre venía bien.



—Deprisa Pablo —gritaba Ana, las contracciones eran cada vez más frecuentes.

El aceleró el motor de su coche, debían llegar rápido al hospital. Al salir de un túnel, un extraño ocupante apareció de la nada sentado en el asiento del copiloto.

—Dios mío, ¿Quién es usted? —preguntó Pablo.

—No te asustes, ¿Conoces a Juan? —interrogó la oscura figura.

—No, no —respondió asustado.

—Mira, tras aquella curva lo conoceréis, ya verás que divertido será el viaje que nos espera a todos —dijo el Sr. Muerte.


 CONCURSO DE MICROCUENTOS "MICROTERROR III"


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Vas a morir


Otro maldito mensaje anónimo. Desde hacía una semana no paraba de recibirlos. ¿Quién demonios seria? Siempre el mismo texto, “Vas a morir”.

Al principio lo tome como una broma, sin embargo con el tiempo, empecé a sentir miedo, mucho miedo. Si se estaban tomando tantas molestias, sin duda había algo de verdad en esas amenazas.

Desconfiaba de todo el mundo, del conserje, de mis compañeros de trabajo, de cualquier vecino que me cruzase por las escaleras. En la ciudad no estaba seguro, partiría a la cabaña del lago de mis padres, nadie sabía dónde estaba, solo yo. Sería mi fortaleza.

Ayer estaba aterrado, ahora estoy tranquilo, me gusta sentarme en el porche al calor del sol, completamente solos mi sombra y yo. Levanto mis brazos para desperezarme y me doy cuenta de que ella no imita mis gestos. ¿Cómo es posible? Muevo mi pierna, pero mi sombra permanece impasible mirándome desde su oscuridad. De pronto cobra vida propia y siento como sus garras se posan en mi cuello.

Que imbécil he sido, ahora lo entiendo, voy a morir a manos de mi propia sombra.


 CONCURSO DE MICROCUENTOS "MICROTERROR III"

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lunes, 20 de julio de 2015

Cuernos


Amanda, la dulce esposa de Cesar y madre de David, acababa de cumplir treintainueve años. Toda una década dedicada al cuidado de sus dos hombres, su hijo de diez, y su marido de cuarentaiuno.

Quedaban ya lejos los tiempos en que Amanda y Cesar eran novios, y cualquier ocasión era buena para practicar sexo, incluso varias veces al día. Con el matrimonio llego la dosificación, y con esta el racionamiento. “Sábado sabadete, camisa nueva y polvete”, siempre y cuando no hubiese sido un día agotador, y tuviesen que posponer el revolcón.

Nació David, y su atención se volcó en el cuidado del pequeño, dejando de lado a su marido, y a sí misma. Las depilaciones y arreglos personales, eran cada vez más distantes en el tiempo, igual que la compra de nuevos modelitos con los que sentirse guapa.

Amanda se miraba en el espejo completamente desnuda aquel día, todavía era delgada, con un trasero y un busto firmes, su piel estaba bronceada por el sol, y su largo cabello descansaba sobre unos bellos y torneados hombros. “¿Cuánto durara? —se preguntaba”.

Aquella duda, crecía en su cabeza. ¿Hasta cuándo los hombres la encontrarían bella y deseable? Cesar era un buen compañero, y el sexo con él aunque escaso, continuaba siendo fantástico, sin embargo deseaba demostrarse a sí misma que todavía podría conseguir que los hombres se rindieran a sus pies.

Había llegado el momento de dedicarse tiempo a sí misma, a la búsqueda del placer. ¿Estar con otros hombres, ponerle los cuernos a su marido? “Lo que se tengan que comer los gusanos, que lo disfruten los humanos —se dijo mientras sonreía dándose la vuelta para observar su trasero”.

Su actitud cambió radicalmente, ropa nueva y sensual lencería sexy, visitas a los centros de belleza, y la matriculación en el nuevo gimnasio de la ciudad.

A las cinco de la tarde, acudía con el grupo de madres amigas a recoger a David, a la puerta del colegio. Aquellas maduritas conectaban sus radares en busca de algún atractivo padre. Y allí estaba José, siempre mirando disimuladamente a Amanda. Ella hacia como que no se daba cuenta, pero en aquella ocasión le dedicó la mejor de sus sonrisas.

—Hola José, ¿Qué te parece si mañana al dejar a los niños, me invitas a un café? —dijo resueltamente.

José se quedó extrañado, sentía atracción sexual por Amanda desde el día que la conoció, sin embargo nunca se había atrevido a proponerle nada, y ahora era ella quien tomaba la iniciativa. “Fantástico —pensó”.

Amanda se vistió con un vestido corto y con un gran escote. Eso no pasó desapercibido para José, que no podía apartar la mirada de sus senos.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó Amanda.

José no pudo ni responder, ya que ella le beso apasionadamente en la boca, introduciendo su lasciva y húmeda lengua en busca de la de él. Se dejó llevar, quería sentirse poseída por José.

—Vamos a mi casa —le dijo ella.

Estaban solos, Amanda le desvistió, observó lo bien dotado que estaba José, lo que provocó que aumentara su excitación y su humedad. Se entregó a aquel hombre, se olvidó de que era madre y esposa, sus piernas se abrieron para recibirle en su interior, para que otro la hiciese suya. Los orgasmos no tardaron en llegar, para ella era sumamente morboso observar el temblor, y escuchar los gemidos de un hombre que la deseaba perdidamente.

No fue el último, Siguieron Tony el encargado de la tienda de electrodomésticos, y Jorge un compañero de gimnasio. Amanda los compaginaba como quien cambia de vestido, sus encuentros sexuales pasaron a ser diarios, excepto los sábados, en que se encontraba muy cansada, y prefería dormir.

Cesar intentaba abrazarla en la cama, sin embargo ella huía del contacto físico. Ya tenía a José, Tony, y Jorge para disfrutar del sexo. ¿Para qué quería hacerlo con su marido al que ya tenía demasiado visto?

Él no era tonto, notó que algo había cambiado, se arreglaba más, había salidas de casa más frecuentes, pasaba demasiado tiempo en el gimnasio, y sobre todo había desparecido en ella cualquier indicio de deseo sexual. “Dos más dos son cuatro, tiene una amante —se decía Cesar”.

La siguió, descubrió como ella mantenía contactos sexuales con los tres. Debería de hablar con ella, y aclarar aquella situación.

—Amanda, sé que tienes tres amantes, no me mientas —le dijo.

Ella no sabía que decir, no se atrevía a negarlo, pero tampoco quería confirmarlo.

—No me importa, es más lo entiendo. Para mí también nuestra vida sexual comenzaba a ser monótona, y entiendo que buscaras excitación con otros hombre —dijo Cesar.

Amanda no podía creerlo, Cesar era un hombre de mente abierta. Él le explicó lo morboso y caliente de la situación, y que no estaba enfadado por ser un cornudo, sino más bien todo lo contrario. Si ella se lo hubiese dicho hubiesen planificado cientos de fantasías, tríos, intercambios de parejas, cualquier cosa que les hubiese dado placer a ambos.

Ella se sentía mal ahora por no haber compartido con Cesar sus inquietudes, sin embargo aún eran jóvenes y podrían vivir el sexo de un modo desenfrenado.

—Me apetecería verte en la cama con los tres al mismo tiempo ¿Qué me dices Amanda? —le preguntó

Aquello la excitó, la idea de estar con tres hombres, siendo besada y penetrada por todos, la volvió loca, y provocó una tremenda humedad entre sus piernas. La idea le pareció extremadamente morbosa.

Y llego aquel día, habían dejado a su hijo David en casa de su cuñada, la casa estaba libre para su marido, para ella, y para sus tres amantes.

Cesar le vendó los ojos, y la acompañó de la mano hasta la cama. La desnudó y la tumbo en ella. Amanda estaba excitadísima, deseosa que Tony, José, y Jorge entraran en la cama.

—¿Cuándo vendrán, cielo? —preguntó Amanda excitada.

—No, si ya están en la cama, quítate la venda y los veras —le respondió.

Ella se quitó la venda, un desgarrador grito surgió de su garganta, mientras observaba las cabezas decapitadas de sus tres amantes.

—No te imaginas las ganas que tenia de verte en la cama con ellos, lástima que ahora les será muy difícil volverte a follar —exclamó Cesar mientras se encendía un puro habano.



FIN.