martes, 29 de septiembre de 2015

Arcadia - Capítulo XIX


Amstrong despertó por fin. Una celda no era el lugar más confortable del mundo, pero el cansancio acumulado durante aquellos días de contienda había provocado que cayera rendido en un profundo sueño reparador.

“Ha llegado el momento de escapar, Carol ya estará en lugar seguro —pensó”.

Observó gracias a un pequeño espejo el pasillo donde se encontraba la mesa de los carceleros, sin preocuparse por la cámara de vigilancia de su habitáculo, ya que desde que hicieron el cambió habían congelado la imagen.

Solo había un funcionario. Era muy frecuente que en ese tipo de guardias donde el protocolo dictaba que dos hombres debían permanecer siempre en sus puestos, uno de ellos se dedicara a descansar en alguna celda vacía. Aquella noche Amstrong se felicitó, el destino había decidido que eso ocurriera en aquel turno.

—Carcelero, ayuda por favor —repitió varias veces afeminando su voz.

El tono de auxilio era bajo para evitar despertar al guardia dormido, pero lo suficiente alto para lograr llamar la atención del que se encontraba en la mesa.

El carcelero llegó a la altura de la celda, y pudo observar una figura en el suelo retorciéndose de dolor.

—¿Estas bien, te pasa algo? —preguntó.

—No puedo levantarme, no sé qué me pasa. Por favor ayúdeme —respondió Amstrong sin mirarle.

El guarda abrió la celda preocupado. No es que en realidad le importase mucho lo que le pasara a aquella zorra, sin embargo no deseaba ningún conflicto durante su guardia.

—Vamos arriba —le dijo mientras le sujetaba por las axilas.

Amstrong con la velocidad de un rayo, volteándose magistralmente, se situó detrás del carcelero apoyando su mano derecha en la base de su cabeza, y la izquierda en su cuello. Solo hizo falta un rápido giro en el sentido de las agujas del reloj, para escuchar el fatídico chasquido que indicaba la muerte del guardia.

“Uno menos —pensó”.

Se vistió con las ropas del carcelero y salió de la celda evitando hacer ningún ruido delatador, que pudiese despertar a su compañero. Recorrió con sigilo la distancia que le separaba del cuerpo de guardia de la entrada de palacio.

—¿Dónde vas? —le preguntó uno de los centinelas.

—Voy a fumarme un cigarrito tranquilo y a ver si encuentro alguna mujer para demostrarle lo hombres que somos los marinos galácticos —respondió simulando simpatía.

Los dos marines de guardia rieron la ocurrencia de Amstrong, y le dejaron salir sin oponerle obstáculo alguno.

El bosque estaba cerca, tan solo debía llegar hasta él e iniciar el camino de vuelta por sendas secundarias. La operación rescate habría finalizado magistralmente.

Dos horas más tarde el carcelero que había dormido durante la guardia sintió el terror recorriendo su cuerpo cuando descubrió a su compañero muerto, y la fuga de la prisionera.





Bruno se llevó las manos a la cabeza.

—¿De verdad ha escapado? —pregunto nervioso.

—Sí, señor —dijo avergonzado el carcelero.

Todos conocían en palacio lo que hacían los guardias durante su turno. Que uno de ellos se relajara y descansara un poco, estaba tolerado en tiempos de paz, pero en plena guerra era del todo inadmisible ese comportamiento.

—Por tu culpa ha muerto tu compañero, y lo que es peor, ha escapado la mujer de John Maller —dijo.

—Señor secretario, lo lamento profundamente, yo no sabía que esto podría ocurrir —se justificó el guardia.

—Lo siento por ti, pero debemos informar al Virrey —añadió Valens.

El carcelero tembló ante aquella afirmación. Toda la tropa conocía el carácter del Virrey frente a una mala noticia, y sin duda la que debían transmitirle era la peor de todas.

—Vamos a su despacho —ordenó el secretario.

Bruno se detuvo, comprendía lo que sucedería a continuación, por lo que decidió ser considerado con el marine y consigo mismo.

—Antes de ir, ¿Quieres tomar una copa? —preguntó.

El carcelero no sabía a qué atenerse. “¿Es posible que me haga beber veneno? —pensó”. Sin embargo, decidió aceptar la invitación.

El secretario se dirigió hacia su mueble bar, y preparó con destreza dos combinados. Dos suculentos Old fashioned bien cargados de bourbon. Le ofreció uno al marine que lo cogió con sus temblorosas manos, bebiéndoselo a continuación de un trago.

—Ahora sí, vamos —volvió a ordenar Bruno Valens.

Tras andar unos metros, llegaron al despacho del Virrey. Encontraron la puerta abierta. James Montgomey Jager estaba jugando con unas maquetas de naves espaciales simulando una batalla donde por supuesto estaban ganando sus tropas.

—¿Da su permiso Alteza? Preguntó el secretario.

El Virrey les miro confundido, habían interrumpido su juego, sin embargo aquella mañana se encontraba de un excelente humor.

—Sí, sí, claro pasad —respondió James Montgomery Jager.

Aquella actitud tan afable sorprendió a Bruno, no entraba dentro del comportamiento del Virrey ser tan considerado. “No sé qué es peor —pensó”.

—Alteza, le traemos malas noticias —dijo Valens.

—Hablad, pues —ordenó.

—Majestad, Carol Maller ha escapado, no sabemos cómo lo ha podido hacer. La cámara de vigilancia de su celda ha sido manipulada, por lo que no tenemos imágenes de lo ocurrido —informó el secretario.

El Virrey escuchó las explicaciones con suma tranquilidad, y eso era algo incomprensible. Que no estallara en cólera tenía asustado a Bruno Valens. Sin mediar palabra, se dirigió hacia el carcelero y apoyo con dulzura la mano en su hombro.

—¿Tú estabas de guardia, hijo? —preguntó.

El marine respiró aliviado, sin duda el Virrey entendía que eran cosas que podían pasarle a cualquiera.

—Si Alteza, y lo lamento mucho —respondió arrodillándose y besando su anillo en señal de sumisión.

Aquel gesto encantó al Virrey. La gente debía reconocer su poder, aceptar que su voluntad era divina, que podía decidir sobre la vida y la muerte de cualquier vasallo. Las noticias eran trágicas, sin embargo, él podía perdonar. Matar estaba al alcance de cualquier sádico, pero perdonar era cosa de dioses.

—Te perdono —dijo el Virrey.

“Algo no va bien, esto no me cuadra —se repetía Bruno”. Ya debería haber estallado y estar disparando con su arma sobre cualquier cosa que se moviese.

—Ven hijo, acompáñame —ordeno el Virrey.

Los tres se dirigieron hacia el salón de actos tranquilamente. “Es posible que me indique como puedo subsanar la situación —pensó el marine”.

Al llegar, el Virrey abrió un cajón de uno de los armarios y sacó un pequeño bote. Bruno y el marine se quedaron perplejos. Ninguno de los dos sabía que podía contener.

—¿Ves esto, marine? —preguntó el Virrey.

—Si Excelencia. ¿De qué se trata? —dijo.

—Tan solo contiene sal —respondió James Montgomery Jager, mientras la lanzaba sobre el soldado.

Aquello era ridículo. Bruno no entendía que demonios estaba sucediendo. “¿Se trata de algún ritual extraño? —se preguntó”.

De pronto, el virrey empujó con todas sus fuerzas al marine que cayó al foso situado a su espalda. Una gran compuerta se abrió dejando salir a siete perros famélicos.

—Me gusta condimentar los alimentos de mis niños —le dijo al secretario.

Bruno estaba aterrorizado. La locura del Virrey iba en aumento. Hacía años que lo conocía, y sabía perfectamente el nivel de crueldad de aquel ser, pero sin duda aquello excedía todos los limites humanos.

—Socorro, por favor, piedad —gritaba el marine sintiendo los primeros bocados de los animales—.

Los gritos de horror y desesperación aumentaron. Lamentos, lloros, quejas de dolor al sentir como le devoraban las entrañas golpearon la mente del secretario. “Por todos los dioses, esto no puede estar pasando —se dijo”.

Apartó la mirada del foso. No quería ver los últimos espasmos de sufrimiento de aquel infeliz. Su mirada chocó con los ojos de Virrey. Eran vidriosos, como ausentes, se encontraba en pleno éxtasis. El sufrimiento ajeno como de costumbre estaba proporcionando un gran orgasmo de placer a su Alteza Real James Montgomery Jager Duque de Clamber y señor plenipotenciario de Arcadia.


Continuara...




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domingo, 27 de septiembre de 2015

Reflexiones - El placer de crear un villano.


Hoy estaba en casa tranquilo. Un domingo apacible, después de comer y de una buena siesta, me he dispuesto a leer mensajes y comentarios de mis compañeros en los círculos literarios que sigo, para a continuación proseguir con un nuevo capítulo de mi novela Arcadia. Todo ello frente a un humeante café, el perfecto elixir de los escritores.

Empezaba a alcanzar ese punto hipnótico casi de viaje astral, en el que el mundo real desaparece. Dejas de ver el teclado y el ordenador, y cuando miras a tu lado, te encuentras sumergido en la ubicación soñada, respirando el mismo aire que tus personajes, sintiéndolos reales y llenos de vida.

Justo en ese momento, me he dado cuenta de que no era el momento de continuar con la historia, sino de repasar lo ya escrito. Eso me ha conducido a esta reflexión que publico hoy en lugar de un nuevo capítulo.

He empezado a analizar los personajes, a pensar sobre ellos. ¿Qué les aporto yo a sus personalidades, y que me aportan ellos a mí? En ese preciso instante me he dado cuenta que absolutamente todos tienen algo de mí, desde los más inocentes a los más malvados. Por ese motivo aunque pueda tener mis preferencias momentáneas, los quiero por igual a todos, como si fuesen mis hijos.

Si es cierto que en ocasiones puedo poner en boca de algún personaje heroico palabras que me gustaría haber pronunciado a mí ante una multitud expectante, también es cierto que sucios instintos internos ponen en boca de los personajes malvados cosas oscuras de mi corazón.

Esta reflexión va dedicada a los villanos de nuestros escritos. En ocasiones en algún relato corto he intentado ponerme del lado del villano, mostrar su realidad, pero cuando realmente disfruto, cuando siento un verdadero placer es dando vida a un maldito y despiadado villano con un solo plano emocional. El villano que no tiene cara oculta, el que no tiene sentimientos empáticos hacia los demás, el más terrorífico y despreciable. El que hace el mal por el mero placer de hacerlo. Ese villano mío particular es James Montgomery Jager. Para los que no lo conozcáis, solo puedo animaros a leer la novela, y explicaros que es el ser más abominable del universo. Los que hayáis leído Arcadia ya sabréis de quien hablo.

Crear un villano me produce un grandísimo placer, puedo poner dentro de una coctelera todo lo peor de mí, lo que más odio de mi pareja, lo que no soporto del vecino del quinto, lo inaguantable de mi jefe, las imágenes de horror que vemos en los noticiarios, lo que siento cuando veo disculparse a los políticos corruptos tras sus viajes a Suiza, lo que escucho cuando sus compañeros los justifican, o juran que ellos no sabían nada, lo que pasa por mi cabeza cuando escucho que a un ciego le hicieron firmar sin leer unos papeles comprometiéndose a comprar unas acciones preferentes y perder por ello los ahorros de su vida, lo que veo en la cara de los agentes judiciales que notifican a una anciana que va a ser desahuciada de su casa, y la de los agentes de policía que la expulsan a empujones.

A todos ellos, mil gracias porque con vuestra ayuda he creado el peor de los malvados.

Y si, siento placer al escribir sobre él.


sábado, 26 de septiembre de 2015

Arcadia - Capítulo XVIII


Tom Austin intentaba clasificar e indexar sus dos últimas adquisiciones. Unos archivos digitales de Descartes titulados Meditaciones metafísicas, y la biografía de Paul Toulouse, el primer hombre en abandonar el sistema solar. Como erudito y catedrático de ciencias políticas en la universidad de Paris, Austin era un coleccionista de libros digitales, sin importar si trataban sobre antigua filosofía o sobre los avances médicos y científicos actuales. Los agrupaba con cariño y tesón, no porque fueran su tesoro, sino porque sabía a ciencia cierta que eran el de la humanidad.

Había decidido convertir aquella pequeña biblioteca de Trantor en el mayor registro del conocimiento universal. “Tal vez algún día vengan visitantes de mundos lejanos para consultar nuestra historia —se decía”. Lo tenía decidido, aquello se convertiría con el tiempo en lo que a él le gustaba denominar “La Biblioteca Galáctica”.

Sobre un pequeño atril en el centro de la sala se encontraba un prehistórico libro de primera impresión en papel. Don Quijote de la Mancha del ilustre escritor español Miguel de Cervantes. Tom Austin se acercó a él, abrió sus primeras páginas, y volvió a deleitarse por enésima vez con aquel hipnótico inicio “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.

De pronto, unos golpes en la puerta le sobresaltaron.

—¿Da su permiso señor presidente? —preguntó John Maller.

—Hablando del papa de Roma —dijo divertido Tom Austin.

—¿Perdón? —respondió confuso Maller.

—No le hagas caso a un viejo decrepito —añadió entre risas el presidente mientras se dirigía hacia John con los brazos abiertos.

Conocía la noticia de la liberación de Carol, y estaba feliz por ello. Austin les apreciaba, y les consideraba como su única familia en Arcadia.

—No sabes lo aliviado que me siento John, no quiero ni imaginar lo que ese maldito tirano hubiese osado hacerle. —

—Te lo agradezco Tom… Perdón, señor presidente —dijo Maller.

Austin rio con ganas por el modo protocolario con el que se dirigía hacia él. “¿Qué se puede esperar de un militar de carrera —pensó”.

—John, por mi como si quieres llamarme papá. En realidad ojala pudieras hacerlo. De haber tenido algún hijo, solo desearía que se pareciese en algo a ti —exclamó emocionado el presidente.

El intercomunicador personal de John Maller emitió el tono de aviso.

—¿Si?, aquí Maller —contestó.

—No me digas ¿De verdad?, hazlo pasar a la biblioteca —añadió.

Tom Austin le miró extrañado, no tenía ni idea sobre que estaban hablando.

—¿Qué ocurre John? —preguntó Austin.

—Se trata de Rudy Porter, el alcalde de Aniap, por lo visto quiere comunicarme algo urgentemente —respondió Maller.

En unos minutos, Porter entró en la estancia. Se sorprendió al encontrar en ella al presidente. Lo que debía decirle a John Maller era confidencial. Cuanta menos gente estuviese al tanto de que él era un emisario del Virrey, mejor.

—General, ¿Podemos hablar en privado? —preguntó Porter.

Tom Austin hizo el gesto de abandonar la sala, pero John le detuvo, aunque más tarde lamentaría haberlo hecho.

—Hable alcalde, en estos momentos de la contienda no hay nada que pueda decirme que no deba conocer el presidente.

El alcalde comprendió que nunca lograría convencerlo de lo contrario. Y muy a su pesar, pues sabía que en ese momento iba a delatarse delante de los dos hombres más importantes de los Territorios Unidos de Arcadia.

—Señor Maller, tengo que informarle que el Virrey tiene prisionera a su mujer —dijo.

John y el presidente se quedaron perplejos durante un segundo. Carol ya había sido liberada, pero por lo visto Porter no lo sabía. Al comprenderlo, ambos se guiñaron un ojo en señal de complicidad. Era sumamente importante ver a donde les llevaría aquella conversación.

—Hable pues Alcalde, veo que tiene un mensaje para mí —ordenó Maller.

Porter intento continuar, pero se quedó sin voz, solo unos gruñidos ininteligibles salieron de su garganta.

—Demonios, quiere empezar de una maldita vez —increpó el general.

El alcalde busco dentro de su interior el valor suficiente para dejar de temblar y poder decir lo que le habían ordenado.

—El Virrey exige la rendición incondicional de todas las tropas, y que ustedes se entreguen. En caso contrario lanzara a su mujer a los perros para que la devoren viva —explicó al tiempo que sacaba su arma taser para apuntar a ambos.

—¿Tienes pruebas de que está bien? —preguntó Maller.

Porter saco de su chaqueta con la mano izquierda su intercomunicador, y les mostró en la pantalla imágenes de la celda de Carol en los calabozos del palacio del Virrey. Una figura tumbada en la cama tapada con una manta era la prueba que el alcalde pretendía hacer valer. Sin embargo, el no conocía la identidad real del preso.

John comprendió que todavía no eran conscientes que quien estaba en la celda no era Carol, sino Amstrong. Tenía en esos momentos una gran ventaja.

—Entonces, ¿Usted es un hombre del Virrey? —interrogó el general.

El alcalde agacho levemente la cabeza avergonzado, pero un golpe de ego le sobrevino.

—Sí, y vosotros sois escoria. ¿Cómo osáis revelaros contra el Emperador Rogelius VII y su representante en Arcadia el Virrey? —respondió orgulloso mientras agitaba con fuerza su arma Taser.

Maller le hizo un gesto al presidente para que no se moviera. En su larga vida militar había visto lo que podía ocurrir cuando una persona inexperta y nerviosa movía sin sentido un arma.

—Y ahora vendrán conmigo —ordenó el alcalde que continuaba blandiendo el arma.

—Baje ese taser, alguien podría resultar herido —increpó Maller.

Su predicción no podía ser más cierta. El arma se disparó hiriendo mortalmente al Alcalde, cuyo cuerpo sin vida cayó estrepitosamente al suelo. John se arrodilló a su lado tratando de reanimarlo, pero pronto comprendió que era del todo imposible, ya que el proyectil había atravesado el corazón de Austin.

—Baja ya esa puta arma, idiota —gritó con todas sus fuerzas el general.

Porter continuaba apuntándolo, nervioso, esos no eran sus planes. “¿Qué le diré ahora al Virrey? —se preguntó”.

—Bueno, ya está hecho, cambio de planes —dijo el alcalde apuntando directamente a la cabeza de Maller y apretando el gatillo.

Pero el arma solo emitió un chasquido tras otro, sin que nada saliera de ella. Se había atascado, lo que significaba que ahora se encontraba solo y desprotegido frente al general. Emitió un leve gritito de desesperación al tiempo que de sus ojos brotaban unas lágrimas producidas por el terror de ver como Maller se acercaba empuñando un gran machete de combate.



—Señora Alcaldesa, El presidente ha muerto —entró gritando un escolta en el pequeño despacho.

La congresista de New Hire, Anna Palmer lo miró aterrada.

—¿Tom, han matado a Tom? —preguntó

—Si señora, el general Maller está a punto de llegar, él le dará los detalles —dijo el escolta.

Anna estaba completamente desolada, apreciaba muchísimo a Tom Austin, pero más allá de lo personal, aquello significaba una catástrofe. No tener presidente en aquellos momentos provocaría un vacío de poder en el congreso, y por los dioses que no era lo adecuado en plena guerra.

Maller entro en la sala mostrando un terrible aspecto. Su uniforme y sus manos estaban completamente manchados de sangre, lo que sobresaltó a la alcaldesa.

—General, ¿Esa sangre es de…? —intentó preguntar sin poder acabar la frase.

—No, señora, esa sangre es de un traidor, es de Rudy Porter —respondió.

La alcaldesa no había tenido demasiada relación con Porter. Nunca había cuestionado su lealtad, sin embargo la palabra de Maller le bastaba para creerlo sin dudar. Ahora para ella eso no era lo verdaderamente importante.

—¿Estamos sin cabeza de estado, entonces? —preguntó.

—Por el momento, señora. Precisamente ese es el motivo de mi visita, según los estatutos del congreso Usted como el alcalde de mayor edad, debe asumir la presidencia —pronunció el general.

Palmer no estaba de acuerdo, tal vez esas fueran las normas pensadas y escritas para futuros tiempos de paz, pero ahora estaban sumidos en la más cruenta de las guerras en años. Una guerra que no implicaba solo a naves espaciales y marines galácticos, sino a gente del pueblo, a ciudadanos civiles que necesitaban un líder fuerte.

—Me niego, usted debe ser el nuevo presidente —opinó Anna Palmer.

—¿Yo señora?, se equivoca totalmente —dijo Maller.

—¿Pero porque?, el pueblo le necesita —replicó la alcaldesa.

—Y yo estaré aquí, defendiéndolo del enemigo, como general de los ejércitos, pero mientras sea un militar no puedo aceptar un cargo civil —respondió Maller.

La alcaldesa no entendía de qué le estaba hablando. ¿Por qué un militar no podía hacerse cargo del gobierno de una nación? Así se lo preguntó sin hablar, tan solo con su mirada.

—Señora, yo fui un joven humilde. Entré en la academia militar galáctica con tan solo dieciséis años. Mis estudios fueron sobre estrategia, matemáticas, física, y cualquier ciencia que sirviese a un oficial en situaciones de combate. Más tarde fui llevado injustamente a presidio, allí empecé a leer historia de la humanidad. Al llegar a Arcadia, conocí a Tom Austin. El me incitó a pasar mis ratos de ocio en su biblioteca, a la que le gustaba llamar biblioteca galáctica. En ella leí más y más, estaba intrigado gracias a sus recomendaciones, quería conocer todos los regímenes políticos de nuestra historia. Por eso debo negarme a aceptar la presidencia —dijo.

—Sigo sin entender sus motivos general —añadió la alcaldesa.

—Alcaldesa, cuando un militar toma el poder, y continua al mando de sus legiones se convierte en un “Cesar”, en un líder que dirige al pueblo sin contar con el pueblo. ¿Sabe cómo se le llamaba a eso? —preguntó Maller.

—No, la verdad —contestó Anna Palmer.

—Un tirano señora. Y yo me niego a convertirme en uno. Yo lucho contra la tiranía impuesta, y no lo hago para imponer la mía, sino para vivir en una nación donde no haya vasallos y señores, donde todos seamos iguales ante los ojos de los dioses y ante la ley. Usted debe ser la presidenta. ¿Lo entiende? —volvió a preguntar el general.

—Sí, lo entiendo. Acepto el cargo, pero solo hasta que ganemos la guerra, después convocaremos elecciones —respondió la alcaldesa.

—Me parece bien, y cuando seamos una nación libre, renunciare a mi cargo militar, y como civil tal vez me presente como su oponente en esos comicios, señora presidenta —dijo John Maller bromeando por primera vez en aquel maldito día.




Continuara...


viernes, 25 de septiembre de 2015

Hermanos


El sol quemaba sin piedad aquella tarde en Viper City. La calle principal estaba completamente desierta, ni siquiera las serpientes o los alacranes reunían el valor suficiente para permanecer a la intemperie. Nadie, salvo el Sheriff O‘Brian cuya sombra se extendía a lo largo de la avenida.

James O’Brian escupió al suelo su tabaco de mascar, que se convirtió en pocos segundos en una piedra por la fuerza del calor.

“Te espero Cicatrices Tom, sabandija —se dijo”.

El árbol de los ahorcados estaba dispuesto para recibir al maldito Stepson que permanecía encerrado en la cárcel esperando su destino. Condenado a morir por el asesinato de Mary y Anne, dos gemelas de diez años, cuyo único delito había sido estar donde y cuando no debían.

Dos balas perdidas en el atraco del banco central habían sesgado sus cortas vidas. No eran el objetivo de Stepson, sin embargo pagaron por su codicia.

—Ven a liberar a tu socio, Cicatrices Tom. Nada me produciría mayor placer —dijo el Sheriff en voz alta pese a estar completamente solo.

O’Brian comprobó sus dos revólveres. Dos Colt SAA con capacidad para seis balas cada uno. La banda de “Cicatrices” era de diez hombres, por lo que aún le sobrarían dos cartuchos si la suerte permanecía a su lado.



En lo alto de la colina, donde se podía observar perfectamente el pequeño pueblo de Viper City, Cicatrices Tom contemplaba junto a sus secuaces el desolado espectáculo.

—¿Vamos ya, Jefe? —preguntó el viejo Tobías.

—No, aún no —respondió escuetamente Tom haciéndole un gesto para que se callara.

El silencio era su aliado, le permitía pensar, decidir cuál sería su próximo paso. “Deberíamos bajar y liberar al hermano Stepson —se dijo”.

Stepson era su socio, su compañero de fatigas, el lugarteniente de aquella triste banda de malhechores. Desde que le conoció muchos años atrás en la penitenciaria del condado en Kansas, sus destinos se unieron convirtiéndoles en más que amigos, en verdaderos hermanos. Y ahora aquel mequetrefe del Sheriff James O’Brian pretendía ajusticiarlo ante sus propios ojos.

Desde luego tenía que reconocer su valor al intentar llevar a cabo el ahorcamiento sin que nadie le apoyase. Sin duda aquel paleto se había convertido en un auténtico lobo solitario.

—¿Y ese Sheriff es peligroso? No sabemos quién es —volvió a preguntar Tobías.

—Puedes ir a preguntárselo. Aunque temo que te conteste a tiros —le respondió Tom acompañado de las carcajadas del resto de sus compañeros.



Mientras tanto en Viper City, dos hombres, un sacerdote y el único ayudante del Sheriff con el valor suficiente para permanecer en el pueblo, salieron de la cárcel acompañando a Stepson al patíbulo.

—Ven apestoso coyote, ven. Tengo unas balas que llevan tu nombre —dijo O’Brian en voz alta.



Cicatrices Tom permanecía indeciso. Sus hombres esperaban bajar al pueblo para salvarle la vida a su hermano de armas, pero el permanecía quieto, impasible, sumido en sus pensamientos. “Si, debo salvarle la vida a mi hermano —se dijo”.

Los recuerdos acudieron a su mente. Tantos años compartiendo miserias y desgracias con el único consuelo de su compañía. No siempre se había portado bien con el como se esperaba de un hermano. Había llegado el día de pagar su deuda.

—Vámonos, muchachos, nos largamos de aquí —gritó.

—¿Pero no teníamos que salvarle la vida a tu hermano? —Preguntó de nuevo Tobías.

Cicatrices Tom, no respondió, simplemente volteó su cabello para dirigirse hacia la puesta del sol, muy lejos de Viper City y de su verdadero hermano pequeño, el Sheriff James O’Connor.


FIN.



Escrito para el círculo de escritores. Edición: RELATOS DE COWBOYS (El Extraordinario Oeste)
  http://elcirculodeescritores.blogspot.com.es/2015/09/concurso-de-relatos-de-cowboys-el.html